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Capítulo V — El Criollo (II)

Actualizado: 16 sept 2022


Gerona — 12 de agosto — 9 A.M. —1808

San Martín escuchó una trompeta. La estridencia provenía desde lejos, desde las barracas. Cuando el oficial francés irrumpió en la avanzada, San Martín estaba con el Gobernador de Gerona, Julián Bolívar.

—Es un oficial francés, señor. Trae pliegos del general Duhesme —dijo un soldado español a Julián Bolívar.

"Es hora", pensó San Martín. El miedo, la indecisión, o quién sabe qué otras razones, habían demorado a los franceses. Duhesme recibía malas nuevas todos los días, desde distintas provincias de España. La península resultó ser un toro demasiado embravecido para Napoleón.

Pero el momento había llegado. Ese trompetazo significaba una sola cosa: guerra.

San Martín cruzó miradas con su superior, El Irlandés, Richard O'Donovan. El pelirrojo coronel se cruzó de brazos y suspiró largamente. El oficial francés que había traído la carta se quedó parado entre San Martín y O'Donovan, que lo miraron de arriba abajo, con la mayor hosquedad posible. Julián Bolívar tomó la carta y la desenvolvió. Comenzó a leerla en silencio.

—Gobernador, ¿le importaría leerla en voz alta? —pidió Richard O'Donovan.

—«Habiendo recibido de su Majestad —dijo Julián Bolívar—, José, Rey de España y de las Indias, la orden formal de tener en consideración la ciudad de Gerona, en caso de sumisión a su autoridad...

Julián Bolívar interrumpió su lectura con una risa nerviosa y cargada de desprecio. Escupió al suelo y pisó la inmundicia con su zapato.

—» ...con la seguridad de olvidar todo lo pasado contra cualesquier que sea, propongo a vosotros: que me envíen inmediatamente diputados, para tratar la rendición de la Ciudad de Gerona; de lo contrario, yo voy luego a ocuparme de las operaciones de un sitio riguroso, que comenzará por la ruina e incendio de la ciudad...

Julián Bolívar, con infinito desdén, tiró la carta sobre el escritorio.

—Coronel, convoque a la Junta —le dijo Julián Bolívar a Richard O'Donovan.

El irlandés miró a San Martín, quien se levantó y salió de la casa, casi llevándose por delante al oficial francés que le obstruía la salida. A su paso, algunos soldados lo saludaban cordialmente: "Teniente", "Señor", "Eterno Bailén". Pero no todos los saludos eran flores. Algunas miradas hincaban con saña secreta. Cuando San Martín chocaba contra ese tipo de miradas, él mismo imaginaba los motes que le pondrían aquellos que lo despreciaban. "Tape de Yapeyú", pensó, cuando cruzó miradas duras con un soldado que limpiaba piezas de artillería; "indio misionero", "Mulato", "Cholo de Misiones", y así. Desde el encuentro con su verdadero padre y la revelación de la sustancia mestiza que corría por su sangre, San Martín se inventaba motes (o repetía los que había escuchado), y con ellos zurcía el orgullo en el mismo instante en que se lo desgarraban.

Miguel O'Dollon, Francisco Burgués, Mariano de Caramany... toda la junta, sin demora y por unanimidad, acordó una contestación para el general sitiador. San Martín, a cargo de un Tercio de migueletes y otros tantos somatenes, entre los que había paisanos armados y un pelotón de mujeres, repasó en su mente la contestación de la junta, mientras evaluaba la muralla medieval que abrazaba a Gerona: "Esta Junta, tiene el honor de decirle —repasó San Martín, mientras contemplaba las ruinas de una catedral—, que desde el momento que esta Ciudad se decidió por la justa causa —San Martín subió una cuesta y ordenó a unos gerundenses dirigirse a la fortificación más cercana— previó los males que puedan acometerla; y que la amenaza de V.E. no la intimida...

San Martín observó a unas mujeres de la compañía Santa Bárbara, llevando cartuchos y comida, remendando banderas españolas, ondeando estandartes en las fortificaciones; a un grupo de gerundenses desarrapados, dándose ánimos a sí mismos, cargando cubos destartalados de agua, con las miradas fieras y decididas adornando sus semblantes. Se sintió feliz de estar ese día defendiendo al Reino de España de la rapiña francesa. Sintió que la sangre aborigen se le diluía.

