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Capítulo IV — Grigor

Actualizado: 16 sept 2022


—¡Grigor! ... ¿no es suficiente ya? —gritó el joven Yevgeny.

"Es suficiente", pensó Grigor. Calculó que su hermano ya había cubierto una distancia de novecientos metros. El joven Yevgeny, un niño vivaz de unos doce años, cargaba con un bastidor en dirección a los lindes de un lago ancho, tembloroso con el reflejo verde de los pinos siberianos y los azules de las montañas Urales. El sol radiante engalanaba de colores todo el paisaje. El bastidor estaba tapado con una tela.

—¡Ya está bien! ¡Destápalo y regresa! —gritó Grigor.

Luego extendió su mano derecha y la observó: firme, como si fuera de cera; como si no tuviera conexión alguna con el resto de su cuerpo que vibraba de emoción. Siempre había sido así, desde las primeras aventuras con su abuelo y su hermano; el miedo podía atenazarlo, el frío podía hacerle temblar todo el cuerpo, excepto su mano. Inspiró profundamente. Imágenes fugaces de su abuelo y de su hermano mayor le llegaron de súbito; olores a piel de lobo, resina, tripa tensada, carbón, ciervo. Levantó la vista.

De un solo gesto brusco, Yevgeny destapó el bastidor.

***

Un ruido metálico y una exhalación vaporosa quebraron la armonía de la brisa y el canto de los pájaros que Grigor estaba disfrutando en ese momento. Los párpados cargados, los ojos celestes como esquirlas de cielo, los labios carnosos, la cara redonda y desprovista de arrugas: el rostro de Grigor delataba ancestros vikingos; hombres de Escandinavia preparados para la aventura y los climas hostiles. Se dio vuelta para mirar el camino. Escoltado por soldados a caballos, un extraño vehículo se acercaba a la casa. Tenía ruedas metálicas y una torre alta que escupía humo. Arrastraba un carruaje moderno. Los soldados cargaban los estandartes de Austria. Grigor abandonó el tronco sobre el que estaba sentado y caminó hacia el frente de la casa, para ver más de cerca aquella abominable maravilla mecánica. Su hermano Yevgeny vino corriendo: estaba alucinado.

—¡Es un elefante de vapor! —dijo Yevgeny, mientras se acomodaba los anteojos.

A Yevgeny la sonrisa se le salía de la cara. Grigor trató de fingir un poco de emoción, para no arruinar la alegría de su hermano. El artefacto de vapor inventado por los ingleses, y todo lo que simbolizaba, le producía desagrado; y lo asombraba mucho menos que la visita de la nobleza austríaca, inédita hasta ese momento. Un joven alto y muy elegante, vestido de blanco y rojo, bajó del carruaje. Se quedó a un costado, manteniendo la puerta del carruaje abierta. Descendió una joven de brillantes bucles oscuros. Tenía un rostro infantil, de enormes y amables ojos negros; pero Grigor sintió que no era la jovencita que aparentaba, y hasta intuyó que tenía más edad que el joven que la acompañaba. Percibió en la mujer un aura de audacia, de indómita voracidad o ambición. La ropa era ajustada y el escote exhibía más de lo que había visto en otras mujeres. Grigor vio a su padre y a su madre salir a recibir a los visitantes. La mujer se demoró. El hombre, escoltado por varios soldados inexpresivos, atravesó el jardín en dirección a Grigor. La presencia intimidante de la nobleza y los soldados turbó a Grigor. Atolondradamente se pasó las manos por el pantalón, rogando que no estuvieran demasiado sucias. Cuando lo tuvo cerca, se dio cuenta que aquel joven, que tenía quizás cuatro o cinco años menos que él, era de la nobleza austríaca y, a juzgar por algunas condecoraciones que brillaban en el pecho, también miembro del ejército. Grigor agachó la cabeza.

—Su majestad...

No pudo completar la frase. "¿Quién es?", pensó Grigor, abochornado. "Qué vergüenza...".

El joven se sacó el guante blanco que le cubría la mano. Eso sorprendió a Grigor.

—No sabe quién soy, pero yo sí sé quién usted, suboficial. Eso no debe avergonzarlo; al contrario, debería estar orgulloso.

La vergüenza arreció. Grigor sintió la cara encendida. El joven le estrechó la mano.

—Alfred Windish-Grätz. La joven —dijo señalando a la mujer que aún se demoraba en la entrada— es la Duquesa de Sagan, la princesa Guillermina von Sagan.

—Perdone, señor, mi ignorancia. Su visita es muy bienvenida, por supuesto —dijo Grigor.

