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Libro II — IV. Alejandro


Oyó los pasos del héroe subiendo las escaleras…no los pasos del héroe, sino los del hombre que venía a decirle que el héroe venía a verlo. El andar tranquilo de Vasili contrastaba con el correteo nervioso del súbdito ruso que lo precedía.

— Zar, Vasili está aquí.

— Hágalo pasar.

Alejandro se acomodó en la piel de oso que lo mantenía caliente. Bajo la misma, una camisa blanca le cubría el cuerpo, solo un poco más abajo de la cintura. Había estado sufriendo una pesadilla cuando lo rescataron: un águila negra le desfiguraba la cara a picotazos. No quiso tomarse el tiempo necesario para vestirse, quería ver a Vasili cuanto antes.

— Zar… —dijo, sottovoce, la mujer que estaba en la cama revuelta— ¿Quiere que me vaya?

El Zar la miró con ternura.

— ¿Piensas que me das vergüenza? Si mi abuela estuviera viva te diría que te escondas bajo las sábanas y escuches las conversaciones de los hombres.

“Y también que no es problema acostarse con todos los hombres que uno quiera… mientras no dejes que te gobiernen”.

La joven de cabellos oscuros sonrió y se tapó los enormes pechos bronceados con las sábanas. Luego se tapó la cabeza.

“Es apenas una jovencita…”

El Zar pensaba que las mujeres que lo cortejaban eran sabias en las artes amatorias, pero ingenuas en casi todo lo demás. Tenían la mitad de su edad, coloridas risas, gestos y pieles. Unas pocas eran de su misma edad o más grandes. Los hombres que las enviaban a seducirlo, subían un peldaño en la escalera de la influencia y el poder con cada cortejo…

O eso creían.

Subestimaban a Alejandro. El Zar no tenía la lujuria desenfrenada del hermano, Constantino. Lo que tampoco le impedía llenar los vientres de bastardos. Muchas veces, simplemente le gustaba la compañía silenciosa de las doncellas; alguien que lo salve de alguna pesadilla, o que simplemente lo acaricie hasta que se duerma.

Olió la piel de oso. El aroma animal lo relajaba, lo hacía sentirse pequeño… cobijado.

Se abrieron las puertas y apareció el rostro auspicioso y flaco del sirviente. A continuación esperaba el rostro lampiño, poderoso de Vasili Zaitsev; pero se encontró con una cara grave, de barba desaliñada, aunque de ojos vibrantes. La empresa de matar a Napoleón había cobrado su precio. El pelo rubio peinado hacia atrás, el uniforme desgastado, abotonado hasta el cuello.

Un soldado apareció atrás de Vasili, casi llevándoselo por delante en su andar hacia Alejandro. Cargaba en sus manos un fusil que depositó sobre el gran escritorio del Zar.

Alejandro acarició el arma, como se acarician los objetos míticos.

— Mosin… —dijo y luego acarició la mira telescópica— y La Araña, ¿dije bien?

— Sí, Zar.

Alejandro suspiró, reflexivo. Miró a Vasili en los ojos.

— ¿Qué se siente matar al hombre más poderoso del mundo?

Vasili sonrió como un chico avergonzado ante un adulto.

— No puede describirse con palabras, Zar.

Alejandro sacó la mano de La Araña.

—¿No cree que es una forma deshonrosa de matar a un hombre? ¿No es tan bajo como envenenarlo o clavarle un puñal por la espalda?

La sonrisa de Vasili se desvaneció.

—Sólo soy el dedo que aprieta el gatillo, Zar.

Los hombres se miraron un momento.

— Y yo soy el hombre que le puso el fusil en la mano y le ordenó que disparara, tiene razón. Mas sin voluntad propia, no hay dedo que pueda apretar gatillo alguno.

Vasilil no supo qué responder.

— Soy descortés, suboficial. Acérquese y déjeme estrechar su mano.

El Zar percibió un titubeo y una rápida inspección. Verlo semidesnudo seguro intimidaba al suboficial.

Le dio un fuerte apretón de manos.

— Los hombres merecen ver al verdugo cara a cara… —dijo Alejandro— pero no tiene de qué avergonzarse, Vasili: Napoleón no era un hombre. Gracias suboficial, gracias. Ha salvado la vida de cientos de miles de hombres. Cientos de miles de compatriotas y también de desdichados soldados enemigos, obligados a seguir las órdenes de un tirano.

El Zar vio el pecho de Vasili inflarse de emoción, los gestos relajarse, los ojos humedecerse de orgullo.

— Tapizaremos Moscú con panfletos que hablen de su hazaña. El Tirador Fantasma… —volvió a mirar La Araña— La Duquesa de Sagan está ansiosa de poner las manos de nuevo en este prototipo; asegura que Kepler ya tiene mejoras preparadas. Se ha ganado un merecido ascenso, Vasili.

