top of page
Buscar

Libro II — II. San Martín

Actualizado: 3 oct 2024


San Martín caminaba sobre la cubierta del barco, viendo el horizonte; pero mirando su interior: no podía deshacerse del sentimiento de decepción que había visto en los ojos de su padre, Diego de Alvear.

El viaje fue largo. Con la rapidez que aseguraban los contactos dentro de la logia, había logrado su traslado a Buenos Aires, donde lo esperaban la revolución... y su desconocida madre guaraní.

Esperaba decepcionar a más gente: el Gobernador Solano, Simón Bolívar, Tomás Guido, su entrañable amigo. Imaginaba como irían a reaccionar todos cuando supieran sus verdaderas intenciones. Sentía temor por su padre, por si este llegaría a entenderlo antes de emprender la excursión.

San Martín tenía treinta y un años, pero la idea de fallarle a su padre lo hacía sentirse como un niño. Pensaba: ¿Era realmente necesario confrontarlo, decirle algo? ¿Qué le debía él a un padre que lo abandonó? Sabía que ni Carlos ni Diego se preocupaban por él; sólo por lo que pudiera hacer por ellos —por lo que pudiera hacer por la causa. Como dos vendedores hábiles, con discursos ensayados, lo habían arrinconado en una fiesta, presentado ante una sociedad secreta, deslumbrado con la aventura de la revolución y el regalo de un padre y un hermano nuevos.

No lo sabía, pero lo intuía con fuerza.

Suspiró. Quizás no era una mala idea, después de todo: quizás ir contra los deseos del padre lo acercaría a él; quizás al final de esa paradoja podrían abrazarse como el padre y el hijo que, supuestamente, estaban destinados a ser.

Qué importaba. ¿Qué importaba tratar de agradar al padre que lo abandonó...

¿Lo había abandonado realmente?

El puerto de Buenos Aires estaba cada vez más cerca, había que apurar las reflexiones antes de pisar aquel suelo tan revuelto. ¿Qué otra cosa podría haber hecho un joven marino como Diego de Alvear, cuando pisoteó la ley y se acostó con una indígena, en casa del Gobernador Juan de San Martín? Al menos tuvo la decencia de no pedirle a la muchacha que se corte el vientre para desechar al chico. Más aún: pagó religiosamente al Gobernador para que el hijo bastardo sea bien educado y nunca le faltara nada. ¿Qué tanto le debían a él, siendo sinceros? Había recibido mucho más que otros hijos olvidados. Y cuanto más pensaba, más ingrato se sentía, San Martín. Porque las vidas de Diego y Carlos de Alvear habían sido durísimas. Llegando a Cádiz, en 1804, vieron con ojos desesperados cómo una línea de cañonazos hacía estallar el polvorín del barco en el que viajaba su familia. Todos sus hijos, su esposa: a todos ellos vio estallar en pedazos, Diego de Alvear. Carlos tenía catorce años cuando miraba, impotente, furioso y destrozado, cómo su madre y sus hermanos eran tragados por las aguas oscuras del mar.

Pero a su madre sí la habían abandonado. Y no le había costado mucho, al parecer, a Diego de Alvear...

— No vas a preguntarlo, así que te lo diré, joder... —dijo Diego de Alvear.

El barco se bamboleaba— El encuentro con tu madre fue arrebatado, como suelen ser esas cosas, entre marinos y sirvientas tímidas. Tu madre tenía diecisiete... bella y serena. La perseguí varios días. Puede ser que al principio ella no quisiera entregarse... pero no por ello dejé de insistir. Con más fuerza de la que hubiera sido prudente, quizás, no lo sé... Pero yo le gustaba, no había dudas de eso. Me arrepiento de tantas cosas; de verla sólo como una piel oscura, que se negaba a entregarse, a aceptar su inferioridad —Diego no lo vio, pero sintió el odio de San Martín, que miraba al suelo, apretando las mandíbulas— Tienes razón en odiarme, no te culpo. Tengo sesenta años, José. Me da vergüenza hablar así, con tanta honestidad... pero ya estoy demasiado viejo como para tratar de salvarme con explicaciones. Yo era un marino hábil, seguro; pero imbécil también. Arrogante, como la mayoría de los hombres. Ella era una venus morena, exótica, de voz tan suave... cumplidos que me salen fácil, ahora, que la miro con ojos de hombre maduro. Pero... —los ojos de Don Diego empezaron a ahogarse con lágrimas rabiosas, avergonzadas— los odiaba, José, odiaba a todos esos indios. Y al confesarlo se me acalambra el alma de vergüenza, hijo...