—Usted perdónenos. No fue culpa mía, fue idea de la Duquesa —dijo Alfred.

Grigor asintió con la cabeza. Alfred se quedó mirándolo un momento. Grigor sintió que lo estaban evaluando. Se dio cuenta que no tenía ninguna silla para ofrecerle a Alfred.

—Discúlpeme, señor. Iré a buscar una silla —dijo Grigor.

—Olvídelo.

Alfred le pasó el guante a un tocón mugriento y se sentó allí. Dio un vistazo a la casa y demoró la vista en unas pieles de zorro que estaban oreándose sobre una soga.

—Quiero mostrarle algo, suboficial... —dijo Alfred y metió su mano dentro del saco. Sacó una carta—. ¿Qué piensa que significa esto? —preguntó, dándosela.

Grigor, azorado, tomó el papel. Lo arrobó una exquisita fragancia de agua de rosas. Quería acercar el papel a su nariz y percibir el aroma con más intensidad, pero juzgó que sería inapropiado hacerlo. Frunció el ceño, confundido: la luz translúcida reveló líneas negras y geométricas en lugar de la esperada grafía que suelen tener las cartas. Abrió el papel para esclarecer el misterio. La confusión dio lugar al asombro: el dibujo de una araña con una tela pentagonal ocupaba toda la hoja. Al final de la carta, una sola letra como firma: "G".

Este misterio no le gustaba. De pronto sintió ganas de volver a ser un empleado en Vladivostok.

—¿Significa algo para ti? —dijo Alfred.

Grigor no tenía idea.

—Esta mujer... —dijo Alfred, suspirando.

Guillermina llegó donde estaban los hombres. Los padres de Grigor permanecieron a un costado. Grigor se incorporó.

—Señora duquesa... —dijo Alfred con aire irónico— ¿Podría explicarnos qué estamos haciendo aquí y qué significa esto? —preguntó, agitando la carta.

—Primero déjame saludar al suboficial —dijo Guillermina.

Guillermina extendió la mano. Grigor hizo una reverencia y la besó: la piel de Guillermina olía como sus cartas.

—Ya vuelvo con unas sillas —dijo el padre de Grigor.

—No se moleste por mi —dijo Guillermina.

La duquesa se acercó donde estaba Alfred y se sentó en sus rodillas. Los padres de Grigor cruzaron miradas furtivas. Alfred sonrió ligeramente incomodado. "¿No crees que sería mejor que te sientes en una silla?" escuchó Grigor que Alfred dijo en voz baja.

—No estaremos mucho tiempo aquí, querido —dijo Guillermina—. Suboficial, disculpe esta visita inesperada. Entiendo que usted planeaba disfrutar de unos días fuera de la Escuela Militar, con su familia, en el campo, lejos de todas las obligaciones. Hemos venido a arruinar todo eso, discúlpenos.

—La duquesa habla en plural; pero le aseguro que no cargo con ninguna vela en este entierro, suboficial —dijo Alfred.

—Suboficial... —dijo Guillermina— Si Napoleón invadiera Rusia, ¿piensa que Alejandro tendría alguna chance de frenarlo?

Grigor miró en los ojos a Guillermina. No le gustaba que lo llamen suboficial, siempre prefirió que lo llamen por su nombre; y tampoco le gustaba demasiado que una princesa austríaca desconfiara de las habilidades del emperador ruso.

—Pienso que toda rusia se levantaría contra el enemigo de Dios y de Europa —dijo Grigor.

Alfred asintió con la cabeza.

—Y piensa que venceríamos... —insistió Guillermina.

Grigor miró a sus padres, a su hermano Yevgeny. Los imaginó corroídos por la Fiebre del Vapor; descoloridos; mutilados.

—Tengo que pensar que sí, señora —contesto Grigor con cierta amargura.

—Quizás —contestó Guillermina—. A un gran costo, seguro. Napoleón amasará el ejército más grande que Europa haya visto y con él arrollará el mundo entero. En unos meses tratará con todas sus fuerzas de seducir a Alejandro en el Congreso de Erfurt. Y luego de que tenga al zar de su lado, irá a la guerra contra nuestra amada Austria, se lo puedo asegurar. Pero qué me diría si le digo que usted, suboficial... usted es quizás el único hombre que puede evitar que todo esto pase. Y lo que tiene que hacer para detener a Napoleón es tan fácil para usted como respirar o caminar. Sólo necesita algo más, algo que nadie más tiene, pero que yo puedo obsequiarle. Bueno... no yo realmente.

Toda la audiencia estaba cautiva de las palabras de la duquesa.