El Zar percibió una ensoñación en la cara del suboficial. “La sola mención de Guillermina le afloja las piernas”, reflexionó.

Con un gesto a su guardia, el Zar finalizó la entrevista.

Vasili se alejó, pero se detuvo a medio camino. Volvió sobre sus pasos, hurgando en el bolsillo de la camisa. El Zar percibió un brillo fugaz.

— Esto… —dijo Vasili— le pertenece, Zar. Es el casquillo de la bala que mató a Napoleón. Se lo había prometido a mi pequeño hermano, pero su lugar es en la casa del emperador.

El Zar tomó el trofeo con dos dedos como si se tratara de un cristal frágil e invaluable. “Me ofrece un regalo prometido. Podría haberse callado y guardarse el botín, pero no lo hizo”.

Vasili hizo una reverencia y se alejó.

La voz del Zar le ordenó detenerse. Alejandro se acercó al suboficial.

— ¿Qué pensará tu hermano si rompes la promesa? —dijo. Luego le devolvió el casquillo— Las medallas y los souvenires pertenecen a los verdaderos héroes.

Las palabras no eran suyas, sino de su tío, el Oso Gris. Solían pelear en broma y su tío lo dejaba ganar, fingiendo dolor cuando él, apenas un niño, le torcía un dedo, del que se agarraba con fuerza con toda la palma. “Aquel Goliath tierno…”, recordó el Zar.

Vasili tomó el casquillo, agradecido.

Vio partir al suboficial y luego se sentó detrás del escritorio. El tintero, el pequeño cofre de metal manchado, el reloj de arena, el ostentoso y alto portavelas, con florituras de bronce entrelazadas, la silla negra sobre la que estaba sentado: los colores de todos esos objetos parecían saturarse; las cosas volverse ingrávidas, la luz del sol refulgir con más intensidad…

Napoleón estaba muerto.

La beldad bronceada bajo las sábanas pareció moverse en la oscuridad. Alejandro se acercó para ver mejor.

— Dime tu nombre —le dijo Alejandro.

— Ya lo sabe, Zar.

— Solo quiero oírte decirlo.

Charlotte… —dijo, con acento extranjero.

El Zar suspiró de placer.

— Es un nombre muy regio —señaló el Zar.

— Soy la consorte nocturna del emperador de todas las rusias —dijo, bromeando.

El Zar se rió.

— ¿Con cuántos hombres estuviste?

La pregunta sorprendió a Charlotte.

— No lo sé. Muchos.

— Y seguro todos terminaron contentos…

— Es fácil satisfacer a los hombres…—el Zar la miró intrigado— no tanto satisfacer a un emperador —agregó, cómica.

“Sabe moverse en las palabras como en la cama. Pero tiene razón en lo que dice. Si supiera cuánta…”

Aunque Charlotte era seductora y muy hábil con sus encantos, la sensación del éxtasis que alcanzaba con ella palidecía frente a los más fulminantes que había sentido, todos con la única mujer que realmente había amado. Nada podía hacer Charlotte para remediar eso y no era que estuviera haciendo mal las cosas…

— No lo dices en serio. No soy un hombre complicado.

— No… pero sí exigente. Mi boca y mis muslos sabe usted dejar exhaustos. Y después de adorarlo, hasta un breve bostezo me hace doler las mandíbulas.

El Zar no pudo evitar reír. Charlotte también (con más musicalidad que la risa rasposa de Alejandro), tapándose la boca de perfectos dientes blancos.

“Que manera tan ingeniosa de hablar de algo tan indecoroso”, pensó Alejandro.

— ¿Puedo preguntarle algo, Zar? —dijo Charlotte.

— ¿Qué?

— ¿Por qué estaba rezando?

El Zar frunció el ceño. Pero al mismo tiempo en que Charlotte explicaba su pregunta la entendió.

— Anoche…

— Sí, sé a qué te refieres…

Cuando escuchó los golpecitos que Charlotte daba en la puerta, el Zar interrumpió sus plegarias. Eran egoístas, para sí mismo. Le pedía a Dios templanza, para resistir allí donde Napoleón se había quebrado. Porque pensó que muchos hombres aseguran que no serán corrompidos… y luego fracasan. Es fácil prometer cuando la promesa no es puesta a prueba, cuando se desconoce la esencia verdadera de lo prometido. “Los hombres honorables nunca prometen. Un ‘sí’ o un ‘no’ son suficientes.” Por eso, él trataba de no jurar nunca, ni nada parecido. Deseaba con todo su ser pasar las pruebas cuando se presentaran. Y unas plegarias le servían para juntar fuerzas, para cimentar su fe.

— Porque me recuerda que, aunque soy un Zar y todos se arrodillan ante mí, yo también me arrodillo, yo también soy un súbdito.