"... y que la amenaza de V.E. no la intimida —volvió a recordar— y seguirá constante en su primera resolución; en el concepto de que no le falten medios para defenderla". "¡Gerona resiste!", escuchó gritar a una voz, apasionada de bravura y de ira. La plaza estalló en un vitoreo al que le siguió una respuesta unísona y grave, que reventó en el aire: "¡Gerona resiste!". La ciudad, que estaba sitiada desde hacía cerca de veinte días, apiñaba valor, y preparaba el lomo para resistir los cañonazos franceses que hoy o mañana llegarían.

"Si sólo del valor dependiera —pensó San Martín— Gerona jamás podría ser doblegada". Pero para derrotar al mejor ejército del mundo y a Napoleón Bonaparte, el mejor capitán del mundo entero, hacía falta más que coraje. El ejército francés, constituido de profesionales y armado con armas letales de vapor, era una prueba durísima para el desorganizado ejército español. Ni los altos mandos, ni las Juntas, ni las unidades se ponían de acuerdo. San Martín, mientras firmaba papeles que le había traído un alférez, recordaba las palabras que había escuchado en la reunión de la Junta General, hacía unas semanas.

San Martín estaba parado, cerca de un mobiliario alto y achacado, lejos de los demás hombres que estaban sentados en bancos grises y largos, alrededor de una mesa larga. El recinto, un poco en penumbras, tenía una única ventana por donde entraba la luz dorada de la mañana, teñida del verde y los marrones de una cortina que estaba a medio correr. Apoyado cerca de la ventana, también erguido y un poco separado del resto, estaba el coronel Richard O'Donovan; más lejos, presidiendo la reunión, el Gobernador Julián Bolívar.

—Que se vayan a los montes entonces, como somatenes que tanto quieren ser —sentenciaba el sargento Miguel O'Dollon, que sostenía una hoja blanca y brillante de sol entre las manos—. Hay que apuntar el barco para donde vaya el viento.

La mayoría asintió. No había mucha oposición a lo que los somatenes y los migueletes decidieran hacer. Después de todo, muchos de ellos eran el pueblo que voluntariamente se ofrecía a pelear en la batalla. Si preferían pertenecer a una milicia independiente y no estar adscritos a ningún regimiento, había que acceder.

—Pero entonces... ¿dónde quedamos con los planes de la Suprema? —preguntó Francisco Burgués. Un hombre rubio, de pelo corto, mirada febril—. Corríjanme si estoy errado, pero ¿no era que íbamos a formar cuarenta tercios de mil hombres? Las compañías con su correspondiente capitán, el teniente...

—Más fácil poner una pica en Flandes, hombre —interrumpió Miguel O'Dollon—. Que la Junta Suprema, que las juntas locales... si no se ponen de acuerdo ni para decir de qué color es la mierda, joder —San Martín intercambió sonrisas con Richard O'Donovan—. Además, si la idea de la Suprema es pelearles a los franceses en campo abierto, entonces ha enloquecido. Si tú sabes lo que es el ejército francés, hombre... ¿o me vas a discutir que no es el ejército más poderoso de Europa? No iremos a ganar si peleamos como los franceses mandan, joder. ¿Cómo vamos a ganarle a un ejército tan organizado, que conoce ya de Cuerpos y Divisiones permanentes? ¿Qué sabemos nosotros de eso? Hay que hacerlos guerrillear, sorprenderlos: que ellos no saben tanto de eso.

—Tiene razón, estimadísimo —dijo Mariano de Caramany, un hombre canoso y calvo que tenía un poncho sobre los hombros—. Duhesme se ha creído Ícaro si piensa que puede esclavizar Gerona en tres días. Tendrán ellos el ejército más profesional y diestro; pero nuestro ejército es el mismísimo pueblo en armas, que está decidido a dejar su parte de furia y de sangre en la batalla que sea.

En apoyo a esas palabras, los hombres chocaron sus vasos contra la mesa.

—Permítame amainar el entusiasmo con un comentario impopular, estimado —dijo Francisco Burgués—. Necesitamos soldados. Los somatenes tienen el corazón aguerrido, nadie duda de eso, pero tienen más de aventureros que de soldados.

