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Libro II — I. Bárbara

Actualizado: 14 sept 2022


Bárbara von Krüdener corrió la manga del vestido para asegurarse una dosis antes de la entrevista. Apretó un botón oscuro, injertado en la carne, cerca de la articulación del brazo izquierdo. Oyó el ruido hidráulico que hizo al descender; se quedó mirando la pequeña descarga de vapor y el botón que, lentamente, volvía a su posición original, al ritmo del creciente placer que la iba inundando. Perdió la mirada en el castillo de Doubravka, allá lejos; las torres grisáceas azuladas se mezclaban con la tormenta inminente. Las mismas torres que había estado contemplando, años atrás, cuando le llegó la noticia de que su esposo había muerto. Escapando de él y de sus obligaciones de esposa diligente, había huido a Teplitz, para tener amoríos, mezclarse con el ocultismo, despilfarrar y tomar baños que calmaran los nervios de su mente inquieta.

Pero pronto se había dado cuenta que no había nervios que calmar. Los doctores estaban equivocados. No eran síntomas sino rasgos de carácter. Ella era así: colérica, impetuosa, excitable. Nada malo había en eso, se convenció. Y las cosas que ella pensaba no eran un delirio; solo indicios de un destino superior al acostumbrado para la humanidad.

Todo había sido aclarado meses atrás, cuando tuvo una revelación.

Una muchedumbre envolvía a un anciano titiritero de barba blanca, que hacía volar un ángel con inolvidable gracia. Una granada de vapor golpeó los adoquines. La muchedumbre horrorizada empezó a huir. Excepto un niño muy rubio, de unos diez años, que se quedó como paralizado. Tapadas la boca y la nariz, Bárbara se quedó mirándolo. El niño esplendía entre las volutas turquesas, parecía inmune a la ponzoña. Tenía un intrincado monóculo de vidrio rojo, con rotores y engranajes, ajustado en el ojo derecho; y la miraba a ella, con sonriente melancolía. Bárbara sintió un llamado; lo sintió en el estómago, en el corazón. Arrancó una máscara de gas de las manos de un hombre que estaba intentando ponérsela y corrió para sumergirse en el océano turquesa, pese a los gritos de la gente. Vio los brazos del niño estirarse para alcanzarla. Y apenas se resistió cuando esas manos acariciaron la máscara y empezaron a desajustar las correas; cuando empezaron a tirar. Bárbara se resistió con suavidad al principio, pero el niño insistió con creciente violencia. Empezaron a forcejear. Era ridículo, pero no podía luchar contra él, contra sus manos tan rápidas, tan escurridizas.

Una mano áspera y pesada, tironeó del brazo. Sintió una punzada en el hombro.

— ¡Señora, por favor! —dijo un hombre robusto, el rostro escondido tras una máscara de gas.

Lo miró en los ojos. El hombre, que la tenía tomada por los brazos, se tranquilizó y la soltó.

— Está bien, no se preocupe —le dijo con una sonrisa nerviosa.

El niño no estaba. En sus manos tenía una marioneta deshilachada, un ángel. El anciano titiritero, a un costado, estaba mirándola, enojado y confundido. Se abalanzó contra ella.

— ¡Suéltelo, loca! —dijo el anciano.

Con los ojos irritados, Bárbara vio la multitud de miradas que la examinaban, tejían prejuicios. Había mucha gente, pero nunca se había sentido tan sola.

Ni tan entusiasmada.


Dejó que sus pasos se perdieran. Terminó en un largo pasillo con ventanales laterales, de arcos apuntados. Rectángulos de luz muy difuminados caían sobre el suelo de baldosas desparejas y cubiertas de hojas secas. Las siluetas de los hombres que estaban reunidos en la sala contigua, se recortaban en la ventana; y la charla que los animaba, tamizada por el vidrio, llegaba lejana y grave a sus oídos. Pupitres viejos, con plumas entintadas, polvorientas biblias y pergaminos dormían en otra sala. Miró las biblias y las anotaciones; cavilaciones de algún sacerdote curioso. Alguna reflexión feliz la hizo sonreír. Oyó unos pasos, al final del pasillo. Vio la figura de Henri Gaussen, un hombre de barba rala y canosa, ojos febriles. Compartieron una mirada íntima. El hombre se acercó. Bárbara volvió la mirada a la biblia y los papeles.