— Humildad… —reflexionó Charlotte— no sabía que los emperadores tenían que ser humildes.

— Son los primeros que tienen que serlo. Los ojos sobre mí mismo son más severos que todos los otros que me vigilan. Cargo con un nombre muy pesado. No creo que pueda ser tan amable con Alejandro Magno como lo fue Ptolomeo; decía que ningún tirano dio tanto. No lo veo así. No voy a decir que donde otros fracasaron yo voy a triunfar, me niego. Pero sí puedo decirte que debemos matar nuestros sueños antes de que nos maten a nosotros mismos y a todo lo que conocemos.

Sintió admiración en la forma en que Charlotte lo miró. La mujer comenzó a vestirse.

— Es mejor que me vaya, Zar.

Alejandro asintió.

Cuando quedó solo, sintió el peso de todas las responsabilidades. Se arrebujó en la piel de oso. “Un nuevo mundo se configura con la muerte de Napoleón. La amenaza del Imperio Británico y las nuevas formas de gobierno que se importan desde América y Francia son huracanes tan peligrosos como el ajacio que casi conquista el mundo”.

Le volvieron imágenes de las barracas que había visitado meses atrás, cuando Napoleón venía ganando todas sus batallas. Las secuelas en el ejército ruso eran terroríficas. Dentaduras negras y descalabradas, miradas perdidas para siempre, fiebres, delirios, amputaciones… “El Horror Turquesa de los franceses. La más vil de las invenciones de Napoleón”.

— Convoque un consejo de emergencia —ordenó el Zar a un hombre que estaba cerca de la puerta.

Tenía que discutir los movimientos de las piezas en el mapa del mundo y necesitaba el consejo de hombres más sabios e inteligentes que él. “El reinado de los Bonaparte tiene los días contados. Los borbones recuperarán el trono…”, reflexionó.

Pero eso no significaba, sabía el Zar, que las monarquías serían restauradas. Sus hombres más cercanos y sensatos pensaban que el Ministro del Interior, Boris Safronov, el hombre encargado de manejar el timón del barco, tenía fobia a la pérdida de control y un miedo sano al cambio: estaban en lo cierto. Alineado con el Zar, el Ministro enfrentaba cualquier amenaza que pudiera poner en peligro la esencia del Reglamento Militar del mil setecientos, uno de los pocos aciertos que le atribuyó a Pedro Alekséievich Románov. “Por más que estos burócratas se infecten con las dulces enfermedades occidentales, nada va a pasar con el Imperio Ruso si yo no lo quiero. El poder del Zar es absoluto y sobre todas las cosas”.

El Zar sonrió con ironía.

“En eso sí me parezco al otro Alejandro: no imagino un mundo sin un autócrata”. Pero mis temores no son pueriles: es mayor el daño que los comerciantes y los burgueses corruptos pueden hacerle al mundo, que la voluntad de un solo hombre”. Al hombre se le puede cortar la cabeza; pero un monstruo de muchas cabezas es muy difícil de matar.

Se llevó las manos a la frente, como si en ella cargara un gran peso angustiante. Enmendar los errores del pasado, las cicatrices que años de persecución dejaron… Desde Iván El Terrible se hostigó salvajemente a los que disentían… ¿Qué emperador realmente digno tiene necesidad de perseguir, desaparecer o torturar? Aquel que ya se ha mostrado impotente ante los problemas del reino, pensó Alejandro, aquel que se ha emborrachado con autocracia, en vez de ejercerla con mesura.

“Los hombres no aprenden de la historia. Todo está allí: desde las dinastías chinas hasta el Imperio Romano… tan diáfano como un día de verano”. Y no es que siempre se nieguen a aprender: a veces no pueden, reflexionó. “Porque no es ciego el que no ve, sino el que nunca podrá ver”.

Dio un vistazo a la tabaquera de oro abollada. “Mi padre tenía razón: la ambición es la ruina del hombre”.

— ¡Cómo podemos ser tan ingenuos… —lo dijo en voz tan baja que sólo los espíritus del castillo pudieron oírlo— Mis rusos obedecerán…

— ¿Seguro? — interrumpió la voz de su abuela. Provenía desde lo más oscuro de la habitación— Sobstvennost era una palabra que no existía. Yo la inventé. Y la aman más que a sus propias madres.

— “Ellos”, dices. Ellos no son todos los rusos.

— No, es verdad. Solo la raíz que quieres arrancar del árbol.

— La hierba mala, abuela, no intentes confundirme. La raíz es a la que sofocan —la buscó en la oscuridad, con voluntad cargada de desprecio— Nunca quisiste a mi padre, siempre lo supe; pero hace pocos años que lo entiendo.

— Tu padre era el pasado.