Hubo abucheos. San Martín quiso responder, pero se contuvo. Quería dejar que el comandante termine.

—Y qué voy a decir de la calidad de nuestros soldados... —continuó Francisco Burgués— Si vienen de quintas, ya con las caras largas por entrar de prepo en la conscripción, son, digámoslo de una vez, la escoria de los soldados...

—Lo que usted llama escoria, estimado —interrumpió San Martín levantando un poco la voz— son los héroes anónimos que hostigaron al ejército de Duhesme en el primer asedio y lo harán de vuelta en este que nos apremia. Esa escoria son sus hermanos, sus hermanas... son gerundenses que se arman con lo que sea para defender su patria. Y es el grueso de nuestras tropas. Le pido tenga más respeto con sus hermanos que dieron y que darán la vida para que Gerona siga siendo española.

Algunos aplausos. Entre ellos el del coronel Richard O'Donovan.

—Bien dicho, teniente —dijo Richard.

—¡Que Duhesme se acerque a Gerona de nuevo y le derretiremos la cera de las alas! —dijo Miguel O'Dollon, levantando una copa en dirección a Mariano de Caramany.

La voz grave del Gobernador Julián Bolívar interrumpió el brindis.

—Me llegan cartas diciendo que al general Álvarez lo van a correr del Castillo de Montjuic y lo van a mandar para aquí. Eso significa que Gerona es importante. Joder, que ya sabemos que lo es, por supuesto, pero quiero decir que, militarmente, para Napoleón se ha vuelto una obsesión. Es una arteria entre Francia y España; y la sangre que corre son las líneas de comunicación entre Perpignan y Barcelona. Hay que defender como sea esta posición.

San Martín estaba de acuerdo. Napoleón tenía que sentir que con la estrategia no le alcanzaba, que el Grande Armée tenía que desestructurarse para poder combatir en las guerrillas duras y tenaces que España estaba dispuesta a llevar a cabo; y que tenía también el problema de los ingleses, con sus fragatas bloqueadoras, acechando Barcelona. El 31 de julio, el teniente de navío de la Real Armada, Francisco Barceló, junto al "Lobo de los Mares", Thomas Cochrane y su fragata de 42 cañones "La Imperiosa", había ayudado a los somatenes a recuperar Montgat. Cada derrota contaba, no solo para aguijonear el corazón orgulloso de Napoleón, sino también para insuflar a toda la península de un espíritu de lucha y resistencia.

—Si fuera tan amable, coronel —dijo Julián Bolívar a Richard.

El coronel se acercó a la mesa y movió el mapa que había sobre ella para acercarlo a la luz. Poniendo un dedo sobre las Islas Baleares, dijo:

—El 20 de julio zarpó de Menorca la expedición del Marqués del Palacio, Mariano Domingo. El hombre es el capitán que necesitamos para que ordene las cosas en esa parte. Son más de 4.600 hombres que van a desembarcar el 23 en Tarragona.

—¿Pero eso no está destinado a Barcelona, al castillo de Montjuic? —preguntó Miguel O'Dollon.

—Sí, por supuesto —contestó Richard—. Pero conociéndolo, no creo que vaya a desperdiciar ocasión alguna. Estoy seguro que va a socorrer a Gerona...

—Perdón, coronel —interrumpió Francisco Burgués—, pero tenemos nueve mil franceses respirándonos en la nuca, y vendrán más refuerzos. Aun con 4.600...

—No se apure, comandante —contestó Richard—. En Martorell —dijo apoyando el dedo en el mapa— está el Conde de Caldagués, que puede apiñar a todos los somatenes de tránsito y recibir ayuda de los corregimientos de Vich, Manresa, Granollers... Hablo de Milans, Juan Clarós y otros barceloneses que puede agrupar. La mayor parte somatenes, para su disgusto, comandante —agregó con ironía—. Pero estamos hablando de cerca de diez mil hombres.

San Martín recordó la sensación que percibió luego de que el coronel mencionara esa cifra. Todos cruzaron miradas.

"Diez mil hombres": de súbdito, resistir en Gerona había dejado de ser un destino amargo.


13 de agosto — 0 A.M.

Desde las murallas de Gerona, los españoles observaban las baterías francesas, escondidas entre las sombras, alumbradas apenas por temblorosas lámparas de aceite. San Martín miró al coronel Richard O'Donovan, que estaba pasando instrucciones.

