Libro II — III. Shishkin
- Roman Giordano

- 7 jun 2022
- 12 min de lectura
Actualizado: 14 sept 2022
Shishkin y la princesa Luisa Isabel estaban solos en el cuarto. Enamorados. Pero un río de dificultades corría entre ellos: amor repentino, amor por la juventud, por la libertad. El amor estaba prohibido para ella, dijo Luisa Isabel; la rebelión, la independencia, esa clase de amor.
Shishkin tenía otros dilemas: regresar a Rusia, o quedarse con su amigo y este nuevo amor.
Ella contemplaba el retrato, dando la espalda a Shishkin, que la miraba, triste. Su forma de pintar iría cambiando en otra forma, pensó Shishkin. Algún espíritu invisible lo manejaba con nuevo ímpetu, una especie de semidiós, viviendo en algún cielo que, le gustaba imaginar, lo protegería a él, a esta pequeña criatura de Rusia, del amor y de la traición. "Traición es demasiado fuerte", reflexionó Shishkin; pero sentía un poco eso. Una traición hacia sus compañeros artistas, que se habían agrupado para cambiar la pintura para siempre.
No había salida visible para ellos, para dos marginales enamorados, pensó Shishkin. Sólo la esperanza en el espíritu de la naturaleza. La fe ciega en su desinteresada providencia.
Pero, aunque se amaban, Shishkin no podía callar los gritos de la naturaleza.
*
A través de la ventana empapada de gotas, miraban el cielo celeste, regalo de la naturaleza, en forma de exótica llovizna soleada y repentina. Shishkin dejó escapar un suspiro al notar que, en aquellas cálidas lágrimas del cielo, que reverberaban con el brillo rojo y amarillo de la luz de las velas, también existía la humedad del calor de las lágrimas de fidelidad, confianza, compasión, amistad... amor. Miró a Luisa Isabel.
—Ven aquí... —le dijo.
Siguieron amándose.
*
Shishkin estaba sentado, poniéndose la camisa.
—Ven aquí —dijo ella— Nuestros labios aún están siendo besados, tocados por el sudor —lo abrazó—. Y nos amamos, somos realmente amantes en nuestro cielo. Sólo existen nuestros corazones, tocándose al mismo tiempo.
Shishkin se dio vuelta, sonriendo. Luisa Isabel se corrió el pelo de la cara. Un pedido, un grito susurrado cayó de sus labios: "Ven aquí, Iván..." La besó en la mejilla.
—No me beses con delicadeza... —dijo Luisa Isabel.
Se dio vuelta, mostrando su espalda y sus glúteos desnudos. Su cuerpo se transformó en un sol radiante. Una gota de sudor en la frente de Shishkin cayó en esa belleza juvenil, deslizándose por la cintura y rodeando uno de los glúteos.
Siguieron amándose.
*
Ella estaba parada en el hall, en medio de una sombra oscura y oblicua. Shishkin se acercó por detrás y la estrechó en sus brazos, la besó en la mejilla. "Este verano terminará pronto", pensó. Se acercaba el cumpleaños de Luisa Isabel y con él la partida hacia otra vida. Shishkin pensó en la naturaleza de ese amor. Ahora la vida de ella, su tierna, gentil vida se mezclará con el fuego, pensó. Abrasada por las llamas de la revolución venidera, la flor se secará.
Shishkin sintió un escalofrío: las lágrimas de Luisa le mojaban las manos.
*
La silueta de Shishkin asomó desde el bosque y desapareció en la oscuridad. Ella lo seguía. Era muy temprano. El sol apenas se veía. Los pájaros cantaban. Shishkin se detuvo. Su mano estaba sobre un árbol joven. Sintió la corteza áspera y húmeda. El árbol parecía aconsejarle no continuar por ese camino.
La princesa se sumergió en la oscuridad del bosque. Shishkin la siguió. La vio entrar en una cueva.
—Aquí hay una caverna donde puedo esconder mis lágrimas —dijo ella, bromeando con tristeza.
Shishkin deseó poder arrojar luz sobre los pensamientos y las cosas que ella no decía.
—Quiero cubrir mis ojos y mis orejas hasta que volvamos a vernos —dijo Luisa.
