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Capítulo IX — Alejandro (II)

Actualizado: 16 sept 2022


Alejandro notó que el Palacio de Invierno tenía anonadado a Clausewitz. Impresionado con las columnas, pilastras y chimeneas de malaquita, el joven militar prusiano todavía no dejaba de estar emocionado con la maravillosa ermita rusa, repleta de obras de arte, resplandeciente de oro, mármol blanco y tapicerías coloradas.

—Más tarde puedo enseñarle la Domik Petra, la modesta cabaña de Pedro, el Grande —dijo Alejandro, para captar la atención de Clausewitz.

El prusiano alejó la vista de una pintura con motivos bélicos y miró al emperador.

—Estaría encantado, Zar.

Los dos hombres eran muy distintos. Alejandro era fornido, de cara redonda, patillas y pelo rubio, que adornaban como laureles la cabeza, calva en la frente y la coronilla. Carl von Clausewitz era esbelto, pelo castaño, pómulos fuertes y labios pequeños. Ambos tenían ojos azules, siendo los del prusiano más francos y grandes. El uniforme negro, surcado con finas líneas rojas, cerrado hasta el cuello y con botones dorados, brillantes, dotaba de un aura impresionante al Zar.

Alejandro estaba cerca de una ventana, las manos apoyadas en una baranda lustrosa. Su atención iba y venía con una mancha negra que surcaba el cielo, lejos, probablemente un águila. Clausewitz estaba sentado en una silla de tapizado rojo

—Usted estuvo en la batalla de Jena, ¿verdad? —preguntó Alejandro. Clausewitz asintió gravemente—. Gran victoria de Napoleón.

—Sí... aunque es justo decir que parte de esa victoria se debió a nuestra propia debilidad organizativa... ¿tienen ustedes dos Jefes de Personal?

—¿Dos? —preguntó Alejandro— ¿Por qué querríamos dos jefes?

Clausewitz rio.

—Nosotros teníamos tres. Las órdenes tardaban semanas en llevarse a cabo. Nadie sabía muy bien quién estaba al mando. Y a eso hay que agregarle comandantes de sesenta años. Brunswick ya pasando los setenta... habíamos perdido antes de comenzar. El Grand Armée...

Alejandro vio ira en la cara de Clausewitz.

—Lo llevan en la sangre, ¿no?... —dijo misteriosamente, Alejandro.

Clausewitz se sorprendió.

—¿A qué se refiere, Zar? —preguntó el prusiano, confundido.

—Un ejército conformado por un populacho insidioso aniquila a los orgullosos bálticos del Reino de Prusia —dijo Alejandro. La molestia de Clausewitz arreció. —Hablo de la ira, comandante. Pero... ¿contra quién? ¿No miraban con ojos amables los ideales de la revolución, los señores ricos de Prusia? Dicen que la odian, seguro. Toda Europa dice lo mismo...

Alejandro tomó una tabaquera de oro que estaba cerca de un escritorio, la misma que hace años rompió el cráneo de su padre. Se miró en el reflejo dorado y deformado. Le pasó el dedo a su cara reflejada.

—Mienten... —dijo el Zar— La monarquía es la esposa; pero la revolución es la amante. Le vuelvo a preguntar... ¿ira contra quién? ¿No quiere Napoleón lo mismo que nosotros? Puede enconderse bajo reformas todo lo que quiera, pero ya está bien claro lo que es. ¿No fue Napoleón quién desmanteló el Directorio y encarceló a todos los diputados? ¿No fue Napoleón quién pisoteó los mismísimos ideales de revolución que lo transformaron en héroe? Le digo, comandante... hay días que no sé por qué me resisto tanto a Bonaparte.

—Pero Napoleón es el enemigo, majestad —dijo Clausewitz.

Alejandro miró con desprecio a Clausewitz.