—Hoy tiene una cita con el futuro, suboficial —dijo Guillermina.

La duquesa se levantó. Miró a Yevgeny.

—Niño... —dijo la duquesa—. ¿Te gusta el elefante de vapor?

Yevgeny asintió varias veces con la cabeza.

—¡Sí, señora duquesa! —dijo Yevgeny.

—Ve y dile al chofer que lo encienda, que ya nos vamos —dijo Guillermina.

Yevgeny salió corriendo. La Duquesa miró a Grigor.

—¿Le gusta la astronomía, suboficial? —preguntó Guillermina.


Grigor quería bajarse cuanto antes. El bendito elefante de vapor podía ser un invento genial para los demás, pero para él sólo consistía en una aberración ruidosa y que expelía estertores tóxicos al cielo. Sólo esperaba que la residencia donde los esperaba ese tal Johannes Kepler no quedara demasiado lejos.

—No está disfrutando del viaje —dijo la duquesa.

—Lo entiendo, suboficial —dijo Alfred—. Yo también prefiero el dulce claqueo de los caballos en lugar de esta cacofonía metálica.

—Los engranajes y el vapor serán el futuro. Ya son el presente —dijo la duquesa mirando a Alfred.

Grigor aprovechó la distracción de la duquesa para deslizar una vez más su mirada por el escote. No lo hizo por ordinaria lascivia. Le llamaba la atención el intrincado relicario que adornaba el cuello níveo de Guillermina. El objeto en forma de corazón era opaco, plateado y sus puertas eran dos alas. Guillermina lo miró en los ojos. Grigor eludió la mirada llevándola fuera del carruaje. La duquesa sonrió.

—Entonces... —dijo Alfred—. ¿Cree ser capaz de llevar a cabo la empresa?

Grigor suspiró.

—El suboficial no confía tanto en la ciencia como en sí mismo —dijo la duquesa.

—Si solo dependiera de mí... —dijo Grigor.

—Funcionará —interrumpió Guillermina— Ya lo verá.

El elefante de vapor se detuvo. Johannes Kepler estaba en la puerta de la casa, esperando. Grigor se encontró con un científico de cara ruda, ojos separados, barba prominente y mirada melancólica. Por un momento, Grigor se sintió completamente apartado. Guillermina, Alfred y Kepler hablaban como si fueran grandes amigos; se reían, se completaban las frases, se tuteaban con soltura. Se mantuvo más apartado, contemplando el jardín de la casona.

—Mariscal... —dijo Kepler— ¿Cómo fue viajar en ese artefacto demoníaco?

—Qué quiere que le diga, Maestro. Es más lento que los caballos y hace más ruido. No le veo mucho futuro... —dijo Alfred.

—Ya se perfeccionará —dijo Guillermina— Todo sea por librar a los caballos del aciago destino de las guerras y la esclavitud.

Grigor no había pensado en eso. Sintió que era un buen argumento. Pero claro: dicho por una diplomática muy hábil.

—¿Puede decirme ya mismo que es esto? —preguntó Alfred.

Kepler rio al ver el dibujo de la araña.

—¿No le ha dicho nada, señora? —le preguntó Kepler a la duquesa.

—Hay que hacer sufrir a los hombres para tenerlos donde quieres —dijo Guillermina mostrando un puño cerrado—. Además... placer que se dilata se saborea dos veces.

Alfred y Kepler rieron. Grigor esbozó una sonrisa. Sintió que Guillermina era todo menos aburrida. No se parecía a ninguna de las mujeres que había conocido.

—Bueno pasen. Estos son asuntos que no conviene dilatar —dijo Kepler.


Grigor y Alfred estaban en silencio. No sacaban los ojos de un objeto que Guillermina tenía en sus manos, cubierto con una tela. Johannes le hacía el juego a Guillermina, quien se había encargado de crear el aura de suspenso.

Finalmente, el científico levantó la tela: ante los ojos de Grigor apareció algo similar a un telescopio. No era un telescopio; tampoco conocía mucho de telescopios, pero había visto algunos y este objeto, aunque con algunas similitudes, no se parecía a ninguno de ellos.

—La historia es así —dijo Kepler mirando a Grigor—. Rara vez lo hago, pero cierta noche, hace algunos meses ya, dejé uno de mis telescopios abierto.

—Gracias a Dios lo hiciste —dijo Guillermina.