La voz se quebró y se interrumpió: San Martín lo miraba, con ímpetu tan ardiente y amenazante que Diego de Alvear tuvo que desviar la vista. Muchas veces sería así, con San Martín. Los hombres tratarían de quebrarlo con provocaciones, sacarlo de sus casillas; pero una fortaleza mansa, calculadora, como de puma pampeano, dominaba al hombre y lo mantenía al acecho. No podía saberse quién era el padre y quién el hijo, porque San Martín miraba a Diego, que mantenía la cabeza gacha, como si su vida dependiera de eso.

Cuando ya fue insoportable, Diego abandonó el camarote.


*


Amarraban la fragata. Preparaban los planchones para el descenso. San Martín vio a su hermano, con un pie sobre la baranda; un perfil de nariz recta, no aguileña como la de Diego y la de él; una expresión más orgullosa, respingada. Tenía la cabeza gacha, como si le pesara. A él también lo había decepcionado...

—¿De qué "provincias unidas" estás hablando? —dijo San Martín— Si logran la independencia será sólo para un grupo de comerciantes. O criollos o godos, pero mercaderes al fin y al cabo; que harán el pastoreo desde Buenos Aires. Y todos los demás, también mercachifles, harían lo mismo. ¿Dónde están las provincias unidas?

Diego observaba a los hijos con los brazos cruzados.

—Es deprimente que hables así de la revolución —dijo Carlos de Alvear— No vas a negarme, justamente tú, que el tiempo no puede ser más propicio para cortar lazos con España. ¿Qué importa cómo llamemos al Estado? Es un símbolo, una manera de azuzar la voluntad de los hombres...

San Martín dio un largo suspiro irónico.

—Carlos... si no voy a ser sincero con los hombres que vamos a mandar a la muerte, por lo menos quiero serlo conmigo mismo.

Carlos hizo una pausa. Diego lo miró expectante.

—Sé que quisiste decir "abierto" —corrigió Carlos—. No me acusarías de embustero cuando sabes bien que no lo soy.

San Martín negó con la cabeza.

—No lo eres, cierto. Pero me gusta llamar las cosas por su nombre. Y "provincias unidas" parece demasiado grandilocuente. "Mercaderes y contrabandistas unidos", quizás...

Diego de Alvear miró al suelo, como reflexionando.

—¿Qué pasa contigo, te ha trastornado el bamboleo del barco? —preguntó Carlos de Alvear. Luego, como recordando algo que se la había pasado, frunció el ceño— ¿Y por qué has dicho "si logran la independencia", a qué te refieres?...

—No voy a ir a Lima —interrumpió San Martín.

Diego y Carlos se miraron. San Martín se tomó un momento para analizar la reacción. Los hombres no se miraban confundidos, sino asombrados y enojados. No estaban preocupados realmente. Estaban enojados porque él no respondía como esperaban. No había sido la reconciliación inocente que quisieron simular: fueron a Cádiz a comprar una herramienta.

—No voy a servirles para nada. Ni como hijo ni como hermano —dijo, mirándolos respectivamente—. Sé que necesitan un hombre en Perú, pero no seré yo. Mi misión está en otra parte.

La pregunta, tácita, retumbaba más fuerte que si la hubieran pronunciado. "¿Dónde?" se dibujaba en la facciones de Diego y Carlos de Alvear.