—Usted piensa que soy un imbécil, ¿verdad? Rusia para ustedes es una tierra misteriosa, retrasada, imberbe —Alejandro apretó la tabaquera de oro. Se acercó a Clausewitz.

El prusiano parecía descolocado... y algo temeroso.

—No sé de qué habla, zar —dijo Clausewitz. Miró a un guardia que estaba sobre la puerta.

—Napoleón es el enemigo, seguro, pero no el único. ¿Qué me dice de Gran Bretaña? ¿Quiere usted vivir enterrado bajo telas inglesas, sumido en el mercantilismo? Si no fuera por el Imperio Francés, Europa estaría cubierta de muselinas. Enemigos sobran por todos lados, comandante.

Clausewitz no encontró palabras.

—¿A qué ha venido, realmente? —dijo, Alejandro.

—Vengo a decirle...

—Si Napoleón cruza el río Niemen —interrumpió el Zar—, ¿Qué piensa que hará Prusia?

—Tiene razón en eso, no hace falta que me instruya, majestad —dijo Clausewitz—. Prusia se unirá a Francia... pero yo no lo haré, zar. Ni yo ni muchos otros. Mas no he venido aquí para decirle eso, ya tendrá oportunidad de verlo usted mismo, si Dios así lo quiere. Napoleón no debe conquistar Rusia.

Alejandro, impaciente, miró afuera, hacia la oscura mancha negra que volaba en lo alto. Sonrió. Por un momento tuvo el ímpetu de compartir su plan con el prusiano.

Pero claro que no lo haría.

Volvió la vista a Clausewitz. Ensayó una respuesta que pondría en evidencia las intenciones del comandante.

—No lo hará —contestó Alejandro—. Yo también puedo amasar un gran ejército. Haremos temblar la tierra.

—No debe hacer eso, Zar —contestó Clausewitz.

Alejandro lo miró en los ojos.

—No debe enfrentar a Napoleón en una gran batalla —dijo Clausewitz—. Perderá. Se lo aseguro. Lo he visto con mis propios ojos. Ninguno de los generales, ni yo mismo, pudimos anticipar su táctica. Fuimos conducidos a una trampa que jamás pudimos imaginar. El hombre es titánico en el campo de batalla, su comando es excepcional.

Alejandro bajó la vista. Las verdades siempre lo angustiaban. Y que le dijeran lo que tenía que hacer lo irritaba. "¿A esto ha venido? ¿A decirme algo que ya sé?" pensó. Pero le dio tregua a su fastidio. Apoyó la tabaquera de oro en el escritorio. Se sentó. Observó a Clausewitz; su rostro delicado, transparente, fuerte. Un rostro que podría mirar durante horas, "no como ese abominable rostro de Kutuzov", pensó.

—¿Cuánto tiempo estuvo cautivo después de Jena, comandante? —preguntó el zar.

Clausewitz se sentó.

—Dos años. Yo y otros treinta mil hombres. Zar... no le dé a Napoleón la gloriosa batalla que tanto anhela.

—Lo escucho a usted y me parece oír a Michael de Tolly, nuestro Mariscal de Campo —dijo Alejandro con una sonrisa—. Él también opina que sería un error enfrentar a Napoleón. Me gusta Tolly, pero los nobles no comparten mi aprecio. Y usted me mira y piensa que un Zar puede hacer lo que se le antoje: sólo soy un instrumento de Dios y de las rusias, Clausewitz. Debo hacer lo que se espera que haga.

—Salve a Rusia, entonces —pidió Clausewitz—. Qué digo Rusia, ¡salve al mundo! Lo que vengo a aconsejarle ya lo ha hecho su glorioso Pedro, el Grande. Estaría usted cumpliendo su destino de grandeza, Zar.

Alejandro hurgó en su memoria.

—Usted me habla de lo que pasó con los suecos, cien años antes —dijo Alejandro.

—Así es.

