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Capítulo III — Alejandro

Actualizado: 16 sept 2022

RUSIA

La mirada curiosa de Alejandro se filtró a través del velo de las cortinas. No estaba jugando a las escondidas, como cuando era niño. Ya tenía treinta y un años, y su amante, María Narýshkina, le había dicho que se esconda allí. Alejandro estaba semidesnudo, buscando entre la niebla de tela el cuerpo desnudo de su deseada Nary, que aparecería en cualquier momento. No tenía idea de qué podía demorar a la mujer, tan propensa a las bromas.

Oyó un ruido, seguido de la risa traviesa de Nary: algo había caído contra el suelo. Le azotó el pecho un recuerdo demasiado angustioso. Siete años habían pasado desde el incidente y nunca había vuelto a pensar en ello. De repente imaginó el maquinal ascenso por las escaleras de los generales Bennigsen y Yashvil, el estruendo de sus pisadas borrachas sobre los escalones, el horror de su padre, el emperador Pablo, escondido también detrás de unas cortinas.

Nadie custodiaba la puerta del emperador, por supuesto. La conspiración había sido organizada hacía meses. En ella habían participado alemanes, españoles, rusos y hasta ingleses. El momento había llegado. La noche había caído sobre el castillo y los conspiradores, envalentonados por el alcohol y con las panzas y los bolsillos llenos, irrumpieron en el dormitorio del emperador. Arrancaron la cortina y lo arrastraron hasta una mesa que tenía un papel y una pluma. Para concretar la abdicación hacía falta el garabato del emperador.

—¡Sobre la línea, imbécil, y vete con tus campesinos y tu servidumbre! —escupió con ira el general Yashvil, tratando de mantenerse en pie.

Bennigsen espetó un insulto en alemán; rondaba los sesenta años, canoso y calvo en la frente, tenía una irónica expresión en sus ojos azules. Vladimir Yashvil tenía por lo menos cuarenta y cinco años, un rostro chato, nariz ganchuda e insondables ojos oscuros. Un tercer hombre, Nicolás Zubov, de titánica estatura, patillas oscurecidas, y en actitud de mansa fiereza, observaba desde más atrás. El emperador Pablo se agitó, intentó deshacerse de los cuatro brazos que lo maniataban. Sus enormes ojos azules vibraban de furia y horror. La mesa tambaleó, y una tabaquera de oro rodó hacia una esquina; pero Zubov dio un salto y la atrapó antes de que cayera al suelo. Pablo, que aún no había visto a Zubov, se estremeció de rabia al verlo.

—Cómo no te hice matar ni bien regresaste a San Petersburgo... —dijo Pablo. Le corrían lágrimas de ira por la cara.

—Yelisaveta lo educó muy blando, majestad —contestó Zubov.

Yashvil y Bennigsen rieron, pero Zubov miró al suelo, como avergonzándose un poco de la risa de los otros generales.

—Cuando termine de rebelarse, firme el papel, majestad —dijo Bennigsen, casi riéndose—.

Zubov miró con desprecio a Bennigsen. Se puso frente a Pablo.

—Tiene que firmarlo... —ordenó Zubov.

—No firmaré esa porquería —interrumpió Pablo— Dios me encomendó Rusia. ¿Quién planeó esto? ¡Suéltenme! —dijo Pablo.

Zubov cruzó miradas con los generales.; Pablo quedó libre de sus manos.

—Todos —contestó Bennigsen.

—Usted fue el primero, majestad —dijo Zubov—. Enfrentándose a su madre, anulando sus decretos. La servidumbre es el suelo mismo sobre el que está erigida toda Rusia y usted quiere destruirlo.

Pablo miró en los ojos a Zubov.

—¿Eres tú, Nicolás, o tu hermano el que habla? No me venga a hablar a mí de lo que Rusia es o no es, general. Rusia necesita ocuparse de su propio suelo y desterrar la ambición de querer conquistar otros. Y me acusa de blando... ¿porque no quiero llevarme el mundo por delante? Mi madre organizó un complot que terminó asesinando a mi padre; me negó la corona lo más que pudo; nunca consideró la posibilidad de reinar junto conmigo; trató de poner a mi propio hijo, Alejandro, en mi contra y hacerlo zar de todas las rusias; en sus odiosas memorias, resulta que soy hijo de su amante, lo que me obligó a luchar para erradicar la idea de que era un bastardo. General, que quiere que le diga... estuve tanto tiempo ocupado luchando contra tantas cosas que me cuesta creer que no soy fuerte. Odié a mi madre, claro; y si no supiera que está muerta, juraría sobre la santísima Biblia que es Catalina la que está detrás de todo esto. Yo no soy blando y usted es un imbécil si piensa eso.