Si hubiera tenido un mapa, San Martín hubiera puesto con gusto un dedo en esa región salvaje, alejada de la línea de fortines del Río Salado; hogar de fieros guerreros que los habitantes de Chile llaman puelches y que hicieron suyos los caballos que había traído el invasor; reino del lonco mapuche Calfucurá...

A la sorpresa, como puede tenerla el ávido estratega que no previno la jugada de su oponente, le siguió una honda decepción. Las caras de los Alvear se desfiguraron.

—Hay muchos hombres que quieren ir a Lima —dijo San Martín— pero ninguno que quiera ir a Salinas Grandes.

—Porque es una locura, José —dijo Diego—. Son nuestros enemigos ahora y lo serán después.

—¿Por qué son nuestros enemigos? —preguntó, molesto, San Martín.

—No hacen otra cosa que malonear y pelearse entre ellos. No respetan nada.

—Que se peleen entre ellos no los hace nuestros enemigos —dijo señalando a Diego—. Y que rompan en malones contra Buenos Aires tampoco, porque lo hacen como represalia. Por eso hay que ir y mostrarles que no es el único destino que les queda. Son ellos los primeros habitantes de un suelo que hace siglos viene siendo usurpado por extranjeros. Ninguno de nosotros tiene justo reclamo en estas tierras...

—No puedes decir eso...—dijo Carlos de Alvear.

—Tú sabes a qué me refiero. Quiero una república, tanto como tú; claro que quiero a España fuera de aquí. Pero romper cadenas no siempre es estar libre. Quizás, para nosotros, haya algo de libertad. Un poco, si tenemos suerte. ¿Pero los demás?

—Los demás tendrán un Estado propio, con leyes pasadas por sus representantes...

San Martín suspiró enojado.

—Estamos entre hombres instruidos, Carlos, no me des lecciones de principiante. Si quisiera aprender de verdad, leería mejor los libros que tengo al lado de la cama. Los "representantes" primero se representan a ellos mismos...

—Seguro está lleno de autores franceses tu biblioteca. Pero también debes tener libros de Alejandro Magno o Aníbal bajo la almohada.

San Martín se ríe, como quien acepta que es cierto.

—¿Y tú... estiras la mano bajo la tuya, buscando las riquezas de Smith? —respondió San Martín.

Carlos había estudiado en Londres durante su adolescencia, donde adquirió un estilo de pensamiento inglés del que San Martín desconfiaba. Diego se levantó, preventivamente, pero Carlos no parecía enojado.

—Hijos... que tal si llenamos las copillas y tomamos un trago —dijo Diego.

Carlos se apoyó en una esquina. No podía apear a San Martín de sus ideas y se notaba la frustración en su rostro. San Martín, sentado en un banco, estiró el brazo para tomar la copa. Diego quiso improvisar un brindis. Pero cuando estiró la mano, Carlos se movió del rincón, acercándose a San Martín.

—Si no vas a Lima pones todo en peligro —dijo Carlos.

San Martín lo miró.

—¿Y entonces? —dijo.

—No es verdad... —intercedió Diego.

—Sé que no lo es, pero quiero entender qué significan sus palabras —interrumpió San Martín, sin sacarle los ojos de encima a Carlos.

Hubo un largo silencio e inspección. Las copas en las manos se demoraron... y finalmente fueron apoyadas en la mesa. Las maderas de la embarcación crujían.

—... y para prevenir eso —dijo Carlos, distendiéndose— tendremos que poner otro hombre para que haga lo que tú deberías hacer.

—Estoy de acuerdo —dijo San Martín—. Hasta lo hará mejor, sin dudas.

San Martín miró a los hombres que tenía adelante, que deberían sentirse una familia.

—No los entiendo —dijo San Martín—. Les digo que iré en excursión a Salinas Grandes, probablemente a morir bajo alguna lanza indígena y no los mueve en absoluto...

—¡Oh... pero te equivocas! —dijo Carlos— Puedo hablar por los dos —dijo señalando a Diego— cuando digo que estamos angustiosamente sorprendidos.

—Es una locura lo que planteas... —dijo Diego.