— Me pareció que podías estar aquí —dijo Henri— ¿Qué pasa? Todos estamos esperándote...

— Lo sé —dijo con mansedumbre— Siéntate un momento. Un niño rubio, con un monóculo rojo... ¿significa algo para ti?

Henri se quedó un rato mirándola, extrañado. Hurgó en su memoria.

— En las memorias de Catalina de Rusia se menciona algo de Alejandro y un monóculo rojo. Un obsequio del embajador de Inglaterra, que le había hecho al chico... ¿por qué preguntas esto?

"No he leído ese libro", pensó Bárbara. Ni Henri le ha comentado nada, estaba segura. Cuando se juntaba con el teólogo no era para leer. No era posible que fuera una alucinación. También había que analizar lo demás. El vapor turquesa, el niño que quería matarla... "Sea como sea, debo..."

Dejó de pensar. Ella una mujer de sentires y no de racionalizaciones. Lo que estaba pasando aquí podía esperar. Incluso podía prescindir de ella. Pero lo que ella tenía que esclarecer no. Debía tomar un tren a Rusia y conseguir, de alguna manera, encontrarse con el Zar.

Se levantó.

— Perdóname, pero debo irme.

— ¿Qué pasa?

Lo miró en los ojos.

— Me voy Henri. Me voy de Suiza.

Henri necesitó unos momentos de compostura.

— Bárbara, espera... ¿qué pasará con los demás?

La ironía casi la hace reír.

— ¿De verdad esperas que una mujer le diga a todos esos hombres lo que hay que hacer?

De los nueve líderes de este "renacer" religioso que estaba despertando en Suiza, Bárbara era la única mujer. Siempre había algún menosprecio latente; consejos que otros hombres se esforzaban en darle. Pero Bárbara no los necesitaba. Ni las demás mujeres que lideraban sesiones espiritistas, eventos de caridad, demostraciones; o los prodigios jóvenes, como la jovencita que lideraba un grupo de pastoras, Les Rèvèlanteurs: Sofieke Offenbach... su amante secreta.

— Ya no hay más nada que reflexionar —concluyó Bárbara—. El sino mesiánico se huele en el aire. Me alegro por todos ustedes... por todos nosotros.

Por la forma en que sonreía Henri, Bárbara sabía que él pensaba lo mismo. El libro de Isaías dice que los príncipes serán pisoteados, como el alfarero pisa el barro, recordó Bárbara; Y, de pronto, Napoleón estaba muerto. Una "bala mágica" lo había matado desde una distancia increíble. Según Bárbara, Henri pensaba que la gente común embellecía las historias; y que eso no estaba mal. Los evangelios, sabía, eran eso: historias, no verdad. Y hasta en eso, opinaba, son más honestos y más certeros de lo que la historia podría ser. La bala que mató al Emperador, seguro que es un artilugio de la ciencia, algo que aún se desconocía en el mundo. Pero la verdad era la verdad, había remarcado Henri: Napoleón estaba muerto. Para Louis Malan, lo que importaba era sentar una nueva Iglesia en Ginebra, que amuche a los fieles de verdad, aquellos que no se han dejado torcer; poner nuevas cercas y levantar un rebaño nuevo; ignorar a los apóstatas y luchar contra ellos desde el púlpito y las acciones, con enviadas divinas como Sofieke.

Se quedaron un momento así, mirándose. Separados unos metros en el pasillo. Él, derecho. Ella, con la cabeza inclinada, apoyada contra la pared.

— Levantaremos una Iglesia Evangélica nueva —le dijo Henri, intentado impresionarla, acercándose unos pasos.

