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Capítulo II — Shishkin

Actualizado: 16 sept 2022


Iván Shishkin se había tomado un descanso. Sobre uno de sus dedos, una mariquita exploraba. Tras el velo de los ojos, Shishkin soñaba con un pincel capaz de describir aquella ternura colorida y curiosa. ¿Alcanzaban la precisión en las formas y los colores para hacer entender a todos la belleza conmovedora de aquel organismo inocente, diminuto? ¿Era aquella imposibilidad la razón misma de seguir pintando, de seguir abriéndose paso en la bruma hasta alcanzar el faro supremo que debería ser "la pintura perfecta"? "Si existe tal cosa —reflexionó—, no iré a lograrla yo. Otros lo harán... Savistky, tal vez". Esclarecer eso no lo angustió... y si lo hizo, fue por un brevísimo momento. Después de todo, él pintaba porque tenía que hacerlo; era como tomar agua o respirar. Sabía que cuando soñaba sobre la tela estaba vivo; y cuando no lo hacía, moría un poco, como si le pintaran el alma con demasiado blanco, hasta que los colores estuvieran perdidos entre una bruma, como en una pintura de Turner.

La mariquita salió volando. El torrente de notas vivas del piano de Mozart invadió la reflexión. Observó a Mozart; lo vio mover las manos ágiles; miró las morisquetas ridículas, el aura de virtuosismo que emanaba el gran músico y se le inflamó el pecho con una mezcla de humor, admiración infinita y renovado espíritu.

—Si yo pintara como tú compones o tocas el piano, haría una obra por día —dijo Iván.

Mozart sonrió. Repicaban las últimas notas de un Allegro. Cerró la tapa del piano y soltó el pedal. El sonido se cortó de repente. Se tomó de una sola vez un pequeño vaso de vodka. Contempló el lienzo.

—¿Imaginas —preguntó Mozart— si yo pudiera, de un brochazo, pintar los pentagramas con todas las notas, las claves, las articulaciones...? Haría diez obras por día. Es increíble el tiempo que se pierde escribiendo sobre la hoja. Pero para ti no es lo mismo; tú pintas, te alejas un poco, observas, y ahí mismo ya recibes esa dosis de alegría por la pincelada certera. No pierdes el tiempo transcribiendo; representas y conmueves de una sola vez.

Eso lo hizo reír a Shishkin, pero hay algo que no entendía.

—¿Por qué dices que transcribes? —preguntó Shishkin.

—Porque es lo que hago. Yo tengo toda la música aquí —dijo Mozart, tocándose la cabeza con el índice—. No hago más que pasarla al papel para que otros puedan interpretarla. Y luego viene la lucha con eso, también. Porque algunos miran la hoja frunciendo la nariz, como si estuviera manchada de bosta, y se quejan de que tiene muchas notas. ¿Alguien te ha dicho que un cuadro tuyo tiene muchas pinceladas? ¡Qué estupidez! ¡Tiene las notas que tiene que tener! Con el tiempo que me lleva escribir, imagina si encima voy a estar escribiendo de más...

—Y bueno... a veces atacamos lo que no entendemos —respondió Shishkin—. A mí me pasa con Dalí y ese caos de sueños, formas y colores: no lo entiendo. Tú te quejas de Debussy.

Mozart interrumpió tocando un acorde de sol y fa al mismo tiempo.

—¿Qué es esto? —dijo Mozart, con expresión de asco, señalando el teclado—. No es ni fa ni sol, es una cosa indefinida.

Pero Shishkin no parecía convencido, porque al escuchar el acorde levantó dos cejas aprobatorias. Ver eso lo hizo sonreír con ironía a Mozart. Mientras el sonido fue diáfano, ambos se quedaron escuchando.

—Algo hay allí, sin embargo... —dijo Shishkin.

—Sí, claro que hay. Pero como te digo: no sé si es fa o es sol.

Rieron.

—Es el tiempo que nos toca vivir —dijo Shishkin—. Ambos padecemos un poco estas cosas, las cosas nuevas; y las cosas que tenemos que hacer. Tú te aburres haciendo divertimentos y yo estoy aquí, encerrado, pintando temas religiosos que poco me importan. Ahora... ¿tú quieres componer como Debussy? Por supuesto que no. Ni yo quiero pintar sueños ni pesadillas ni relojes que se derriten como queso caliente. Resistimos de esa manera, siendo inadaptados. Quizás no hacemos todo el tiempo lo que queremos, pero tampoco nadie nos impone nada ni nos amenaza con una pistola para que pintemos bodegones o compongamos divertimentos. ¿O a ti la señorita Catharine te ha ordenado algo, alguna vez?

—No de manera explícita. Y sin embargo aquí estamos, cumpliendo obligaciones...

—Esto es gratitud, Wolfie... —interrumpió Shishkin—. Se están matando con sables y cañonazos en toda Europa y nosotros estamos aquí, a salvo y amparados bajo la mecenas más sensible y generosa que vas a conocer en tu vida. No estamos tan mal. Al final del día habrás terminado de componer un divertimento que no te habrá costado nada y que le hará un mundo de diferencia a Catharine.

—¿Al final del día? Ya lo hice esta mañana, mientras desayunaba —dijo Mozart, bromeando—. Ahora sólo estoy transcribiendo, ya te lo dije. Veo que no prestas atención, como todos los rusos.