—Y qué no lo es, en estos tiempos —dijo San Martín—. Se avecinan guerras en todas partes de Sudamérica . Ustedes saben, como yo, que la revolución es un hecho. Es un hecho, joder: Sucederá. Pero será por dinero y poder, nada más. Si los mandamases de Buenos Aires quieren comerciar con el mundo libre y sentarse en las Cámaras para hacer leyes, va a ocurrir, como cualquier cosa que quieran los que tienen realmente el poder. Y utilizarán a la gente para ello, para no desentonar con todos los demás "revolucionarios" de la historia —añadió con ironía—. Pero luego... ¿qué? ¿Qué piensan que irá a pasar con la pampa y el sur, todo ese territorio salvaje que desconocemos? ¿Ustedes piensan que los criollos, o los ingleses, o cualquiera que haya venido de otro charco, aprendieron algo de los españoles que masacraron a los Incas? Yo creo que lo han aprendido todo y más. Lo lamento, pero hay una fuerza en mi corazón que me dice que tengo intentar, al menos, ayudar a los más débiles; a los que realmente quedarán desamparados cuando los "directores" se hayan cansado de mirar al norte y miren para el sur.

Hubo un silencio peor que el anterior. En los Alvear había como un ímpetu de responder. Pero al mismo tiempo una derrota, una resignación, como el que quiere decir algo pero sabe que es inútil. Luego, Carlos de Alvear probó apenas el licor de piñón, chistó molesto y arrojó el resto al suelo. Salió del camarote. Diego de Alvear se quedó mirando a San Martín. Apenado. Desilusionado. Luego, apoyando las manos en sus rodillas e inclinándose hacia adelante, como quien necesita mucha fuerza para levantarse, se incorporó y se fue.

San Martín estaba solo. Se sirvió un poco más de licor de piñón. Brindó consigo mismo, diciendo en voz baja:

—Por la araucaria…


*


El puerto de Buenos Aires bullía con la energía de los estibadores, las poleas que hacían descender jaulas con animales exóticos, cargamentos forrados en cajas, embarcaciones que atracaban en los muelles... El aire olía a sal y licor. Las caras de los obreros, ensombrecidas por la incertidumbre de la guerra, se iluminaban con reflexiones fugaces o se mojaban con el agua de las olas que rompían en la línea rocosa; o se torcían en muecas de fuerza cuando maniobraban toneles y otras cargas pesadas. Pero eran las facciones salvajes de los indígenas, corrompidos ya con la vestimenta criolla, lo que cautivaba a San Martín. Esa profundidad insondable tras los ojos; esa resignación en la mirada; esa silenciosa aceptación de las burlas y las miradas que marginaban...

Ese rebeldía imperecedera y escondida.

Podía oler el sabor de la ginebra en el tufo que sublimaban las tabernas cercanas. Apuró el paso. Se adelantó a los hombres, mujeres y niños que atolondraban las inmediaciones, corriendo desde los muelles, gritando desde los botes de pesca, admirando los grandes barcos atracados en la costa. Pronto notó que había gente que se detenía y lo miraba. Su piel era un poco más oscura; sus ojos un poco menos comunes. Casi chocó contra un hombre que venía detrás de él y no puso atención; "Buenos días, coronel", le dijo el hombre, disculpándose.

Se quedó un momento más, bebiendo la multitud de rostros que agitaba Buenos Aires.

Más tarde entregó papeles a los oficiales de puerto. Estrechó manos de gente que se había acercado a saludarlo.


*


Estaba solo, esperando en un pasillo. Una luz fuerte y blanca penetraba por un arco de piedra, se desvanecía en las paredes y rebotaba en los duros planos rectangulares del banco de madera sobre el que estaba sentado. Le llegaba el bullicio de la población, el clac-cloc de los cascos contra las baldosas e incluso, esporádicamente, el berrinche metálico de algún carromato a vapor. Se volvió a mirar, con un dejo de tristeza, los dedos metálicos, las varillas que corrían sobre su brazo.