El insulto pareció encender a Zubov.

—¡Todas sus decisiones son por despecho contra su madre! —contestó Zubov—. ¡Ya cállese! Firme ese papel y vuelva a Gatchina si quiere.

—¿Contra mi madre? ¿Está seguro de lo que dice? ¿No había ella prometido sesenta mil rusos para detener a Napoleón? Yo mejoré esa promesa, entregué más de cien mil rusos a Austria y Gran Bretaña. Nadie odia a los franceses más que yo, general; y tengo bien claro que el enemigo del mundo es el Imperio Francés. Algunos imberbes me reprochan que me retiré de oriente... Rusia no tiene hambre de más territorio. Persia me importa la mitad de lo que me importan todas esas pústulas que son las repúblicas y las constituciones que lastiman a toda Europa. Zubov pareció dubitativo. Hurgó en su mente.

Alejandro también hurgó en la suya.

Alejandro Pavlovich tenía veintitrés años la noche que asaltaron el dormitorio de su padre. Estaba muy cerca, espiándolo todo, oyéndolo todo a través de la rendija de una puerta. Las cosas se habían precipitado de un modo que parecía imposible de detener. Alejandro sintió que se había equivocado. Había dado su consentimiento para derrocar a su propio padre. ¿Cómo no iba a hacerlo? Primero: lo detestaba aún más que a su abuela; para él, ambos estaban "borrachos de autocracia"; segundo, el Conde Von der Pahlen le había mostrado una orden firmada por el Emperador para arrestarlo a él, Alejandro Pavlovich, su propio hijo y heredero al trono. No hacía falta mucho más. Y, sin embargo, Alejandro sintió que se había equivocado. Porque pensó que su padre firmaría el documento y todo esto sería más fácil. Pero en ese momento no estaba tan seguro...

Zubov le ofreció una pluma entintada al emperador.

—Nunca firmaré esa porquería —dijo Pablo.

—Morirá aquí esta noche si no lo hace —contestó Zubov.

La amenaza no afectó al emperador. Alejandro escuchó el latido de su propio corazón, desbocado.

—Yo no hago todas las cosas que me dicen —respondió Pablo—. Soy un Zar. ¡Ja, los infames hermanos Zubov! Usted, general, sí tiene que hacer lo que le ordenó su hermano... su hermano y esa puta que tiene por hermana.

La mirada de Zubov se aceró. Yashvil cruzó miradas estupefactas con Bennigsen. Alejandro sintió que debía detener lo que fuera que estaba por pasar, pero ya era tarde. Zubov pareció imbuido de una cólera repentina. Apretó fuerte la tabaquera de oro y golpeó la cabeza del emperador con ella. Pablo cayó al suelo. Yashvil le pisó uno de los brazos. Zubov se abalanzó sobre el emperador. El joven Alejandro se quedó perplejo. Vio las manos de Zubov apretar el cuello de su padre, y luego las manos de Bennigsen, que también se hicieron un lugar para ahorcar al emperador. Pero no pudo ver más. No pudo quedarse a mirar cómo le arrancaban la vida al emperador. Cerró la puerta. Le llegaron ruidos sordos, insultos y golpes furiosos contra el suelo. Estaban asesinando a su padre y eso lo estremeció como nunca antes nada lo había estremecido.

Corrió la cortina: ya no podía seguir jugando con Nary.

Se acercó a la cama, con una ponzoña de angustia que le oprimía el estómago. Hundió el rostro en el acolchado. Seguía escuchando como ahorcaban a su padre.