— Y yo el futuro… Quisiste convencerme de ello. Me llenaste las orejas de serpientes. Tenían razón los consejeros de papá, los pocos que realmente le eran leales…

— ¿Razón con qué? —preguntó Catalina con ira.

El Zar se rió.

— ¿Que una mujer no puede reinar… de eso piensas que hablo? No, abuela, no uses la ficha del género que nada tiene que ver con eso. Y si así lo piensas me subestimas demasiado o lo que es peor: confías muy poco en tus enseñanzas. Algunas cosas buenas aprendí de ti. No es porque seas una mujer, sino porque te han cegado las luces de occidente, como a todos los demás. Pero mi padre tenía los ojos bien abiertos. Su única desdicha fue ser tan generoso con quienes lo seguían como severo con los que no. Pero percibió el camino de decadencia que tú pavimentaste.

— Sabes que esta conversación es injusta conmigo: no tengo manera de ganarte.

— ¿Porque hablo conmigo mismo? Eso es solo un detalle, abuela. Te conozco como nadie y soy sincero con mis reflexiones. No es muy diferente a jugar una partida de ajedrez con uno mismo.

— Me acusas de traer decadencia, pero todos saben que traje más luz a Rusia que Pedro.

— Tanta luz que la encandilaste, abuela. Heriste de muerte al Imperio.

— Culparás mi sangre y mi educación ahora….

— No tanto la sustancia alemana como tu enseñanza francesa. Tu pasión por Voltaire…

Catalina emergió de las sombras, furibunda. Estaba solo a unos pasos del Zar.

— Hice todo lo necesario para prepararme, para ser digna del destino que impusieron sobre mí —le dijo, inclinándose amenazadora hacia Alejandro— Y también para prepararte para el tuyo.

El Zar sonrió.

— ¡Si estuvieras viva para ver cómo voy a destruir tu legado…

El rostro de Catalina se arrugó.

— ¿Lo harías? —preguntó, rogando lo contrario.

— Como un oso enloquecido defendiendo a sus cachorros. Te juro que limpiaré la corte, me desharé de todos los aduladores, los corruptos y los afrancesados. Continuaré el legado que le quitaron a Pablo Petróvich Románov.

— Tu padre… el que ayudaste a matar.

Alejandro se levantó de la silla, su cara estaba a centímetros del rostro de Catalina.

— ¡Oh, es que tu ponzoña fue demasiado efectiva para aquel joven Alejandro, te lo reconozco, abuela! Fuiste la Olimpia que nunca tuve. Me pusiste contra mi padre —dijo, dando unos pasos hacia su abuela.

Catalina retrocedió, asustada.

—... lo ridiculizaste —recordó Alejandro—, incluso en tus infames ‘Memorias’. Manipulaste a tus hijos y tus nietos para que sean peones en tus designios.

Catalina tropezó y cayó al suelo.

— Pero tu legado morirá contigo. Todo lo que tejiste será descosido. Continuaré el camino de mi padre, mejor que él.

Catalina lo miró un momento, deshecha, marchita. Luego se alejó arrastrándose hacia la oscuridad, cuidando de no darle la espalda a su nieto. Desapareció en las tinieblas del castillo.

Alejandro quitó las manos de su frente.

Se acercó a la ventana. Descorrió las cortinas para que entrara toda la luz. Dio un vistazo al lugar donde se había alejado su abuela: nada. Miró a través de la ventana. Buscó con la mirada hasta dar con un gran águila negra que encontró lejos, apostada en la cima de un árbol. La visión del animal lo relajó.

Se vistió, con un impecable uniforme negro, de adornos dorados, una gran medalla en el pecho, hombreras de flecos dorados y una banda blanca que lo cruzaba oblicuamente. Se acomodó el pelo, para desordenar los laureles y distribuir mejor el cabello en el centro de la cabeza, donde quedaría muy pronto inevitablemente calvo.

Golpearon la puerta. Alejó la vista del águila negra.



— Posiblemente sea la mejor policía del mundo —dijo Alejandro

Luego aspiró vapor de un aparato cilíndrico que tenía en su mano derecha. ‘V. Kabuzan’ podía leerse a lo largo del cilindro. Exhaló un vapor denso, ligeramente azulado. El ambiente se cargó de un sutil aroma a café mentolado.

— Posiblemente… —dijo el hombre de bigote canoso— pero es demasiado arriesgado usarla para el subterfugio que planea.

El Zar esbozó una sonrisa y suspiró, secretamente complacido: Boris acababa de pasar una prueba.

— Anhelaba que dijeras eso, de todo corazón.