*


Un cura que se hacía llamar Bernabé, buen amigo de San Martín, se le acercó, con un viejo libro de poemas. "Un cura leyendo poemas, tan típico...", pensó con gracia. Le agradaba la compañía del hombre. Su cabeza calva se movía como un huevo brillante.

—La Iglesia debería leer más acerca de estos hombres y mujeres que están aburridos del mundo moderno... —dijo el cura, riéndose, moviendo el libro en su mano— Es posible que este libro, escrito por un hombre humilde (y leído por otro hombre humilde) —dijo señalándose. San Martín sonrió—, presagie con acierto la caída de un imperio mercantil como Inglaterra —San Martín frunció el ceño, incrédulo—. Nada lo indica ahora, ya sé, pero... quizás, quizás... sea un profeta en su imperio, ¡Ja, ja!

San Martín acompañó la respuesta con una sonrisa. Trató de recordar un pasaje de ese libro. El cura se alejó para confesar a unos soldados. "Me siento como anciano, el de una ciudad mucho más vieja que yo", recordó. Era verdad, se sentía muy viejo. Como si ya tuviera un siglo más a cuestas. Hacía poco, había estado peleando por la España colonizadora. Luego, era devuelto al Virreinato, con las hebras del nido de Yapeyú tirándole de los sentimientos. El mundo ya no le parecía algo "presente"; casi que no se sentía como algo real. Y él se sentía un ucrónico sufriente, cavilando entre el pasado, presente y futuro; futuro asible como nunca antes, donde el sueño de la libertad individual y la tolerancia entre todas las razas y creencias parecía algo alcanzable.

Pero primero había que salir vivo de la pampa salvaje.

Sopló un arenisca repentina. San Martín y el cura estaban sentados afuera de una carpa. Le habían aceptado el fuero militar y comandaba una veintena de hombres. La misión, en la cual ponía en juego su carrera y su reputación: mejorar el acuerdo de paz actual entre Calfucurá y el Virreinato, que, aunque seguía vigente, era frágil. Esa era la misión oficial. Y mejorar significaba: mejor para el Virreinato. La misión personal: alertar a Calfucurá de la tormenta venidera; una que bajo el lema de la revolución traería nuevos pesares a todos los pueblos originarios de Sudamérica.


*


Se quedó mirando a un grupo de soldados, melancólico. Los hombres estaban tratando de cazar a un animal. No pudo distinguir cual. Un animal poderoso, pero a la vez pequeño entre otros de su misma especie que huían de la cacería. Los soldados lo perseguían. Otros hacían flechas. Un grupo de mapuches, que estaban mirando, se enojaron. Uno de ellos robó una flecha y saltó un médano.

Cuando los soldados saltaron el médano, vieron que la flecha tenía un nombre escrito; el nombre de un hombre muerto.

—¡Conozco esta flecha... me has matado! —gritó un mapuche. Más alto que el resto.

Era Calfucurá. A su lado, una mujer mapuche tenía la mirada tan dura como él.

Los soldados se quedaron mudos. La mujer habló:

—Desde la primera hasta la última muerte, hay multitud de colores.

Luego se escucharon llantos. Luego, silencio.

San Martín despertó.

Soñó otras cosas, también: El Rey de Francia, Luis XVIII, vitoreado como un héroe famoso, diciendo algo ante la muchedumbre, acerca de los hombres fuertes; una cripta monumental, con la bandera del Imperio Francés ondeando. Frente a la cripta, tres tumbas. La tumba de Calfucurá, la tumba de una mujer y la tumba de un noble, cuyo nombre no podía distinguir. San Martín se acercaba a ellas. Sus ojos le pesaban. Luego estaba frente al grupo de mapuches y se arrodillaba ante ellos.


*


Cuando llegaron a Médano Partido, bastantes kilómetros lejos de la línea de fortines de Buenos Aires, tuvo la sensación de que algún mensajero de Calfucurá pronto estaría por venir.