Había esperanzas, sí, le dijo Luisa. Como muchos otros días de su vida, la vida de sus sueños, no las pesadillas que pronto se convertirían en vida real. Ella había soñado cosas muy hermosas, soñado con la juventud, con la pureza, con el tiempo sin tiempo, fuera de los cambios, fuera de las influencias y de la sabiduría, del destino...
Lloró con lágrimas de fidelidad, la fidelidad que solo el corazón joven de una princesa exótica como Luisa podía tener, pensó Shishkin.
Luisa encendió fuego, como Shishkin le había enseñado a hacer.
—El destino me ha dado una oportunidad, ¿no es así? —dijo Luisa.
Shishkin la miró confundido.
—Aquella vez, cuando me pintaste como una creación más, una más postrada ante la belleza ingobernable de la naturaleza. ¿No es ella la madre de todas las revoluciones, la que cambiará para siempre el destino del mundo?
Arrojó con ira un leño a la hoguera.
—Mi falta es amarte —continuó Luisa—. Donde yo veo amor al hombre, a Iván Shishkin, los demás verán lo que quieren ver, lo que les conviene. Mi pecado será el orgullo de amar la libertad, el amor de lo salvaje —le tomó la mano— el amor de un hombre al que no le debo nada ni él me daba nada a mí.
Ella se recostó en el regazo de Shishkin, alejando el vestido del fuego. Las llamaradas agitaron las paredes de la caverna, iluminaron el alma de Iván Shishkin.
—Soy muy joven todavía —dijo Luisa—. Muchas cosas me han pasado ya. Cosas extrañas. Pienso en mi vida, a veces. Sentada sola en un cuarto, llorando. No quería seguir viviendo temerosa. A veces me dormía llorando. Cuando te veía en mis sueños, emergiendo del bosque, me quedaba mirándote, mientras me pedías que te acompañara, mientras te alejabas hasta perderte en la oscuridad del bosque. Me quedaba así, angustiada, pensando "Él cree que no quiero acompañarlo. Y no me espera". A veces, cuando te quedas en el marco de la puerta, mirándome, pienso que me gritas "Ven conmigo".
Lo hacía. Era así, pensó Shishkin.
—Nunca haría eso —contestó Shishkin— Nunca te pediría lo imposible. Sólo me quedo embelesado, como si hubiera encontrado una orquídea en un pantano.
Siempre que podían, estaban afuera.
Una vez estaban sentados en un patio frondoso, opulento. Shishkin estaba entre los árboles, con una cesta de bayas en la mano. Luisa estaba leyendo una obra de teatro. Atardecía. Shishkin miró entre las bayas. Un fulgor metálico, bajo ellas, le oscureció momentáneamente el alma.
—Todavía somos amantes —dijo Shishkin— Incluso si te pidiera que olvidaras todo lo que ha pasado entre nosotros; que olvidaras que me hiciste el Rey de la Revolución...
Luisa lanzó una carcajada. Lo miró con amor. Shishkin le sonrió.
—...si te pidiera todo eso —continuó Shishkin—, no lo harías. Me besarías desde mis ojos hasta mis labios...
Luisa se acercó a Shishkin. Ambos podían oler sus respiraciones cálidas. Luisa le besó los párpados. Luego la nariz, luego arriba de los labios.
—Te besaría desde tus labios hasta mis ojos... —le dijo ella.
—Yo te besaría desde tus ojos hasta mi corazón. Luego me dirías, 'Seré tu princesa'; y yo te corregiría 'Serás mi reina'.
Luisa se quedó mirándolo. Casi con voz ronca de tan suave, le preguntó:
—¿Pueden los ciegos ser salvados? Si me tapara los ojos y los oídos, como te dije; si eligiera no ver ni escuchar nada hasta que nos volvamos a ver. ¿Hay salvación para los ciegos voluntarios?
Shishkin miró pensativo la cesta de bayas. Tomó una. Alejó la cesta de ambos.
—Sí —dijo Luisa, suspirando— Los ciegos pueden ser salvados.
Le arrojó una baya a Luisa. Ella, con movimientos muy torpes, no pudo atraparla. Rieron. Las últimas luces del día caían sobre la línea de sus siluetas.
Entraron en la mansión. Él vació la cesta. Tomó algunas bayas. Prendió las velas. Comieron.