Boris se reclinó en su asiento, súbita y fugazmente aterrado. Un hombre de su templanza y frialdad nunca se asustaba realmente o por mucho tiempo, pero cuando vio aparecer, detrás del alto sillón del Zar, la figura de una mujer emergiendo de las sombras, dio un imperceptible respingo, que solo Alejandro llegó a percibir. La mujer tenía largo pelo oscuro, y el ojo izquierdo muerto o cubierto de una inquietante nebulosa blanca. Pese a eso, emanaba una insondable belleza. Lo hermético de sus gestos era impresionante.

Boris odiaba las sorpresas. La mujer se sentó a su lado.

— Pienso lo mismo que usted, no podemos usar La Orel directamente —dijo Alejandro.

“Pero sí un pequeño grupo aislado, que funcione de la misma manera, y que vigile a los que vigilan”. Miembros clave, sospechados de corrupción, de patriotismo dudosos, debían ser vigilados, esclarecidos sus intereses. Incluso de La Orel. Nadie debía ser abiertamente perseguido. No iría a arrestar a gente a diestra y siniestra, como un Iván paranoico.

— No hace falta, además, Zar —acotó Boris—. Si nadie sabe si realmente es o no vigilado, se comportará siempre como si lo estuviese. Eso alcanza para averiguar las intenciones de cualquiera, sin necesidad de saber en detalle cuáles son esas intenciones.

El Zar miró a la mujer, Dinara Karlova.

— ¿Entiende cuál es su trabajo? — le preguntó el Zar.

— Sí, Zar. Reunir información, pruebas contra cualquiera que pueda estar conspirando o socavando el poder de usted…

— Pero nadie puede empezar a ser desaparecido o arrestado —sostuvo Boris— No podemos crear más enemigos. Hay opositores radicales y otros que no lo son tanto. No cometamos el error de juntarlos y tratarlos como si fueran lo mismo porque podrían llegar a creer que lo son.

— Y serían un problema mayor… —reflexionó el Zar— Muy bien, Boris.

Dinara asintió. La Ministra tenía una hermosa cabeza, en forma de huevo invertido, fuertes cejas y labios pintados de rojo. Mirada felina, en el único ojo vivo, de color almendrado. El uniforme gris, ceñido al cuerpo atlético, ocultaba todo, excepto el largo cuello rosado. El cabello, sujetado con algún adorno como un lazo pudiera apretar una cintura, se abría como un vestido.

— Nunca hemos tenido una misión tan importante como esta —dijo el Zar, mirando a ambos— Tenemos que salvar a Rusia de una catástrofe. Debemos desmantelar lo que el ‘emperador’ Pedro —enfatizó con ironía— y sus insidiosos consejeros occidentales le hicieron a Rusia. Marquen mis palabras: autocracia o anarquía. Si caemos en la anarquía, los burócratas, con sus discursos liberales y seductores, se van a devorar a Rusia. Muchas atrocidades se han hecho en nombre de la ‘libertad’, mi abuela Ekaterina es ejemplo de ello. Bien saben ustedes cómo se maquillaba con ‘libertad’, ‘igualdad’ y ‘fraternidad’ para los europeos de afuera, mientras aquí censuraba, perseguía y esclavizaba a los siervos como no se había hecho en mucho tiempo. Y el gran Pedro también hizo lo suyo, con sus infernales sueños de modernización…

Se detuvo. La voz había intensificado en volumen y desprecio desde que iniciara el discurso. Sus interlocutores, sin embargo, lejos de estar molestos lo miraban encendidos, tan apasionados con la idea como él mismo.

El Zar estiró las manos para tomar las de Dinara y Boris. Las manos se estrecharon con entusiasmo.



El Palacio de Invierno se erguía como una joya monumental de dos mil puertas y ventanas y más de mil quinientas habitaciones. Los barcos que alborotaban el río Nevá estaban embelesados con este gigante jade y marfil que medía lo mismo que seis jirafas apiladas y que le llevaría a un hombre tres minutos recorrer su fachada.

En uno de sus ventanales, una figura negra y dorada. Era Alejandro, que contemplaba con melancolía las barcazas, los esquifes y los banderines flameantes de las galeras; los caballos, cuyas exhalaciones se volvían líquido rápidamente, en la fría mañana. Levantó la cabeza, maravillado de la altura de los ventanales. En una esquina, advirtió una diminuta telaraña. Pensó: “En algunas de estas habitaciones, cortesanos y embajadores complotan contra el Imperio”.

Extrajo el aspirador, maravilla mecánica rusa que le ayudaba a relajarse y pensar. En su mano, el pequeño y barroco dispositivo le permitía, presionando un botón suavemente, quemar un buñuelo y aspirar el vapor que elevaba por una chimenea minúscula.