—Ja, ja... así es duquesa. Durante la noche, el objeto fue colonizado por una araña. ¿Y qué tejen las arañas? Telas. La mañana siguiente, descubrí la tela y, al mirar a través del telescopio, encontré que la tela estaba en foco, así como también otros objetos que estaban más lejos. Verá... para nosotros los astrónomos, la vida realmente gira alrededor del sol, quiero decir: dedicamos toda nuestra vida al sol, a la luna, a los planetas... una de las cosas que más hacemos es medir el diámetro angular de estos cuerpos. Con la feliz intromisión de la tela de araña, entendí que podía utilizarla como guía para apuntar mejor el telescopio y hacer mediciones más exactas, mucho más exactas... con una exactitud sin precedentes. He perfeccionado los arreglos de las lentes y he logrado construir un telescopio nuevo para mis experimentos. Pero también, con la ayuda de un científico alemán, hemos construido una mira telescópica manual y portátil. En mi campo, la astronomía, una mira telescópica como la que hemos diseñado no es tan útil; pero en su campo, suboficial... puede ser utilizado para dar en el blanco desde distancias que, estoy seguro, usted nunca, hasta ahora, había pensado que eran posibles...

Grigor se estremeció. Una sensación eléctrica le ajustó la columna. De pronto se dio cuenta que aquellas partes que tenía el objeto y que lo confundían, podrían servir para montar la mira en un fusil. Alfred también estaba anonadado.

—Usted es, me aseguran, —dijo Kepler— un tirador entre un millón. Su nivel de precisión no tiene comparación alguna. Con esta mira, sumado a su maravillosa precisión con el fusil, le aseguro que no tendrá problemas en acertar un blanco a ochocientas yardas de distancia. La duquesa Guillermina cree que...

—¿Lo entiende, suboficial? —interrumpió Guillermina, entusiasmada—. Napoleón asiste a todas sus batallas, le gusta estar en el campo de guerra. Si usted es el legendario tirador que dicen que es, entonces Austria, Rusia... toda Europa tiene una chance.

Grigor miró el telescopio. Su cuerpo se estremecía. Tuvo ganas de estirar su mano, para verla firme.

—Suboficial... —dijo Kepler.

Cada vez que Grigor escuchaba esa palabra, se le producía un nudo en el estómago.

—Eminencia —interrumpió Grigor—. Por favor llámeme por mi nombre. Sólo mis soldados me dicen suboficial.

—Encantado, señor —dijo Kepler—, pero aún no me lo han dicho.

Guillermina se tomó la cabeza, avergonzada.

—Zaytsev, señor —dijo Grigor—, Vasili Grigoryevich Zaytsev.

Sólo su pequeño hermano Yevgeny lo llamaba Grigor. Para el resto era Vasili Zaytsev.

—Vasili —dijo Kepler— ¿Se da cuenta? Un solo disparo suyo podría acabar con todas las guerras.

Grigor se sintió sofocado en esa habitación. Necesitaba el aire. Necesitaba salir afuera...

Necesitaba montar la mira en su fusil.

***

De un solo gesto brusco, Yevgeny destapó el bastidor.

Vasili Zaytsev montó la mira telescópica en su fusil ruso, Mosin-Nagant. Lentamente se recostó. Ya sabía que la mira resistía la fuerza de reculada, que su vista estaría a salvo. No había más nada que hacer que probarla. La parte dura y tangible de los preparativos para la prueba definitiva ya estaba resuelta. Montó la mira en el fusil. La Araña —nombre secreto que tenía la mira—, era, probablemente, la única mira telescópica del mundo. Acercó el ojo a La Araña y miró a través de ella. La imagen del bastidor que sostenía un cuadro de Napoleón se hizo visible, con increíble nitidez. Movió la cruz de la mira hasta apuntar a la frente de Napoleón. Dio un vistazo al costado, para ver a los espectadores. Parados, con las manos sobre la frente para cubrirse del sol, Kepler y Alfred miraban en dirección al cuadro.

Pero no Guillermina. Seria, casi sin pestañear, Guillermina tenía la vista clavada en Vasili Zaytsev. Cruzó miradas con la duquesa y sintió que el pecho se le cargaba de emoción.

Apartó la vista y volvió a mirar a través de La Araña. "Mosin y La Araña", pensó y suspiró de emoción. El canto de los pájaros, el siseo de los árboles, la brisa en sus oídos... todos esos sonidos se alejaron. Volvió a recordar a su abuelo y a su hermano mayor; al primer lobo que cazó de un solo disparo, cuando tenía doce años. Se vio a sí mismo, de niño. El niño lo miró en los ojos.

Vasili Zaytsev inspiró profundamente. Contuvo la respiración.

Apretó el gatillo.


 
 
 

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