Pablo dejó de resistirse. Hubo un largo silencio. En el aire había quedado una neblina de aserrín y muerte. Alejandro estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la puerta. Caviló si el último pensamiento de su padre habría sido contra él, incriminatorio; o si habría pensado en la abuela Catalina, la reina, la madre indiferente que nunca lo quiso. Imaginó la tabaquera manchada de sangre. Escuchó que alguien se acercaba. Abrieron la puerta. Era Zubov. Con violencia, el general lo zamarreó de los hombros, incorporándolo. Le dijo, empujándolo fuera de la habitación:

—¡Hoy has crecido de repente! ¡Ve y gobierna!

No pudo hacer el amor con Nary. La angustia dio paso a la revisión de otras angustias; pero de súbito, una mirada al rostro de Nary le evaporó los pesares. Recordó lo que había dicho Filipp Vigel, su ministro del exterior, sobre María Narýshkina: "su belleza es tan perfecta que parece imposible". Cuando Nary lo vio sonreír preguntó, para distraerlo de sus pensamientos:

—¿Cómo es Napoleón?

La pregunta espabiló a Alejandro.

—¿Nunca te conté de Tilsit? —dijo, dubitativo.

Nary negó con la cabeza. A Alejandro le hubiera gustado asistir a la firma del Tratado de Tilsit con Nary en lugar de su esposa, pero hubiera dañado su reputación. Alejandro apoyó la espalda contra la cama y hurgó en su memoria, mientras miraba el techo. Recordó la pérgola improvisada sobre una balsa, especialmente construida para la reunión con Napoleón; el sereno río Niemen; la embarcación sobre la que se hizo esperar al rey de Prusia, Federico Guillermo.

Nary se puso de costado, apoyando su rostro de porcelana y de mejillas rosadas sobre un puño.

—Firmar un tratado que no gustará a nadie —dijo Alejandro—... pocas cosas son más difíciles. —Creo que más difícil hubiera sido que no lo hagas. Es un poco de tinta en un papel que impide que Napoleón cruce el río e invada Rusia. No veo nada difícil en firmar eso —respondió Nary.

Alejandro miró a Nary como se miran las cosas que se admiran.

—¡Mi consejera! —dijo, y le dio un beso—. ¿Cómo es Napoleón?... difícil —dijo Alejandro—. Su inteligencia y eficacia me irritan. No sabes lo que es la sensación de tener que firmar un tratado de paz auspiciado por un hombre así. Napoleón está loco... gracias a La Harpe, por ese esclarecimiento...—dijo Alejandro, juntando las manos en rezo y mirando al cielo. Recordó el rostro amable del político suizo que le había mostrado los verdaderos colores de Napoleón Bonaparte—. Tendríamos que haber vencido en Friedland, maldito Bennigsen.

La Batalla de Friedland, notable victoria de Napoleón que determinó el cese de hostilidades entre Francia y Rusia. Alejandro recordó la pintura de Horace Vernet, que tuvo el placer de admirar: un Napoleón más apuesto de lo que era —como solía exagerarlo Vernet—, en su caballo blanco, irradiando colores cálidos, dando órdenes, señalando el camino. Luego pensó en el frío tendal de cadáveres rusos: más de cuarenta mil soldados del Imperio perdieron la vida en esa guerra. Muchos murieron ahogados en el río.

—Pero perdimos —dijo Nary, rozando una de sus patillas con el dedo.

—Todos perdimos. El mundo entero perdió. Parece que ya no hay poder alguno que pueda impedir la dominación de Napoleón en Europa Central. Recuerdo la cara del pobre Federico Guillermo... Prusia perdió tanto ese día ¡Y la bellísima Luisa! ¡Cómo olvidarla también! Napoleón quitó los ojos de la esposa de Federico sólo para firmar el tratado.

—¿Sólo Napoleón? —añadió Nary, fingiendo celos.

—Sólo Napoleón: yo no le quité nunca los ojos de encima... —añadió Alejandro y rio.

Nary lo golpeó en el pecho, entre celosa y burlona. Alejandro estaba absorto y no pudo defenderse del golpe.

—Ese día, o el posterior, no recuerdo... —dijo Alejandro—, Napoleón me contó su plan Prácticamente dividir el mundo en dos. "Francia y Rusia... juntos podemos dominar el mundo", dijo. Ya lo había decidido todo. Y su idea de conquistar India... —Alejandro suspiró—. ¡Cuánta inteligencia y genio militar en un hombre tan pequeño! No voy a mentirte, Nary. Quedé muy impresionado con Napoleón ese día.