La Gran Guerra del Norte. Allá por los albores del mil setecientos. Veinte años de enfrentamientos por la dominación del Mar Báltico. Carlos XII, el último guerrero de los reyes suecos; quizás haya soñado con la conquista de Moscú. Decidido a no retroceder, tras perder en la Batalla de Lesnaya en 1708, Carlos invadió Ucrania; pero Pedro retiró sus huestes, quemó todos los suministros y dejó a Carlos a merced del hambre y el invierno.

Alejandro mostró entusiasmo, pero más por el secreto que no le compartía al prusiano que por las ideas que éste le traía. Aunque reconocía que eran muy interesantes. Clausewitz quedó en silencio; dio un vistazo furtivo a todo el recinto.

—¿Qué sucede? —preguntó Alejandro.

—Lo que voy a decirle es sólo para sus oídos, majestad.

Alejando se recostó en el sillón. Evaluó a Clausewitz. Se levantó. Clausewitz hizo lo mismo.

—Acompáñeme, comandante —dijo Alejandro.

Los oficiales de la guardia miraron al zar. Este los miró. Alejandro y Clausewitz, solos, abandonaron el salón.

El Zar y el prusiano atravesaron un largo pasillo oscuro, de fría malaquita. Descendieron unas escaleras de piedra, rústicas. Entraron a un recinto oscuro, de aire denso y húmedo. Los ecos de las pisadas describieron charcos. Finalmente, tras un recodo, la luz anaranjada de una antorcha iluminó un pasillo enmohecido y angosto. Un poco de luz fría se filtraba por el techo.

Clausewitz miró a ambos lados. Empezó a hablar en voz baja. Aun así, la resonancia de su voz era grave y tardaba una eternidad en desvanecerse.

—¿Ya ha decidido qué hará en septiembre? —preguntó Clausewitz.

Alejandro sonrió por dentro: "¡Claro que sí!", pensó con deleite. El prusiano se refería al Congreso de Erfurt, que estaba en ciernes.

—Todo esto me hace pensar —dijo Alejandro, falsamente dubitativo—... supongo que usted viene a proponerme que rechace las ofertas que me haga Napoleón.

Clausewitz asintió.

—Rechácelas, de la forma más irritante que pueda —dijo Clausewitz.

"¡Claro que lo haré!", pensó, Alejandro.

—Forzar la invasión de Napoleón —completó, Alejandro, fingiendo ser alguien que de a poco va captando la idea.

—Mientras estuve cautivo —dijo Clausewitz—, entre otras cosas, tuve la oportunidad de ver algo que me llamó la atención. Y pienso que es un eslabón débil que hay que forzar y romper. Los trenes de aprovisionamiento son vitales para Napoleón, y lo serán aún más si planea invadir Rusia. Pero no están en buen estado y se rompen con frecuencia. De invadir Rusia, Napoleón dependerá mucho de estos trenes, que deberán recorrer enormes distancias y a gran velocidad. Por eso, una vez que usted fuerce la invasión, deberá usar la misma táctica de tierra arrasada que usó Pedro, el Grande, e ir replegándose, obligando a Napoleón a tener que moverse y abastecer a su Grand Armée. Con el suelo muerto, no tendrá cómo alimentar a su ejército y estará obligado a depender de líneas de aprovisionamiento.

"¡Magnífico análisis!" se sorprendió Alejandro. "Es decir que, de todos modos, Napoleón ya está perdido", pensó sonriendo.

—Napoleón es muy previsor... seguro está preparado para eso —objetó Alejandro.

—No lo creo, Zar. Lo ha planificado todo, seguro; pero si es obligado a recorrer grandes distancias, teniendo que mantener tan enorme ejército estará en un problema. Él espera poder ganar en una gran batalla, acabar con esto pronto. Necesita algo decisivo, una gran victoria que lo obligue a usted a capitular. Pero su majestad no debe darle el gusto. Además, Francia también está peleando en España. Napoleón no puede mantenerse óptimo en dos frentes de batalla. Usted debe forzarlo a entrar en Rusia, que tenga que moverse en este vasto terreno. Y debe destruir los caminos pavimentados; matar de hambre a Francia, cuyo transporte depende de caminos en buen estado. Usted tiene que obligar a Napoleón a depender enteramente del aprovisionamiento.