Otros dispositivos similares, traídos de Inglaterra, lucían más elegantes, más modernos, pero Alejandro no cambiaría su anticuado modelo VK, inventado por Viktor Kabuzan, por nada del mundo. Desconfiaba de los descubrimientos, de los avances. “Sin embargo —reflexionó— de no haber sido por Kepler, Napoleón seguiría invadiendo territorio ruso, matando soldados rusos, conquistando, sometiendo”. Exhaló. El vapor ocultó momentáneamente su cara en el reflejo del ventanal. Al disiparse, distinguió afuera, lejos, la figura de un niño que clamaba por su padre, demasiado ocupado tomando vodka con otro pescador. Eso lo hizo pensar en su ancestro, Pedro Románov, también abandonado en su niñez, negligencia que lo llevó a una juventud desatendida, embriagada por el libertinaje, fácilmente impresionable con las ‘maravillas’ de occidente. Y también se acordó de un pequeño niño rubio, con un monóculo rojo, observando tras una puerta entornada al padre enemistado, anegado tras un escritorio; iracundo con los que se le oponían; vengativo, distante. Ante las tácticas de la abuela, Pablo se había rendido; le fue imposible enfrentar a la madre que también era la Emperatriz.

No pudo evitar sentir lástima por su padre.

Y odio a su abuela.

“Cuando muera, el mundo será tuyo, Alejandro —le había dicho Ekaterina Alekséievna Románova— Tu padre es débil y anticuado. Tú eres el futuro. Harás de Rusia el faro del mundo”.

Recordó una broma de su padre, en un juego con máscaras y cartas de animales que los jugadores se pegaban en la frente. Solo se permitía dar pistas en forma de metáforas. Alejandro estaba en un salón de música. Su profesor estaba al piano, tocando unas piezas de Claude Debussy, algo que a Alejandro le parecía demasiado etéreo y tremendamente aburrido. Se levantó del almohadón donde estaba sentado. Las partituras de unos estudios para piano cayeron de sus rodillas. Con sigilo se fue de la clase, abrió las puertas y vio a su joven padre, sentado en una mesa redonda, con otros hombres y mujeres. Todos tenían extravagantes pelucas, que les conferían unas cabezas enormes y grotescas; y las caras empolvadas estaban ridículamente coloreadas en las mejillas. Su padre no tenía nada de eso y parecía estar jugando con desgano. Pero cuando fue su turno, sonrió, pareció avivarse. Su pareja de juego, que tenía que adivinar qué animal tenía sobre la frente, esperaba las pistas.

— Ekaterina… —dijo, entusiasmado.

Los demás parecieron incomodarse. Unos pocos se atrevieron a reír por lo bajo. El hombre que era su pareja de juego miró a los demás, percibió que algo no estaba bien.

— Perdón, para ustedes es Catalina… Una Catalina —repitió Pablo— ¡Vamos, es una Catalina! —dijo con entusiasmo exagerado, casi cruel.

Los demás pidieron que se detuviera. El hombre despegó la carta de su frente y la miró. Pablo estalló en risas. El pequeño Alejandro, aunque confundido, también lanzó una carcajada. Pablo se dio vuelta, y al ver a su hijo volvió a reírse, como queriendo contagiarlo. El otro hombre tiró la carta sobre la mesa, indignado. Pablo lanzó una de esas risas que son tan intensas como silenciosas y que ahogan. Padre e hijo se miraban y reían.

La carta tenía el dibujo de una serpiente.

Los suaves pasos de la Ministra de Inteligencia se entrometieron en el recuerdo.

Los rasgos fuertes de Dinara Karlova contrastaban con los de Alejandro, bosquejos en una tez blanca y de barba pelirroja.

— Ministra… Mis embajadores en Francia me aseguran que Napoleón esconde un secreto. No saben qué, por supuesto, pero notaron la presencia cada vez más asidua de un americano, un tal Dr. Oppenheimer. Encárguese de coordinar con los embajadores el plan a seguir. Quiero saber qué esconde Napoleón…

— Escondía, Zar —acotó Dinara.

El Zar suspiró con ironía. La presencia de Napoleón era tan poderosa que por momentos olvidaba que estaba muerto.

— El Emperador sigue proyectando su sombra —reconoció el Zar—. Averigua en qué trabaja Oppenheimer. El cargo de Director de Ciencias fue creado especialmente para él. Napoleón se traía algo.

— Como ordene, Zar… Creo que sería importante que de alguna manera esté presente en el Congreso de Viena.

El Zar negó con la cabeza.

— No servirías de nada allí. El ‘congreso’ se resolverá en banquetes, conmemoraciones, bailes. Viena es sólo para posar ante el dibujante.

Las principales potencias del mundo, a través de embajadores, duques, ministros, se reunirían formalmente en Viena, para repartirse Europa después de la muerte de Napoleón. Pero el verdadero Congreso se haría entre los mandatarios de esos grandes poderes y sus más fuertes diplomáticos, en reuniones informales.