Asistido en la imaginación por la visión que podría tener un pájaro, San Martín sobrevoló Gerona. El río Ter cruza la ciudad, dividiéndola en dos partes desiguales; la más chica, el vecindario del Mercadal, estaba en el banco oeste, a la que los ingenieros militares habían provisto de sólidos bastiones; y la más grande, en el banco este, estaba defendida por una línea de fuertes que se erguían orgullosos sobre una cresta. El más importante de estos fuertes, le ciudadela de Montjuic —nombrada como su hermana en Barcelona— sería, según Richard O'Donovan, el punto donde Duhesme centraría su ataque más feroz. Con artillería, en la abrumadora proporción de seis piezas cada mil hombres, los franceses estaban decididos a reducir Gerona a un montón de escombros. Pero la intuición de Richard O'Donovan no había errado, y el Marqués del Palacio había mandado al brigadier Conde de Caldagués para que asistiera a Gerona. Las correspondencias entre la Junta de Gerona y el Marqués del Palacio habían sido copiosas. En resumen: había que resistir hasta que el Conde llegara.

San Martín repasó los cuerpos y los números que componían la guarnición de Gerona: Infantería veterana, migueletes y somatenes, los caballos de San Narciso, la artillería... todo llegaba con suerte a los tres mil hombres y treinta caballos. Sumados otros novecientos paisanos voluntarios, que acudirían quizás en caso de urgencia, armados apenas con látigos y palos con puntas de hierro. Con eso había que dar el pecho al mejor y más profesional ejército de Europa. La resistencia estaba asegurada, sólo quedaba el otro enigma... ¿llegaría el Conde a tiempo?

Y También iluminó su mente, sin que supiera por qué, el recuerdo de una mujer morena que se había cruzado hacía unos días. La mujer iba ataviada de cartuchos y víveres. San Martín se detuvo a ayudarla.

—Teniente... —dijo la mujer, haciendo un saludo militar con la palma al frente.

—¿Cuál es su nombre, señorita? —preguntó San Martín.

—Celina Malasaña, señor —contestó la mujer. Tenía el pelo recogido en un rodete, soberbios pómulos brillantes, mirada salvaje pero franca— No es necesario que se demore conmigo, señor, puedo sola.

San Martín no discutió con la mujer y siguió su camino. Antes de entrar a un edificio, se detuvo a mirarla. Celina Malasaña y luego su ondeante vestido mostaza desaparecieron tras una muralla.

Bruscos tronidos esparcieron el recuerdo de la mente de San Martín: el asedio había comenzado.