Una Iglesia nueva no era más que eso, pensó: una iglesia. En su pecho ardía otra cosa. Indescifrable, aún, como era usual. Su brújula interior no estaba guiada por el magnetismo racional sino el intuitivo. Ya estaba muy claro para ella que su misión en Suiza había terminado antes de comenzar. Tal vez en esa paradoja estaba cifrada toda la emoción del asunto; era la sustancia de toda esta aventura. Continuar allí era ridículo. "Eres una mujer increíble" le había dicho Henri, noches atrás, mientras le apretaba la mano, en medio del fragor amatorio. No supo cómo contestar a eso. Porque Henri no alababa su aspecto —que no era, pensó ella de sí misma, nada especial—. Su pelo castaño y sus ojos azules estaban bien, pero no mucho más. Sin embargo, algo tenía que hechizaba a los hombres, porque había estado con muchos. De todas maneras, Henri era uno más. No significaba nada para ella. Era una certeza que la liberaba y la angustiaba al mismo tiempo. Una culpa excitante.

— Adiós... —dijo Bárbara.

Henri fue deteniendo su andar. Vio alejarse a Bárbara con paso rápido.


El recuerdo se desvaneció, como los últimos rayos de luz sobre el castillo. La tormenta cubrió el cielo. Casi al mismo tiempo en que la lluvia cundía en Teplitz, sintió que su destino era abandonar la secta. Le contaría sus revelaciones a la única confidente que poseía —bueno, había otra, su hermana, Swanhilde... pero estaba lejos, quién sabe en qué aventuras.

"Perdoname, Luisa", dejó escrito en un papel, disculpándose por la entrevista con la reina que jamás sería.

Partió al galope en busca de Sofieke.


Llegó empapada y fría. Eso estaba bien; necesitaba perturbar la carne para olvidar el tumulto del alma. Encontró a Sofieke en medio de una veintena de personas, envuelta en ropajes sencillos de monje, sentada sobre una piedra, rutilante con la humedad que había dejado la llovizna, engalanada con recortes de luz grisácea que hacían las hojas de las árboles. Los pardos ojos ardientes, los elocuentes gestos cargados de pasión, cautivando a la masa de gente. Se quedó escondida un momento, para presenciar el prodigio de la chica sobre la humanidad impresionable de las personas. Se asombraban y reían con las parábolas; con la silenciosa voz honesta de Sofieke; con las caricias milagrosas, prometedoras de sanación; con los acertados juicios de carácter que hacía sobre desconocidos. Vio cómo la abrazaban dos señoras; cómo lloraba un anciano desharrapado, ante las palabras del espíritu de un hijo muerto que Sofieke le transmitía.

De pronto Sofieke se interrumpió. Empezó a buscar algo entre la muchedumbre. La armonía de campesinos se rompió con la disonancia de una mujer lujosa, alejada, apoyada en una pared, cerca de un corcel tan lustroso como ella. Bárbara sintió la mirada penetrante y serena de la joven. Se acercó. Se tomaron de las manos, se fundieron en un abrazo.

Dentro de una casa sencilla, se hablaron al calor de unos leños refulgentes. La excusa de las ropas mojadas, le permitió a Bárbara desnudarse. Ardieron en un lecho íntimo, escondido, donde se devoraron con los dedos, los muslos y las lenguas. El último encuentro que tendrían, quizás, no lo sabían.


— No tienes ninguna duda de tus revelaciones... —le dijo Sofieke, triste.

¿Cómo tenerlas?, se preguntó, Bárbara. El invencible ejército francés descolorido; las huestes rusas, cabalgando en el cielo blanquecino, entre las nubes; el vapor turquesa hundiéndose en el barro, la silueta recortada de un águila negra sobre un sol radiante en un campo de batalla; el niño rubio con el intrincado monóculo rojo...

No le respondió. Se acomodó en el lecho y miró la montaña de ropa que tendría que volver a ponerse; luego su brazo. Quiso apretar el botón para drogarse, pero Sofieke le tomó la mano y se la besó.