“Nadie baila en los bailes —pensó el Zar—. Aunque seguro Talleyrand nos enseñará uno o dos pasos”. El Ministro de Asuntos Exteriores francés, haciendo gala de su reconocida destreza diplomática, había logrado un lugar en la mesa del Congreso, para asegurar que Francia no reciba una porción demasiado pequeña de la torta europea. Le sacarían el exceso de ropas con que Napoleón la había vestido, seguro; pero en este acicalamiento, Talleyrand prestaría mucha atención a que no dejen a Francia desnuda como un vagabundo en el invierno que se aproximaba. No había que humillar a Francia, pensaba Alejandro: era el principal aliado contra la ola de republicanismo y liberalismo que azotaba las monarquías agonizantes de Europa. Debía ser Francia; qué mejor que el resurgir de Luis XVIII, pensó Alejandro; qué mejor lugar para recuperar las fuerzas monárquicas que en el mismísimo reino que, a fuerza de guillotina y cantos marsellísticos, había puesto en jaque al continente, dejándolo a merced de los ‘intelectuales’, los ineptos y los advenedizos.

El Zar miró el ojo muerto de Dinara. Luego desvió la vista.

— ¿Usted es moscovita, no? —preguntó el Zar.

“¿No lo somos todos, imbécil?”, se contestó a sí mismo. Sintió que la cara le hervía de vergüenza.

Dinara vaciló en responder.

— Creo que el Zar quiere preguntar otra cosa….

Era verdad. Fue el turno de Alejandro en vacilar.

“Y si eres piadosa, no me obligarás a hacerlo”. El Zar estaba a punto de mirarse los zapatos cuando Dinara comenzó a hablar.

— No piense que me angustia o me avergüenza, Zar, quédese tranquilo.

El Zar miró el ojo muerto.

—... me lo hizo la anciana que se encargó de cuidarme, cuando murió mi madre —dijo Dinara—. Me hacía beber un poco de vodka y leer a Lomonósov. Un día me dijo que era demasiado bonita y que eso me traería muchos pesares; que debía tener algo que intimidara, que asustara a la gente, sobre todo a los hombres. Me ató a una silla, y con una cuchara me tiró un líquido en el ojo, que era frío y ardiente a la vez.

Hubo un silencio.

— Debiste odiarla terriblemente.

Dinara asintió varias veces.

— Lo hice. Y hasta llegué a imaginar maneras de matarla. Pero todas las cosas que pensaba no iban a devolverme el ojo. Con el tiempo descubrí, con rabia, que tenía razón.

El Zar parecía incrédulo.

— No. Solo te viste forzada a sacar lo mejor de un acto aberrante.

Le miró el armonioso rostro. Luego el ojo almendrado.

— Ahora eres tres veces más fuerte e intimidante que cualquier mujer.

— ¿Tres veces, mi Zar? —dijo Dinara, confundida.

— La belleza también puede ser intimidante.

Dinara quedó perpleja, ligeramente ruborizada. Miró al Zar en los ojos. Alejandro no se sintió tan intimidado como atraído.

— La ignorancia y la estupidez —dijo el Zar— nos pueden llevar a hacer cosas terribles. Puedes pensar que la anciana fue cruel contigo, y te pasarías la vida entera tratando de entender por qué hizo lo que hizo. También puedes pensar que fue obra del Señor, que es parte de un destino que transitas, lo que tampoco te dará mucho sosiego… O puedes contemplar la simple y mucho más satisfactoria verdad.

Dinara frunció el ceño. El Zar la tomó por los hombros y la miró en los ojos.

— La vieja era una idiota.

Una risa melodiosa y grave salió de Dinara. Tenía un timbre de contralto, límpido y sonoro.

— Sabia, quizás, pero sin una razón lúcida que la acompañara —acotó Alejandro.

La imagen de su abuela le vino en un relámpago: “Todo lo contrario a mi difunta abuela”, pensó.

El Zar sintió que sus manos se habían demorado demasiado en el cuerpo de Dinara.

— Bueno… eso será todo Ministra.

Dinara hizo una reverencia. Alejandro contestó la cortesía con una ligera inclinación de cabeza.



El Zar no pudo evitar golpear la mesa con el puño. No fue un golpe fuerte, pero lo suficiente para demostrar su enojo.

— ¡No se confunda, señor, está usted en Rusia, el faro de las monarquías! Por más que usted no lo vea aún.

“¿Lo ves, abuela? —reflexionó con ironía, el Zar— estoy cumpliendo tus designios”.

El hombre que recibía el desdén, un anciano de abundantes patillas, fruncía la cara, escandalizado.

— Pero Zar… ¡habla como si sus súbditos, como si todas las cosas en Rusia fueran propiedad suya!

“¡Y lo son, patilludo imberbe!”, pensó con deleite el Zar.