Rieron. Shishkin un poco menos que Mozart, porque la mención de sus compatriotas lo hizo pensar, inesperadamente, en el fusilamiento del duque de Enghiem, ocurrido hacía sólo cuatro años; y de repente transfiguró sus pensamientos en un caos de colores marrones, rojizos, sepias y blancos. Casi en un relámpago, imaginó el dorado Palacio de Invierno, adusto e indiferente, rodeado de una fila inconmovible de guardias, que apuntaban con fusiles, y cuyos rostros estaban nublados por la bruma gris de la descarga que hacía instantes habían efectuado. Imaginó el tronido de esa descarga que lo hizo temblar sin moverse. Un montón de formas amarronadas y agonizantes yacían en la nieve que estaba manchada de rojo. Arriba, en uno de los ventanales, contemplando todo, estaba Alejando I y a su lado otro hombre más joven, el cual estaba rodeado de tres niños. Esta inspiración súbita e indescifrable aún, le hizo pensar si debería pintar esas cosas. Sin duda, sus camaradas podían: Repin, Makovski, Vladimirov. "Ellos sí pintan cosas que importan", pensó, como para herirse. Los acontecimientos estaban dándose de forma vertiginosa; el mundo entero parecía estar poniendo en jaque a cualquier gran poder que existiera en Europa y necesitaría artistas para inmortalizar esos eventos. "No sólo lo naturalmente bello necesita ser pintado. El terror y la angustia también pueden ser pintados de manera bella."

Mozart, como si pudiese ver los embates morales que estaban atosigando a Shishkin, preguntó:

—Iván... ¿te encuentras bien?

"¿Debería yo dejar de pintar paisajes cuando lo que más quiero es que el hombre ordinario aprecie y valore la belleza de nuestro país? Y, de todas maneras, si eso es lo que realmente quiero... ¿qué estoy haciendo lejos de Rusia?", pensó Shishkin. "Debo regresar a San Petersburgo", resolvió con entusiasmo; pero al instante ese entusiasmo se volvió agridulce. Significaba alejarse de Mozart y su gran amistad...

—Iván —volvió a llamar, Mozart.

Shishkin oyó su nombre. El salón, el bastidor, Mozart, el piano, todo volvió a tomar consistencia. Recordó vagamente que hace un instante le habían preguntado si estaba bien.

—Estoy bien —le contestó a Mozart.

—Ravel irá a salvarnos de Debussy —sentenció Mozart, haciendo una morisqueta. Shishkin rio—. ¡Y Shishkin, por supuesto, el ruso que nos salvará de los sueños y las locuras de Dalí, con sus bosques, sus lagos---

Golpearon a la puerta. Shishkin sintió un estremecimiento.

—¡Noticias de España! —dijo Mozart. Luego, a modo de preludio, golpeó un acorde disonante y agudo en el piano y miró a Shishkin con fingida locura.

La puerta se abrió. Una mujer anciana, muy elegante y esbelta, de largo cabello negro entró en el salón. Tenía una expresión indescifrable. Mozart estaba ansioso; Shishkin expectante.

Pero la mujer no hablaba, o había olvidado cómo hacerlo.

—Buenos días, Catharine—dijo Mozart, con amabilidad y humor. Un poco más retrasado, Shishkin se unió también al saludo.

—Caballeros... —saludó Catharine. Apenas pudo esbozar una sonrisa. Tenía una voz amable y franca.

Mozart escrutó la cara grave de Catharine. Shishkin, que estaba más alejado de los dos, dejó el pincel sobre el bastidor y se acercó hasta donde estaban.

—Catharine... —dijo Mozart. Bromeando, se arrodilló y se llevó las manos en rezo a la boca— No me digas que Bueyaparte...

Catharine se apresuró a negar con la cabeza.

—Dupont en todo caso —corrigió Catharine.

—Es lo mismo, señorita. Le ruego hable de una vez...

—San Martín venció en Bailén —dijo la mujer, sin mudar la angustiosa expresión de su rostro.

Las manos en rezo de Mozart se transformaron en puños vibrantes de euforia. Shishkin suspiró aliviado.

—¡El criollo! —le dijo Mozart a Shishkin, enloquecido de alegría—. ¡Ni treinta años tiene todavía!

Eufórico, Mozart arremetió contra el piano. Empezó a improvisar "La Marsellesa", pero en un estilo flamenco y alocado. Catharine cruzó una mirada aciaga con Shishkin que no pudo alegrarse del todo, aunque tenía ganas. "¿Qué más tenía para decir?", pensó. Por una grieta en esa inquietud se filtró un pensamiento esperanzador en relación a los franceses: "No son invencibles".

—Wolfi... —dijo la mujer. Parecía no soportar ni un segundo más la música satírica de Mozart.

Shishkin sintió un abrazo helado: intuyó algo, pero rogó estar equivocado.

—¿Qué pasa? —preguntó Mozart—. ¿Por qué no está contenta, señorita Wolfe? —preguntó, más con humor que con enojo, sin dejar de tocar enloquecido. Shishkin miró compadecido el rostro de Catharine, que, de súbdito, se arrugó en un llanto incontenible. Mozart dejó de tocar inmediatamente. Se quedó mirándola, confundido.

Segundos más tarde, cuando la señorita Catharine Lorillard Wolfe reveló la causa de su angustia, Shishkin reflexionó que hay cosas que algunas personas, como Mozart, nunca podrán prever, o incluso comprender, porque jamás las creen posibles. Cuando Catharine anunció que José Francisco de San Martín y Matorras, con apenas treinta años, había frenado la ambición francesa en Bailén, Shishkin no pudo alegrarse por completo —y aquella noticia lo alegraba de verdad— porque había una disonancia entre las palabras y el rostro pálido de Catharine que, irónicamente, él había podido percibir y Mozart no; algo más, que era doloroso anunciar, y que cuando finalmente lo dijo fue devastador.

Se trataba de la hermana de Mozart...

Nannerl estaba muerta.

 
 
 

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