— No puedo pasar la noche aquí —contestó Bárbara. Sintió la suave presión de Sofieke en la muñeca, que le impedía soltarse.

— ¿Has estado con muchas mujeres?

Un Landseer viejo que estaba recostado cerca, levantó la cabeza en dirección a Sofieke y gimió. Bárbara resistió todo lo que pudo, desviar la mirada de los ojos angustiados de la chica. Finalmente se dio vuelta, sentándose en la cama y empezó a vestirse, se calzó las botas. Sofieke también se vistió. Bárbara respiró hondo.

— Van a usarte hasta que no les sirvas más. Debes cuidarte mucho —dijo la Baronesa, con la más suave rudeza que pudo. Sofieke suspiró con ironía— ¿Quieres un té?

Sofieke no le contestó. Se acercó a una palangana y se lavó en la entrepierna. Bárbara dio un vistazo a las piernas mojadas de la chica, que la miraba de reojo, dándole la espalda. Sofieke se levantó aún más la túnica, hasta que asomó parte de sus nalgas y la vulva. Oyó un estrépito de pisadas y luego el abrazo violento de Bárbara que la tomó por detrás. Una mano de la Baronesa le separó las piernas con suavidad, mientras otra mano apretaba los senos, los pezones. Sofieke se ahogó de placer cuando los dedos se hundieron en su vagina, tanto que tuvo que hacer un esfuerzo para no gemir fuerte. Sintió el rostro de Bárbara contra su piel. El perfume y los besos la embriagaron. Entre jadeos, escuchó, en voz baja:

— Qué suerte tienen los hombres... si tuviera un pene, también te haría gozar con él.

En medio del éxtasis, quiso decirle que no hacía falta, que los hombres lo hacen todo mal, que desconocen el sexo de la mujer... pero el ritmo lento y profundo de los dedos que la penetraban la enmudecieron de locura; sin tregua, sin prisa.


Nunca hubo tiempo para un té. Sofieke se quedó en el regazo de Bárbara, demorando su partida con caricias y preguntas cuyas respuestas ya conocía. Bárbara intentó de nuevo presionar el botón en su brazo. Sofieke la detuvo.

Esta vez con una bofetada.

Bárbara se rio, confundida y nerviosa. Pero la seriedad de Sofieke no se correspondía con ninguna broma posible. De un tirón resuelto, la chica destruyo la mecánica que accionaba el botón. La sangre salpicó a ambas.

Las voces, pensó Bárbara con súbito terror, las visiones; sus ataques, sus arranques impetuosos...

— Debes liberarte, Barb... es la única manera de que lo logres —dijo Sofieke. Los ojos empezaron a llenarse de lágrimas.

Bárbara no sabía qué responder. Mientras Sofieke le limpiaba el brazo, oyó que le hablaba también; pero las palabras se perdían como en una lejanía cavernaria. El recinto, momentáneamente, se tornó borroso en su periferia.

Las sacudidas de Sofieke la rescataron. Sintió un abrazo sentido; las lágrimas calientes de Sofieke en la piel.

— Te amo, Barb. Te amo, te amo... vuelve a mí. Vuelve cuando hayas terminado.

Sofieke salió de la casa. Bárbara escuchó que estaba ensillando su caballo. Tomó las piezas metálicas rotas entre sus manos manchadas con gotitas de sangre, pensando en las palabras de Sofieke. Había hecho lo que ella nunca tuvo el valor de hacer...

Sintió el olor de su madre, Anna. Algo nuevo: nunca había tenido alucinaciones olfativas. No estaba enojada o avergonzada. Odiaba ver a su madre. Pero no en ese momento. Las dosis que se aplicaba la calmaban...

Pero recordó que no había nada que calmar.