La cargó en la cama. Ella cerró los ojos. Él se acostó a su lado. Le besó los labios. Besó su cara. Besó su cuello, su pecho, apretó y besó sus senos. Ella deslizó su mano en la entrepierna de Shishkin, acariciando toda la extensión de su sexo excitado; empezó a sacarse el vestido, a batallar con todos los lazos, los botones...
—Quisiera que te pusieras un vestido como este algún día —dijo ella, irónica— Y un lápiz labial rojo —él rio—. Solo este lápiz labial —dijo tocándose los labios colorados—. Te diría '¡Qué bonito te ves!' y te besaría desde tus labios hasta tu corazón, desde tus ojos a tu corazón —le tocó el pecho— desde tu corazón a tus labios...
Pasó la mano por la barba y le tocó los labios. Se los besó apasionadamente. Él se arrojó contra ella. Le besó los labios, las mejillas, la mordió suavemente en la mandíbula, en el cuello. Ella lo besó. "¡Qué suaves los labios, que tiernos sus besos..." pensó Shishkin.
Se besaron. No con los sexos: con el corazón. Se besaron hasta que Luisa vio las luces rojas del sol refulgiendo en la barba de Shishkin.
—Quisiera que miraras estos colores —dijo ella, sosteniendo la cabeza de Shishkin entre sus manos, como si tuviera un ramo de flores delicadas y hermosas.
Pero Shishkin estaba perdido en los labios de Luisa. En su boca, tan joven, tan cálida. En sus ojos, tan abiertos a todo, tan brillantes.
Tan ignorantes del secreto de Shishkin.
La luz del sol murió. El rebote en la faz lunar dominó la atmósfera. Todo se volvió plata y azul.
—Si el destino ha decidido que te salvara —dijo ella—, como tú dices, Kosh, por favor sálvame de mis errores. Si el mundo cambia y tú puedes cambiarlo de vuelta, por favor, Kosh...
Shishkin la estrechó con todo su cuerpo. Tuvo ganas de llorar. La miró en los ojos.
—Si piensas que soy malvado, entonces bésame con todo tu corazón, con todo lo que tengas, todo el tiempo que puedas, mi princesa, hasta que me hayas quitado todo el aire...
Luisa se quedó inmóvil.
—¿Por qué dices eso, Kosh, por qué? —preguntó Luisa— ¿Cómo puede ser malvado lo que es bueno? Nadie puede salvarnos. No me besarás desde mis ojos a mi boca nunca más, lo sabes. Y olvidarás todo lo que ha pasado entre nosotros. Olvidarás quién soy. Olvidarás quién soy...
Luisa se interrumpió. La angustia en los ojos llorosos de Shishkin se volvió demasiado descarnada.
—¿Qué pasa, Iván? —preguntó Luisa.
Shishkin negó con la cabeza.
—Callo por el bien de nuestro amor, princesa. Pero si me besas te lo diré.
—No. Debes decirme...
—No, princesa. Por favor, no me hagas decírtelo. Sería un traidor a nuestro amor. Te haría vivir toda tu vida sola. Por favor, Dios, perdóname... serás mi reina por el resto de mi vida.
Shishkin se incorporó. Se ajustó las ropas como si fuera a retirarse.
—Déjame estar contigo un rato más. Iván. Tienes que hablarme de esto...
—No, princesa. No te preocupes, por favor. Pero el peligro está cerca, aunque no aquí. Nadie sabe que estamos aquí. Pero...
—¿Qué dices?
—Ven conmigo. Ven.
Salieron del dormitorio. Cerraron la puerta con fuerza.
*
Shishkin habló sin darse cuenta. "No quería hacerlo..." dijo en voz baja. Ella no le respondió.
—No debería haberlo hecho —dijo Shishkin.
—No tenías elección. Esto es culpa mía...
—No digas eso.
—Por no conocer mi lugar, te arrastré a esta locura...
—¿Quién sabe dónde conducen los caminos? No seas tan dura contigo. Si yo no tenía elección, tú tampoco.
—No. No la tenía.
Ella lo miró. La angustia se transformó en ternura. Luego se sentó, apoyándose en un abedul. Shishkin la miró desde arriba, luego al agua del pantano. La humedad se mezclaba con sus piernas, una mezcla de Luisa Isabel y el pantano. Las burbujas explotaron con intensidad. Las ondas viajaron por el agua. Ella tiró de una rama, apretándola con las piernas.
—No teníamos opción... —dijo ella, mirando las aguas oscuras.