"¿Caminos pavimentados? Eso es fácil", pensó riendo por dentro, Alejandro. Rusia casi no tenía caminos pavimentados. "Clausewitz... tienes tanta razón —pensó Alejandro—. Y si no tuviera otro plan, el que me dices sería el mejor de todos; dejar que el hambre y las enfermedades hagan lo que nosotros no podemos hacer".

Hubo un silencio.

—Si Napoleón penetra lo suficiente —reflexionó Alejandro—, cuando se vea asolado por el hambre y el frío tendrá que tomar la difícil decisión de regresar o seguir adelante.

—Y cualquiera de esas elecciones es mala —completó Clausewitz—. Exactamente ahí lo quiere usted, Zar. Lo tendrá acorralado. Sin importar qué decisión tome, Napoleón estará en desventaja.

—Arrasar y replegarse —dijo Alejandro, con una sonrisa en los labios. Pero a poco de dibujarse, la sonrisa empezó a morir. —Si hago eso, será pagando con cientos de miles de vidas rusas. Soldados que utilizaré de cebo, para provocar a Napoleón. Usted me está pidiendo que incendie Rusia, que destruya sus ciudades, sus campos, su gente.

Clausewitz suspiró con amargura.

—Quisiera decirle que está equivocado... —dijo el prusiano.

Como le pareciera dubitativo, Clausewitz dijo con resolución:

—Déjeme decirle esto, Zar: continúe haciendo política, Dios le ha encomendado esa tarea. Usted es la antorcha que ilumina el camino de Rusia. Hace un momento me espetó que llevamos la ira en la sangre: tiene razón. En los rusos tiene que bullir la misma pasión. Y si no estuviera allí, usted debe fomentar la ira en su pueblo, para que cuando la guerra llegue, y usted sabe que llegará, se continúe hasta el final, hasta doblegar al enemigo. Presagio esto, Zar: si Napoleón no logra una victoria decisiva y rápida, y es obligado a perseguir al ejército ruso por su extenso y hostil imperio, le aseguro que usted ganará la guerra... y habrá destruido al ejército más grande del mundo.

Las palabras de Clausewitz insuflaron de emoción el corazón de Alejandro. Pero, luego, el Zar pareció opacado con alguna súbita melancolía.

—En su corazón arde el patriotismo, comandante —dijo Alejandro—. Viene hasta el Palacio de Invierno, con la gema más rara en sus manos y me la ofrece, casi sin pedirme nada a cambio.

Una nube de angustia cubrió los ojos del Zar. Clausewitz estaba confundido.

—Me temo que su nación nunca lo valorará como se debe —dijo Alejandro—. Y desconoce usted la trama compleja con que están urdidas las cortes y los ministerios.

Clausewitz rio con ironía.

—Su país y el mío, juntos, destruyeron Polonia, Zar. Créame que sé de lo que habla. De todas maneras, no lo juzgo, majestad... al menos no más que lo que puede juzgarse a un gobernante. Sé de lo que habla.

Con vértigo, Alejandro pensó en cada una de las maniobras que había hecho su abuela, la Emperatriz Catalina, para destripar Polonia junto con Austria y Prusia.

Y pensó, aunque todavía no habían ocurrido, en las que haría él, para evitar que las reformas liberales destruyeran la autocracia y las monarquías.

—Claro que sabe —se corrigió Alejandro—, pero quiero decir... nunca ha estado atrapado como un insecto dentro de ellas. Ni busca con ansias tejer su propia guarida. Más adelante (quizás ya lo ha hecho), pensará que sus compatriotas son injustos con usted. Alégrese de ello. Recuerde este momento en que le digo estas palabras; Alégrese de ello. Está usted libre de un montón de pesadillas y aún no lo sabe.