Escuchó rechinar la puerta. Un hombre envuelto en una túnica blanca, la cara escondida, estaba parado en el marco. Apenas un poco de barba en el mentón y los pies en sandalias de correa delataban que era un varón. Sorpresa, fascinación, asombro: Bárbara se quedó mirándolo con los ojos como platos. El viento hacía flamear la ropa del hombre y golpeaba la puerta contra el marco; la luz nocturna, algo verdosa, dibujaba una figura imperturbable ante la agitación del clima. Un poco de claridad descubrió el rostro. No halló la mirada del pastor manso que innumerables artistas habían inmortalizado; en su lugar, una nebulosa de emociones: ira, determinación, templanza... El hombre detuvo el golpeteo de la puerta y la mantuvo abierta, invitando a Bárbara a salir.

— Es hora, Juliana —ordenó Jesús.


Sintió algo que la obligó a frenar el caballo, una presencia. Bárbara miró hacia atrás, al camino oscurecido con las luces violáceas del atardecer. Allí estaba Jesús, caminando lentamente hacia ella. "Es hora, Juliana", recordó Bárbara. No oía ese nombre desde su infancia; o desde la última vez que vio a Swanhilde, en el muelle cuando se despidieron. Su madre la llamaba así; con una voz límpida, resuelta. ¿Por qué la llamaba como su madre?

Volvió la mirada. Jesús estaba adelante, a uno pocos metros, entre ella y los custodios que esperaban respuesta.

— Todo lo que estás pensando está mal —dijo Jesús.

Su montura se agitó. Los custodios se inquietaron. Bárbara quiso responder, pero reflexionó: "Estoy hablando conmigo misma".

— Sí, pero también conmigo —dijo Jesús—. Con esa parte de ti misma que necesitas para enderezarte. Hay mentirosos entre los que frecuentas. Olvídalos. Abandona esta vida superficial de baronesa libertina, que no hace más que desperdiciar los años, postergar tu misión.

Jesús se acercó.

— Y no vayas a Rusia con peticiones banales...

— ¡Mujerzuela! —interrumpió una voz conocida.

Era su madre, Anna, justo a su lado, arriba de otro caballo.

— Lo eres — dijo Jesús. Estaba a menos de una palma de distancia—. Pero debes dejar de serlo. Juliana... El Zar está preparado para convertirse en lo que tiene que ser; para incitar a otros a preparar mi reinado. Sólo tiene que dar un paso. Pero no es un imbécil. Y no lo impresionarás con apariciones de espíritus ni trucos baratos; está alerta y cansado de esas cosas. Dile lo que ya sabe en su corazón. Conviértete en su compañera, en otra que entiende por lo que está pasando. Sepárate de Fontaine y esa embaucadora de Marie Kummer que sólo tratarán de pedirle dinero. Tú eres mucho más que eso.

Sintió una punzada en el brazo. Miró los moretones, el oscuro botón inútil.

— Juliana... —dijo Jesús.

— ¡Hereje! —espetó Anna.

Jesús le pasó la mano por el brazo... las marcas desparecieron. La brisa arreció. Se escucharon truenos lejanos. Los custodios se inquietaron aún más en sus monturas.

—¿Señora? Viene una tormenta —dijo uno de ellos.

— Claro que viene, sí... —dijo Jesús, mirándolo. Luego miró a Bárbara— Le enseñas a tus seguidores a despojarse de sus bienes materiales. Pero eso no alcanza, Juliana...

— Eres una vergüenza —dijo, Anna y se alejó al trote.

Bárbara la miro con ira contenida. Miró a los custodios. Jesús la tomó del brazo, acercó sus labios a la oreja de Bárbara. En susurros le dijo:

— Ordénales a todos los que te sigan: "Si no tienes una espada, vende tu capa y cómprate una"...

Los custodios, confundidos, vieron a Bárbara inclinada sobre uno de sus costados, como escuchando en dirección al suelo.

— Señora... —dijo uno de ellos.

Bárbara se acomodó en la montura. Jesús ya no estaba.

— Vamos —dijo Bárbara, dando un vistazo al cielo encapotado.

Tenía que encontrarse con Alejandro.

El sueño del Imperio Cristiano Universal estaba cerca.

 
 
 

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