—Oiga, su Serenidad, ¡no olvide sus responsabilidades! —le dijo Nary. Alejandro la miró confundido—. No alabe demasiado a sus enemigos o terminará pareciéndose a ellos.

Alejandro negó con la cabeza, como si fuera imposible que eso pase.

—Gustavo Adolfo lo ve como el mismísimo Diablo... quizás lo sea, aún no estoy seguro. Dentro de poco será un año ya que estamos en guerra contra Gran Bretaña. Y ahora con Suecia también... todo por la ambición de un solo hombre, ¿te das cuenta? En eso mi padre sí tenía razón. Y sea lo que sea que ocurra Napoleón sale ganando con todo esto. Tengo una sensación oscura en las tripas sobre lo que vendrá. El mundo podría llegar a su fin; algo que parecía inconcebible está ocurriendo. Hay que detener estas guerras como sea. Y una vez que lo hayamos hecho, una confederación de naciones tiene que asegurarse que algo así no vuelva a ocurrir jamás.

—Tienes una oportunidad más en octubre —dijo Nary.

—¿Para qué? —preguntó Alejandro.

—Para decidir qué hacer con Napoleón.

Tenía razón. Porque Napoleón seguro ya había decidido qué quería hacer con él. Alejandro no veía muchas salidas tampoco; sabía que, en el Congreso de Erfurt al cual estaba invitado, la intención de Napoleón era reafirmar el rol del Imperio Ruso en el Bloqueo Continental que agobiaba a Gran Bretaña. Alejandro se sentía preparado para resistir todos los intentos de seducción que fuera a hacer Napoleón; pero sabía que en última instancia debería ceder. "Diré que sí a todo. Luego veré que hago", pensó.

—Deberías llevar a Mikhail contigo —dijo Nary.

—Es verdad, pero no hace falta decirlo. Elizabeth me dijo lo mismo —contestó Alejandro.

Nombrar a su esposa frente a Nary no es algo que hacía seguido. Observó a Nary para saber si había sido un error: no pudo saberlo. Seguro que llevaría a su consejero más hábil, Mikhail Speransky. Algo le molestaba de Speransky, sin embargo: a su lado, Alejandro a veces se sentía pequeño. Pero era una carta demasiado buena para no jugarla en el Congreso. Quién sabe: si Mikhail lograba impresionar a Napoleón...

Nary se levantó de la cama.

—¿Dónde vas? —preguntó Alejandro.

—Eso no le incumbe, su Serenidad —dijo Nary y salió de la habitación.

Una brisa movió las cortinas. Alejandro volvió de inmediato a la habitación de hacía siete años. Después de que mataran a su padre, Alejandro no castigó a los asesinos. Y a nadie le importó eso. Hecho que le dio más asco que haber conspirado para deshacerse de su padre. Pablo tenía razón: la nobleza rusa estaba podrida. Zubov le había dicho a Alejandro "¡Ve y gobierna!" y lo había echado de la habitación, transformándolo en ese mismísimo momento en el Zar de todas las rusias. Alejandro volvió sobre sus pasos y abrió la puerta. Los tres generales que estaban mirando el cadáver de Pablo se dieron vuelta.

—Busca al doctor Wylie —le dijo Alejandro a Zubov.

Alejandro se acercó al cadáver de su padre. La sombra ciclópea de Zubov lo cubrió por un momento. Los otros generales se hicieron a un lado. Zubov se acercó a la mesa, tomó un trapo y se limpió la sangre que tenía en las manos.

Los pelos le tapaban el rostro a Pablo. Alejandro hizo un ademán para correrlos, pero se arrepintió. Tomó la tabaquera de oro y la apretó con fuerza. Zubov le daba la espalda. Decidido, se abalanzó sobre él y lo golpeó en la cabeza. El coloso general tambaleó y cayó sobre una de sus rodillas. Bennigsen y Yashvil se quedaron perplejos.

—Su labor esta noche ha terminado, general —le dijo Alejandro a Zubov—. Pídale también a Wylie que le vea esa herida en la cabeza.

El reinado de Pablo I acabó aquella noche en el castillo Mijáilovski.

Causa oficial de la muerte: apoplejía.


 
 
 

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