Una borrasca de cañonazos hizo temblar la muralla y el pecho de San Martín. "Estos muros tienen cientos de años. Nadie hizo nada para modernizarlos. Ahora es tarde" pensó San Martín con amargura, mientras atravesaba el patio en dirección a Richard O'Donovan. Morteros y obuses situados en Santa Eugenia y Palau comenzaron a disparar bombas. Los estopines incendiarios que empezaron a llover desde afuera no inquietaron tanto a San Martín como las granadas de vapor que los acompañaban. San Martín sacó su máscara antigás Hasboldt y se la puso. Una granada de vapor cayó a unos cinco metros de donde se encontraba y empezó a sisear como una serpiente... y a despedir una nube de gas turquesa. "¿Qué es esto?" pensó con alarma, San Martín. El gas venenoso que recordaba no tenía ningún color. Esto era algo nuevo. Levantó la vista y vio un grupo de gerundenses que, como él, con las espaldas apoyadas en la pared, alejándose de la nube, contemplaban horrorizados el gas. Aquellos que no tenían máscaras Hasboldt se cubrían el rostro con un trapo húmedo. El viento comenzó a dispersar la nube. Otras granadas cayeron y repitieron el siseo de reptil. San Martín levantó la vista en dirección a Richard O'Donovan que caminaba por el pasillo de la muralla. El coronel también tenía una máscara por lo que no pudo distinguir sus ojos, pero los imaginó horrorizados como los suyos. "¿Qué es esto?" volvió a pensar. No tardó en hallar la macabra respuesta. La nube atrapó a un joven, sin auxilio de máscaras o de trapos mojados, que con gestos furibundos desgarró la nube y trató de buscar amparo bajo una galería enmohecida. Tambaleó en la huida, tropezó y con un grito dolorido cayó al suelo, donde empezó a revolverse como si estuviera en llamas o abrazado por cal viva. San Martín, impotente, lo vio ahogarse como bajo un océano turquesa. El pavor lo atenazó a la pared. Levantó la vista y vio una brigada de albañiles que estaba apagando el fuego. Otras nubes, pero de las descargas grises de los disparos, envolvían a los hombres que defendían Gerona con sus fusiles, atrincherados en baluartes y en huecos de la muralla. Cuando el terror le dio tregua, se incorporó de un salto y se acercó a socorrer al joven que estaba en el suelo. Lo cargó en sus brazos. Oyó la respiración entrecortada del joven, y luego las arcadas, el corazón a la carrera; observó, a través de la mugre de la máscara de gas empañada, la piel grisácea y los dedos retorcidos por la convulsión; sintió en todo el cuerpo los espasmos violentos del joven que se le moría en los brazos. Entró a un recinto pidiendo a los gritos un médico. Un hombre mayor, con la camisa rasgada y las manos temblorosas se ofreció a ayudar. San Martín depositó al agonizante sobre la mesa. El médico lo miró en la cara, con desbordada estupefacción. San Martín quiso volver al patio: lo encontró inundado por una marea turquesa. No pudo distinguir nada más. Cerró la puerta y pasó la tranca. Un grupo de personas y oficiales rodeaban al médico. El joven seguía sacudiéndose y se atragantaba con un zumo amarillento e inefable que le redundaba por la boca. "¡Dios mío, que es eso!", oyó decir a una mujer. Al unísono, San Martín y los demás se dieron vuelta para buscar la fuente de esa expresión de terror. La mujer estaba sobre la ventana, observando la nube de gas que se dispersaba por el patio, iluminada por los naranjas y los amarillos titilantes del fuego que ardía en los estandartes y las cortinas viejas de las casas. De súbito, una ráfaga arremolinó la nube venenosa y la dispersó sobre la esquina de la galería, devorando a una mujer de vestido mostaza que trataba de huir. Fulminada por esa bocanada mortal, cayó contra la pared y comenzó a retorcerse en el suelo. "¡Celina!" pensó, San Martín. Se abrió paso a los codazos entre la gente y, pese a los ruegos de que no lo haga, trató de correr la tranca. Sólo después de que los amenazó con un grito poderoso, los hombres le soltaron la mano y pudo abrir la puerta. Salió a la carrera, desesperado hacia el cuerpo que se revolvía en el empedrado. No terminaba de llegar y la nube venenosa no soltaba a su presa. No distinguía los rasgos de la mujer de vestido mostaza. Llegó. Alcanzó el rostro con sus manos y lo giró para verle la cara. Encontró un rostro pálido y desconocido, de ojos avellana desorbitados, sublevado en una desesperación dolorosa. Un soldado también enmascarado lo asistió.

—Llévela con el médico —ordenó San Martín.

Corrió hacia la posada donde acostumbraba reunirse la Junta de Gerona. El Comandante de ingenieros, Guillermo Minaly le abrió la puerta.

—¡Rápido, teniente! —le dijo el comandante y lo empujó adentro.

Aun con el cobijo de la posada, los hombres no se animaban a sacarse las máscaras. Las voces, distorsionadas, acrecentaban el aire ominoso.

—Si no hacemos algo, plantarán las escaleras e invadirán la ciudadela —dijo Mariano de Caramany.

—Se me parte el corazón de pensar que perderemos Gerona por no tener máscaras. ¿Qué es esa nueva abominación? —preguntó angustiado Miguel O'Dollon— ¡Que forma cobarde de pelear una guerra! —No tengo idea, pero no hay trapo mojado que alcance —dijo Francisco Burgués—. Se han avispado estos franceses taimados y se han guardado lo mejor para cuando más importa.

—¡Sucios cobardes! —maldijo Miguel O'Dollon.

—Por lo pronto pongan en la mesa todas las máscaras, señores —dijo Richard O'Donovan.

Los hombres se quedaron perplejos. "Tiene razón", pensó San Martín y comenzó a desprenderse de la suya.