No se había equivocado. Cerca del atardecer, un hombre de tez oscura, pelo largo ceñido por una blanca bandana y un abrigo de guanaco, apareció entre el pastizal. Era la figura que los vigías habían visto hacía un rato, pero aún así los sorprendió. Los soldados se quedaron mirando los ojos de la montura: era oscura y con un extraña nebulosa azulada, difícil de describir. El hombre no venía solo. Una escuadra de aborígenes robustos y altos, rostros insondables, se movían como fauna salvaje y sin temor en el campamento. Pasos lentos de los caballos. Miradas silenciosas. Los únicos ruidos provenían del siseo de los pastizales y de un torbellino lejano: los mapuches se movían como fantasmas.

Los misioneros franciscanos no salieron de las tiendas. San Martín estaba fuera de la suya. Vio que el mapuche era especial. El quillango que traía sobre el cuerpo tenía adornos de plata y había cierto aire regio en el joven. En el cuello tenía un collar vistoso, enraizado con una planta azulada o negra. Tenía un gran agujero en una de las orejas.

Pese a la multitud de preguntas, que a todas San Martín contestó cordialmente, el mapuche fue muy respetuoso y nunca buscó imponer autoridad alguna. El joven quiso saber todo sobre la excursión. Y San Martín sintió en todo momento que el joven lo examinaba. Le miraba las facciones, los gestos. Como en admiración o recelo, imposible saberlo. Hasta inspeccionó las armas y ordenó deshacerse de cualquier rifle que hubiera. San Martín no se opuso a nada.

Se había preparado comida para los mapuches, pero el joven kenoken (capitán) ordenó el fin del encuentro. Antes de partir, le dijo a San Martín que se encontraría con Calfucurá más adelante. Pero que antes habría otra inspección y encuentro, en Cruz de Guerra.

De repente, unas antorchas se alumbraron. En cada tienda del campamento, había un hombre. Los soldados que estaban dentro de las carpas salieron. Parecían agitados.

—Tranquilos que los van a pialar antes de que puedan hacer algo. Todo está bien —dijo San Martín.

—Todo está bien, coronel —acompaño Amuná, hijo de Calfucurá— Él no tardará mucho.

Concluyó y señaló al único ombú que había en el paisaje, a cincuenta metros.

Al lado del árbol, San Martín vio una figura oscura, que sostenía un trozo de una planta, como una rama larga y nudosa, que le envolvía el cuerpo. La figura era extraña. Nadie podía decir si era hombre o mujer. Parecía ser un nativo. Estaba tratando de atar la rama a otra del ombú, con todas sus fuerzas. Un torbellino arremolinó tierra y quiso silenciar las antorchas.

Cuando volvieron a mirar, el mapuche había desaparecido.

San Martín tenía la expresión de aquel que acaba de sentir que el corazón le dio un respingo. Los soldados tenían la boca abierta del asombro. La rama se fue manchando con tierra y sangre que manaba vaya a saber uno de donde. Al cabo de unos segundos, se partió. La sangre se derramó manchando el árbol y la hierba.

Pasó un tiempo hasta que la voz de Amuná rompió la rareza imperante:

—Siéntense, coman, duerman luego —dijo señalando la mesa con comida, como quien sugiere algo que sería ridículo despreciar.

San Martín sonrió.

—La comida es caliente y está gratis —dijo Amuná, dirigiéndose a su caballo—. Los líderes también descansan. Duerma —concluyó, señalando a San Martín.

Todos se quedaron observando cómo se alejaba la comitiva mapuche.


*


No todos tenían esa suerte, la de un descanso en tierra aborigen, pensó San Martín, más tarde, cuando estaba en la mesa leyendo un libro de relatos de un general criollo. Acompañado del cura Bernabé, comía despacio y pasaba las hojas del libro:

"Despertamos en medio de la noche, oyendo gritos y gruñidos.