Las palabras de Alejandro, insospechadas para Clausewitz, francas, movieron algo dentro del prusiano. Como si el zar conociera secretos de su alma.

Clausewitz despojó el sentimiento y trató de insistir.

—Majestad... —dijo Clausewitz.

—Su plan es fabuloso —interrumpió Alejandro—. Pero si vamos a trabajar juntos, lo necesito aquí en Rusia. No prometo que podrá comandar tropas; pero a cambio tendrá la chance de ayudarme a dirigir el curso de la historia.

Ambos se miraron un momento. Luego, se estrecharon en un fuerte apretón de manos.


Al galope, Alejandro llegó a la caballeriza.

La atención del Zar era requerida en la cuadra, donde su hermano, el Gan Duque Constantino, estaba torturando a un joven sirviente.

Llegando a la caballeriza vio la fusta de su hermano, castigando un cuerpo que se retorcía en el suelo; vio las botas furibundas de Constantino, destrozando a patadas a un muchacho. Un grupo de sirvientes, inmóviles por el miedo, atestiguaban el martirio. Hacía frío y un fuerte viento soplaba del este. El cielo, peltre oscuro, estaba a punto de romperse en lluvia.

Alejandro desmontó. Constantino dio una patada a la cabeza del muchacho, mientras reía e insultaba. Luego otra patada a la cara, que chasqueó como una rama quebrada. El muchacho pegó un alarido espantoso. Al ver la cara deformada de una forma tan impresionante, Alejandro se dio cuenta que esa última embestida le habían roto la mandíbula al chico. El caballo de Alejandro relinchó ante la barbarie. Constantino se dio vuelta. Lucía exhausto, sonriente, satisfecho.

—¿Por qué tienes alguien tan inútil en la caballeriza? —preguntó Constantino, señalando el cuerpo roto sobre el suelo.

Constantino se tocó la entrepierna. Insinuada en las sombras del pantalón apretado, Alejandro distinguió una erección.

—Ya es suficiente, ¿no? —preguntó irritado, Alejandro.

Constantino se alejó del cuerpo tembloroso y en agonía del muchacho, que apenas respiraba, entre dolorosos quejidos sordos. Se agachó para tomar una silla de montar.

—Esta maravilla —dijo señalando la silla—... apoyada en el suelo —dijo Constantino.

Alejandro clavó una mirada iracunda en el Gran Duque. Este rio.

—¿Todavía estás enojado por lo de Austerlitz? —preguntó Constantino, bromeando.

El Gran Duque se apoyó sobre el corral. Tragó bocanadas de aire. Alejandro lo observó. Ver a Constantino era ver una versión más ruda de su padre Pablo. Al compararlo consigo mismo, sin embargo, fuera de las obvias reminiscencias anatómicas, la inevitable calvicie era lo único que encontraba de parecido en Constantino. Otros, dirían que Constantino es una versión más brutal y robusta de Alejandro. Los cabellos y las abundantes cejas rubias del Gran Duque estaban despeinados.

—¿Enojado? ¿Por ver a la caballería de Napoleón pisotearte como nabo podrido? —dijo Alejandro.

Constantino levantó un dedo acusatorio.

—¡Pulvericé el cuarto regimiento, no me quitarás eso! —gritó Constantino, enfurecido.

—¡Pulverizar! —repitió con ironía Alejandro, al borde de la risa.

El muchacho escupió sangre en el suelo. El hueso roto empujaba la carne. Unos sirvientes trataron de levantarlo. Otros observaban la discusión.

—¡Qué mierda están haciendo aquí! ¡Fuera, malnacidos! —gritó Constantino.

Los sirvientes huyeron despavoridos.

—No fui yo quien mandó a cargar a la Guardia Real —dijo Constantino, más calmado.