— Señor —dijo el Zar, retomando la calma— toda Rusia no es otra cosa que una habitación más del Palacio de Invierno. Yo decido el cortinado, qué muebles tiene, y quienes pueden entrar o no. Seguro que la metáfora lo perturba, pero un hombre de su inteligencia debe poder entenderla.

— Lo entiendo, Zar, pero me es imposible aceptarla.

— Con entenderla alcanza —retrucó el Zar, sonriente. El diplomático rio — Tolérela. Al menos mientras se hospeda en Rusia. Me ofende y me deprime cuando habla así de mi Imperio.

El hombre inspiró profundamente.

— Perdóneme, Zar, tiene razón. Queriendo con tanta vehemencia expresar mis ideas olvido lo sagradas que son para usted las suyas, tan difíciles de aceptar para mi persona. Lo menosprecié y lo lamento.

Richard Biesley, Earl de Castleburg, se acomodó en la silla. “Está pensando otra forma de decir lo mismo: pierde el tiempo, Biesley”, pensó el Zar.

— Señor, está buscando nuevas formas de atraparme en una red que está descosida: no funcionará —dijo Alejandro.

La ocurrencia hizo reír al diplomático. Biesley quería retomar tratativas comerciales entre el Imperio Británico y el Imperio Ruso, alguna clase de acuerdo bilateral. Pero, si ya eran peligrosas en tiempos de Catalina, lo eran aún más en ese momento, que una de las grandes potencias que podían oponerse al Reino Unido, quizás la única, había quedado fuera del juego de las guerras. Además, aspirar a conseguir un trato ventajoso con el mejor comerciante del mundo parecía una imbecilidad, pensaba Alejandro. Habría otras formas de solucionar los problemas económicos de Rusia. El incremento de la burocracia en tiempos de Catalina podía ser revertido, sabía el Zar. No quería volver más fuerte a la potencia mercantil más peligrosa del mundo.

— Señor… —intentó el diplomático— ¿cómo espera hacer frente a potencias más avanzadas que la suya? Tiene los ejércitos: bien. Gracias a su ilustrísima abuela, tiene salud en el Imperio, las maravillas de la vacuna, cultura: bien. Pero carece de la capacidad para generar riqueza de manera eficiente. Ahora que la locura de Napoleón ha quedado atrás, no cometamos nosotros la locura de no trabajar juntos. Inglaterra tiene la flota; usted, la capacidad de cargarla de bienes… ¿Qué nos impide trabajar juntos?

— La moderación, Richard. Usted es un buen hombre. Y, lo que es todavía más importante, un buen diplomático. Usted me pide que mire hacia el oeste, a los inquietos y luminosos talleres textiles que ahora visten al mundo… pero no me quiero quedar ciego, señor. Y usted hará bien en aconsejar moderación al Rey Jorge. Se hace rico, seguro… ¡pero cómo! Está generando un poder tremendo que crece sin cizaña alguna que lo debilite. Y créame, como la otra, la harina de esas semillas son veneno. Vaticino la defunción de la monarquía, europea, al menos como ustedes la conocen. Y, si persiste, será inválida, decrépita y rentada.

Richard frunció la boca, pero no pudo ensayar ninguna respuesta.

— Mire, la réplica no le sale fácil. Por algo será, piénselo. Alguna reflexión válida incitan mis observaciones.

— ¿Puedo hablarle con franqueza?

— Si no tiene más remedio…

— Es un desperdicio, Zar. Tanta inteligencia puesta en una causa tan… retrógrada.

— No confunda retroceder —dijo moviendo los dedos, imitando un minúsculo hombrecito caminando— con ‘retroceder’ —agregó tocándose la cabeza con el índice— Confíe en aquel que sabe dar un paso atrás, desandar un camino equivocado. Y con esto no estoy diciendo que esté errado. Pero tomo el sendero que han construido mis ancestros bajo mi responsabilidad. Si no hago algo para reparar sus equivocaciones, sus errores se convertirán en mis fracasos.

— ¿Volver atrás… ¿Cómo se le da la espalda a un futuro tan auspicioso?

— ¿Para quién, Richard? Ciertamente no para usted, déjeme advertirle. Pero menos para Rusia. El tiempo es un gran espesante del legado de los hombres… o un justo disolvente. Si estoy equivocado o no, ya lo sabrán nuestros fantasmas, en el futuro… pero no nosotros, aquí. Hoy, por lo menos. Venga… —dijo levantándose e invitándolo a hacer lo mismo— caminemos por los jardines. Seguro tiene más de esos retruécanos que tan famoso lo hicieron. Después iremos a ver la flota de Dirizhabli.

— ¿La Flota Aérea Negra? ¿Es verdad, entonces?

— Señor, ya sabe desde hace tiempo que lo es.

“Y si no lo sabía, la verá y le hablará de ella al Reino Unido y al mundo”.


 
 
 

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