Los indios habían encontrado el campamento. Los soldados les tiraron con lanzas. Los que estaban a medio despertar, se encontraron incendiados en las tiendas. Muchos cayeron boleados y eran ultimados por el cuello. Los desertores corrieron en todas direcciones; en todas hallaron la muerte. Un soldado que estaba cerca de mí fue cercado por un pehuenche que lo perseguía. El indio le tiró un hachazo. El soldado trató de hacerse a un lado pero el golpe le partió la cara. Otro me gritó, mientras desertaba '¡Al infierno usted y el Virrey!'"

Terminada la cena, San Martín se metió en la tienda. Dio un vistazo al cuchillo que le había obsequiado Amuná, antes de irse. Dio un largo suspiro. Tomó la guitarra y se puso a tocar un poco, para calmar a los soldados.

Pero pocos durmieron bien esa noche.


*


Todos estaban aterrados.

San Martín daba órdenes enérgicas. Un grupo de aborígenes estaba atacando el lugar. No eran mapuches. Muchos soldados todavía estaban en sus tiendas. A San Martín le parecía una pesadilla. No pudo evitar sentir escalofríos al recordar la última lectura antes de dormir. Pero estaba pasando: los estaban atacando. No era gente de Amuná, eso era seguro. Los soldados no estaban armados como quisieran y San Martín tenía la horrible sensación de que había que escapar y tratar de esconderse en los médanos, amparados en la noche.

Resolvió la retirada. En el camino, tomó cuanto hombre se cruzara. Escuchó los gritos agudos y aterradores de los aborígenes, la clemencia inútil pedida por algunos soldados, los gorjeos finales, ahogados en sangre, el zumbido de los flechazos y las boleadoras...

Era el día quince de la expedición. La batalla era terrible.

San Martín entró a una tienda, presa de la furia y el pánico. Encontró a uno de sus hombres batallando con un pampa. Le clavó el sable en el costado y le descargó un pistoletazo en la sien.

Sintió un horrible pinchazo en la espalda. El dolor fue tan impresionante que le hizo sudar de inmediato y le nubló la vista. Cayó al suelo. La cacofonía de la hecatombe se iba alejando. Se llevó la mano a la espalda. Sintió una lanza atravesándole la carne. La partió, sin sacar la punta. Levantó la vista. Un pisotón de un soldado le arrojó tierra en los ojos. Ayudado con las lágrimas y el canto de la mano, se limpió un poco la vista. Lejos, vio una mujer, no era pampa, con una bandana rodeándole el abdomen. La mujer llegó a su lado y trató de empujarlo, de levantarlo. Pero él no tenía fuerzas para ayudar y la mujer parecía muy menuda como para levantarlo sola. Lo miró en los ojos. El barro que se había hecho con las lágrimas no le permitía ver bien los rasgos, pero parecía...

Un grito, lejos, llamó su atención. Sintió miedo, como nunca en mucho tiempo. Los vítores agudos que ensordecían la noche no eran conocidos. El caos fue disminuyendo. San Martín se quedó inmóvil. Ciego e inmóvil. La mujer seguía allí, pero no decía nada. Estaba muy oscuro y él estaba muy asustado. Se trató de limpiar los ojos irritados. Entre la bruma, vio a la mujer alejarse corriendo.

Lo abandonaba.

Sintió que la cabeza le temblaba. El dolor en la espalda era insoportable. "La mujer —se oyó pedir en voz baja—, la mujer...". Escuchó a muchos hombres hablar el idioma de las pampas. Unos pies ásperos se movieron cerca de él. Algunos caballos rebuznaban. Él sólo miraba la tierra. Oyó unos pasos. Sintió un hedor fuerte a guanaco.

Resolvió que en la hora final, no sería un cobarde. Acopió fuerzas para darse vuelta; pero sintió que lo tomaban con fuerza y lo hacían por él.

Se vio cara a cara con el rostro terrible de un hombre iracundo y abominable.

—Ahí tienes —dijo el cacique, rodeado de aborígenes—. Tú eres DÉBIL. Nosotros somos FUERTES. Ahora te moleré a palos y dejaré que el suelo se beba tu sangre.


 
 
 

Comentarios


¡Gracias por el apoyo!

Gracias!

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
bottom of page