Él se acercó. Agarró sus manos, atrayéndolas a él. Sus labios se movieron, dudando, buscando palabras. Apoyó su cabeza sobre los hombros de Luisa. Tocó la parte de atrás del cuello con sus labios. Sintió temblores en el cuerpo de Luisa Isabel.
—No tienes miedo, ¿verdad? —consiguió decir.
Ella negó con la cabeza, segura. Shishkin se acercó al rostro de Luisa Isabel. Tocó sus labios con los suyos.
—No quiero herirte más.
Ella lo miró, casi enojada. Su cabello oscuro y húmedo, cubriendo sensualmente uno de sus ojos. Shishkin le tocó los labios con los dedos.
Nunca la había tocado así antes, con esta nueva clase de intensidad. Ella lo besó. Y luego lo volvió a besar con más fuerza. Las lenguas se enlazaron, como desnudándose. Shishkin pasó su mano por la espalda desnuda de Luisa Isabel, deslizándose hacia abajo, sintiendo la forma perfecta de un cuerpo que parecía un mundo diferente a todo lo demás, un lugar que jamás encontraría familiar de nuevo, que siempre sería una aventura. Cada pequeño impulso, cada poro... Incluso en ese momento que parecía el más real de su vida, Shishkin la tocó de nuevo, mirándola en los ojos, para ver si Luisa Isabel era real. Ella abrió las piernas, abrazándolo; estiró las manos hacia arriba, apretando el abedul con sus brazos, invitándolo a que hiciera con ella lo que quisiera. Incluso sabiendo que no tendrían jamás otra oportunidad; incluso estando asustada; especialmente porque estaba asustada. Él quiso hablar, pero el cuerpo dijo las palabras. Una penetración suave pero profunda que hizo rechinar el árbol y suspirar a Luisa Isabel. La miró de nuevo. Su pelo húmedo le bañaba el rostro y los hombros, un hermoso desastre. Ella estaba extasiada y en ese momento le pareció la más hermosa, extraña mujer que jamás había visto. El aire cálido y húmedo llenó su pecho.
*
Luisa estaba parada cerca de la orilla del lago, mirando la luna, sus ojos azules atravesando las capas de pálida niebla. Shishkin tuvo un pensamiento triste y feliz al mismo tiempo: estaba satisfecho con la vida que había vivido. Como si ya se hubiera acabado.
Y, en cierto modo, así era.
Quiso refugiarse en Luisa Isabel. La tomó por detrás, aspiró su olor, abrazando sus curvas, dejando que el brillo de la medianoche los tragara juntos, mientras miraban el lago Cherbeno.
Shishkin no pudo evitar recordar la historia del lago, el más grande lago de la Suiza meridional. No hacía mucho, un hombre llamado Rivierre descubrió el cadáver de un soldado, en un momento que le pareció fuera de lo común para una víctima ahogada. Un segundo cadáver emergió poco después. Tres soldados más, un niño, un anciano y una mujer de unos treinta años, flotaron hacia la superficie junto con los cadáveres más recientes. En total, veintiséis cuerpos frescos habían salido del lago. Habían sido parte de horrendos experimentos llevados a cabo por los franceses, antes del tratado de 1798. Algunos de los cadáveres fueron enterrados, el resto arrojados al agua turbia.
Con el tiempo se volvió el lugar elegido para los duelos entre caballeros ofendidos.
¿Sería esta misma agua turbia la tumba de Iván Shishkin?
*
Amaneció. Todo estaba quieto en la costa negra. La cesta de bayas estaba cerca de un árbol; la fría pistola, colgando en una de las manos de Shishkin. Un grupo de amigos, vestidos de negro, estaba en el extremo del pintor. Sus caras iban de la amargura a la desesperación. En el otro extremo, un estirado grupo de hombres con caras risueñas y sobradoras, rodeaba a un hombre rubio y muy elegante, de labios finos, algo torcidos, que miraba con expresión seria y melancólica a Iván Shishkin.
En el centro, detrás de la línea invisible que tiraba de estos hombres, estaba Luisa Isabel, con la cabeza apoyada en una de sus manos, como si acabara de recibir una noticia infausta o estuviera enferma. Estaba rodeada de mujeres con velo, de caras serias, con pañuelos en las manos.