—No, fui yo, es verdad. A instancias del maldito Kutuzov... —dijo Alejandro.

—Que lo dejó todo en el campo —interrumpió Constantino, en defensa del general.

El Comandante en Jefe, Mikhail Kutuzov había caído en Pratzen; no muerto, pero seriamente herido. Ya habían pasado cerca de tres años de la Batalla de Austerlitz, donde Napoleón había destruido toda esperanza que pudiera tener la Tercera Coalición que lo enfrentaba.

—Puede seguir regañándome adentro, su majestad —dijo Constantino.

El Duque montó su esbelto caballo de pelaje crema. El maravilloso animal de ojos grandes, celestes y expresivos miró en dirección a Alejandro. Constantino le acarició la cabeza ligera y descarnada. Alejandro miró al animal, vio a su hermano alejarse al trote. Dio un vistazo al grupo de sirvientes que llevaba a cuestas al muchacho martirizado. Miró el suelo manchado con sangre, descascarado por los pisotones y la violencia de Constantino.


Alejandro y Constantino estaban en un salón gótico, cerca de un gran ventanal. La luz amarillenta y grisácea se desvanecía en las altas bóvedas nervadas, que florecían como tallos curvados en un florero, desde un ramillete de pilares apretados y rodeados de sillas. De las bóvedas, sostenidas por telas rojas, pendían lámparas araña, doradas, tupidas de velas.

Alejandro dejó de hablar. Se dio cuenta que Constantino no lo estaba escuchando. El Gran Duque estaba observando los pechos de la estatua de una virgen, empotrada en uno de los pilares.

—Lo estoy escuchando, majestad —dijo Constantino—. Estoy de acuerdo, por supuesto. Además, cuanto más lejos pueda estar de este palacio es mejor.

Constantino no quería ser emperador. Incluso habiendo sido elegido como el favorito por su padre Pablo para gobernar. Esto angustiaba a Alejandro, pues sabía que la estabilidad del Imperio se erigía sobre la dinastía Románov; esto y el hecho de que no estuviera engendrando hijos, otro pesar. Constantino era el que seguía en sucesión. El otro hermano de Alejandro, el jovencito Nicolás, tenía doce años y estaba lejos aún de su destino. Si algo le pasaba a Alejandro, no había hijos que heredaran el imperio. El trono debería ser ocupado por Constantino, que lo aborrecía.

—En Polonia tendrás que usar más la cabeza y menos la fuerza —dijo Alejandro.

Constantino miró al Zar.

—No lo entiendo, majestad. ¿Quiere que ponga orden o no? —preguntó Constantino.

—Sí, pero con mesura. Siempre debe mantenerse la apariencia de que es el parlamento quien decide —dijo Alejandro— Especialmente cuando lo estemos destruyendo.

Los hermanos rieron.

—Me sorprende que me llamaras —dijo Constantino—. Pensé que me querías lo más lejos posible.

—Lejos, sí... pero no tan lejos —dijo Alejandro, sonriendo—. Quiero usarlo mientras todavía sea útil, Gran Duque.

Constantino volvió a reír.

—Me causa gracia porque sé que lo dices en serio —dijo Constantino—. Al menos eres honesto conmigo, aprecio eso.

Hubo una pausa.

—Lo que no entiendo, majestad... —dijo Constantino.

—Ahí viene —interrumpió Alejandro.

—... es por qué no estamos con Napoleón en todo esto —continuó Constantino—. Sobre todo, después de Tilsit.

—Ya que hablas de Tilsit—dijo Alejandro—, te pregunto... ¿por qué debes mostrar con tanto ardor tu devoción hacia Napoleón? ¿Tanto te hierve el pecho?

—Es el más grande héroe de nuestro tiempo.

—Aunque lo fuera... ¿por qué tienes que hacerlo tan visible? —insistió Alejandro— Guarda tu agrado para ti mismo, hombre. Alábalo como alabas a Dios en la iglesia, en silencio. ¿No te das cuenta que nuestro disentimiento atrae a los carroñeros?