Se había acordado decidir el asunto en un duelo. El honor de Luisa Isabel había sido manchado. Y para el denunciante, no había ninguna excusa de borrachera que pudiera suavizar las desagradables palabras que se habían dicho. El hombre que estaba en falta era el hombre rubio, un noble, el Conde Edouard Tierney. El temerario artista que las había denunciado, Shishkin.
Un viento suave agitaba los sombreros negros y brillantes, los cabellos de Edouard; el saco humilde, color terroso, de Iván Shishkin. La mirada de Edouard iba y venía entre Luisa Isabel e Iván Shishkin. El labio inferior del Conde estaba húmedo y brillante, deseoso del bálsamo áspero del alcohol del que era presa desde hacía muchos años. Se acercó con paso lento hacia el centro. Los hombres que lo acompañaban, miraban a Iván Shishkin, se reían casi en silencio y se intercambiaban bromas murmurando.
Shishkin seguía con mirada acerada los pasos de Edouard. Uno de sus amigos que estaba sentado, otro pintor, trazaba un boceto del momento.
Shishkin se acercó al centro. En ningún momento miró a Luisa Isabel. Ella tampoco lo miró.
Luisa Isabel recién levantó la vista cuando Edouard y Shishkin estuvieron espalda contra espalda. No se mostró afligida, o enojada, o nada por el estilo. Su cara estaba endurecida, sólo un ligero temblor, imperceptible, delataba la tremenda agitación que había en su alma.
Se había acordado que los hombres darían seis pasos, media vuelta y luego dispararían una sola vez. Las armas no tenían más que una bala en sus recámaras.
Un hombre canoso sopló un silbato. Los pasos unísonos alejaron a los hombres. Luisa Isabel se tapó la cara con las manos.
El último paso fue dado. Edouard y Shishkin se dieron vuelta al mismo tiempo. Shishkin apretó los dientes. No cerró los ojos. Levantó el brazo en un movimiento resuelto.
Disparó. La niebla gris de la descarga se disipó rápidamente.
Edouard estaba erguido, gallardo, con su pistola apuntando al suelo. Indemne.
Luisa Isabel levantó la vista. Sintió que un sudor frío repentino le desvanecía el espíritu.
Uno de los amigos de Shishkin le gritó, susurrando: "¡Corre!".
Pero Shishkin se mantuvo erguido. Miró a Luisa Isabel, con el dolor infinito de saber que el mundo seguiría, con Luisa, pero sin él para acompañarla.
Nadie oyó disparo alguno. El arma de Edouard seguía inmóvil. El hombre miraba a Shishkin con melancolía y... vergüenza.
Finalmente, Edouard se movió. Empezó a caminar en dirección a Shishkin. El árbitro del duelo quiso intervenir, pero no estaba seguro qué decir. "¡Hágalo, señor!", se escuchó decir a uno de los que acompañaban al noble.
Edouard y Shishkin estaban frente a frente. Se miraron con intensidad.
El hombre rubio disparó. La neblina gris se disipó, permitiendo que los hombres se vean de nuevo a los ojos: el arma apuntaba al lago.
—Considere el asunto resuelto, señor Shishkin... y también mis más sinceras disculpas —dijo Edouard y le tendió una mano.
Shishkin tardó en responder. Luisa Isabel miraba azorada a los hombres. Los amigos de Shishkin intercambiaron miradas, entre felices y confundidas. Los hombres que acompañaban al noble estaban petrificados. Iván Shishkin estrechó la mano de Edouard. Luego lo vio alejarse hacia Luisa Isabel. Lo vio arrodillarse y hablar. Sus gestos hablaban de vergüenza, disculpa. Vio a Luisa asentir varias veces con la cabeza.
Si era prudente, con su amada Luisa Isabel y con él mismo, debía retirarse en ese momento. Volvió a sus amigos y mientras se perdía en el bosque, a través de las hojas, miró una vez más a Luisa Isabel.
Edouard volvió con su grupo. Recibió palmadas de los hombres, felicitaciones, alabanzas a las muestras de honor y caballerosidad; pero no se mostró depositario de ninguna de ellas.
Uno de los hombres, alguien que parecía un confidente más respetado que los otros, se acercó.
—¿Está bien, señor? —le preguntó.
—Sí —respondió con voz lánguida—. Arregle una reunión con Fernando I: me casaré con Luisa Isabel.



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