Constantino no pudo rebatir el argumento.

—Te pesa la tarea que te ha encomendado Dios y nuestra estirpe, ya lo sé —continuó Alejandro—. Y aunque quisiera que cambies de idea, no te forzaré a ello. Pero piensa en nosotros, Constantino, en tus hermanos. Nicolás es un mocoso y yo estoy... solo. Si no piensas en ti, piensa en nuestra familia. No tengo hijos. Todo depende de nosotros. En cuanto vean que tambaleamos, crecerán los colmillos.

—¿Tengo yo la culpa de que no pueda hacer su tarea, Zar? —dijo Constantino—. ¿Tan difícil es poner un crío en la barriga de una esposa?

Alejandro lo miró en los ojos, con ira punzante. Constantino bajó la vista, suspiró arrepentido de sus palabras. Se sentó en una de las sillas.

—La mujer está seca —contestó Alejandro—. Tú tampoco has hecho bien las cosas. Tu esposa huyo a Suiza, a causa de tus maltratos.

Constantino miró sorprendido a Alejandro, por tanta franqueza. Pero recordó que es el Zar y que podía hablarle así si quería.

—Haré que vuelva... —dijo Constantino. Su rostro se apagó de súbito— Le hice cosas...

No pudo completar la frase. Otros habían sido testigos de las humillaciones y el trato denigrante de Constantino hacia Juliana.

—La mujer no sabe su lugar, Alejandro —dijo Constantino—. Si un hombre quiere algo lo toma. Y si no puede, trata con más fuerza. ¿Qué mujer va impedir eso?

"¿Y qué hombre?" retrucó en su mente Alejandro, con la voz irónica de su abuela Catalina.

Empezó a llover. Alejandro miró a través de la ventana. Lejos, vio un águila negra unirse a otras dos, en un árbol alto y retorcido. Cerca, otra águila blanca agitaba las alas, perturbada, amenazada por las águilas negras. El águila lejana que había visto antes, cuando estaba con Clausewitz, también se acercaba en picada al árbol.

—Estarás estacionado cerca de Varsovia. Serás Mariscal de Campo de las tropas —dijo Alejandro.

—¿Todas?

—Ahora sólo de las provincias rusas —contestó Alejandro—. Eventualmente serás Comandante en Jefe. Pero debes estar atento a todas las legislaciones que pasen en el parlamento. Trabajarás en conjunto con ministros rusos, prusianos y austríacos...

Alejandro se interrumpió. Impresionado, centró la vista en el árbol. Las tres águilas estaban atacando al águila blanca.

—¿Seré vigilado mientras esté aquí? —preguntó irónicamente Constantino.

Alejandro lo miró.

—¿Tú que crees? —respondió.

Constantino largó una carcajada corta y sonora.

Alejandro recordó a Clausewitz, cuando se fue del palacio. El prusiano lo ignoraba, pero sería vigilado día y noche. No era necesario, pensaba Alejandro, porque jamás hubiera venido a confiarle tanto si no fuera con la intención de aniquilar a Napoleón. Pero, aun así, la Orel —la policía secreta de Rusia—, seguiría los pasos de Clausewitz para asegurarse, lo quiera el Zar o no.

Alejandro volvió la atención hacia las águilas. Oyó que las puertas se abrieron; oyó unos pasos... Un hombre muy delgado, de abundante barba, se acercó y le dijo algo al oído: le dijo que había llegado. Se refería al hombre que, le aseguraban, pondría fin a todo esto con una sola bala. "Vasily Zaitsev..." pensó, Alejandro, mirando para adentro.

Un chillido lejano captó de nuevo la atención del Zar. El águila blanca se defendió como pudo, pero finalmente, picoteada por las otras tres águilas negras, cayó del árbol.

Alejandro siguió con la vista la caída del águila blanca.


 
 
 

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