—Usted no, teniente —ordenó Richard O'Donovan. San Martín se detuvo—, lo necesitamos en el baluarte de San Pedro. Los demás: necesitamos cada máscara disponible y poner a pronto reparo las que están averiadas.

—Hay que dar parte al Marqués del Palacio y al Conde —dijo el gobernador Julián Bolívar, sacándose la máscara— Tienen que estar al tanto del horror que los espera.

—El viento bien podría amainar, Dios mediante —dijo Mariano de Caramany.

"Haría muy inefectivas las granadas de vapor", pensó San Martín.

—Eso ya lo decidirá la providencia —dijo el coronel Richard— Habrá uno o dos oficiales entregando mensajes a esta posada y recibiendo los suyos. Si es necesario, para resguardo, los pasarán debajo de la puerta. No quiero que abran un centímetro de esta puerta si no es necesario. No quiero demoras, señores. Escriban breve y escriban bien.

El coronel Richard miró a San Martín.

—Teniente, diríjase al baluarte de San Pedro. Hay que atacar esa posición. La trinchera que está sobre el río Ter y los baluartes que están a tiro de fusil nos están acribillando.

San Martín se dio cuenta que estaban batiendo el castillo por los dos frentes del norte y el lado este, y que lo estaban haciendo bien.

—Coronel —dijo Julián Bolívar— El bombardeo se detendrá por un momento y es posible que Duhesme mande otro pliego insistiendo con la rendición...

Un estruendo interrumpió las palabras del gobernador. Una inmensa nube turquesa envuelta momentáneamente en llamas comenzó a dispersarse. Los hombres miraron hacia la ventana.

—Cuando suceda eso, gobernador, me ocuparé. Sea como sea, entiendo que la idea sigue siendo la misma, ¿no es así? —dijo Richard O'Donovan.

En otros momentos, los hombres hubieran respondido al unísono, reflexionó San Martín. Pero en ese momento todos, menos el gobernador Bolívar, se limitaron a bajar las miradas. Julián Bolívar miró en los ojos al coronel y asintió varias veces, como si Richard hubiera aprobado satisfactoriamente un examen que el gobernador le había hecho en secreto.

"Resistir" pensó San Martín.

Richard O'Donovan y San Martín salieron al trote. Antes de separarse se dieron un último vistazo.


13 de agosto — 10 A.M.

Temprano por la mañana había parado el fuego, pero hacía una hora las baterías francesas habían reanudado el asedio.

El parte que le habían entregado a San Martín decía que en las torres abandonadas más inmediatas a Montjuic había dos baterías que estaban hostigando al castillo; una de tres cañones, que disparaba de a veinticuatro granadas, más una metralla a vapor; y otra con dos cañones que disparaba de a dieciséis.

Escondido tras unos escombros, vigilando la primera batería, San Martín miró en dirección hacia el grupo de migueletes que comandaba.

—¡Julián! —gritó San Martín.

Un hombre corpulento, vestido de púrpura y rojo, con una bandana blanca y dos pistolas de chispa catalana, giró la cabeza ante el llamado y se alejó del grupo. La máscara de Hasboldt le cubría el rostro ancho, pero se distinguían unas patillas pelirrojas y un aro en la oreja izquierda. Se acercó corriendo donde estaba San Martín.

—Sí, teniente —dijo el miguelete Julián O'Daly con voz grave y ronca.

—Deshágase de las pistoletas —dijo San Martín—. Lo necesito en una posición elevada. Use su fusil para librarnos de esa metralla a vapor—indicó, señalando la pieza de artillería.

La metralla y los franceses que la manejaban estaban como a doscientos metros.

—Escúcheme, peón —dijo San Martín— No se quede allí. Escupa un par de veces y si no funciona, pues no funciona. Se va de allí, de inmediato, ¿de acuerdo?

Julián O'Daly no dijo una palabra, pero pestañeó como asintiendo. Una leve descarga de vapor escapó por debajo de su saco, a la altura del pecho. Un artilugio mecánico escondido hacía más fácil la tarea de latir al corazón del miguelete austracista.

—Necesito que se exprese verbalmente, peón —dijo San Martín.

—De acuerdo, teniente —dijo Julián, sonriendo.

—No comprometa su posición —insistió San Martín.

El miguelete Julián O'Daly era uno de los preferidos de San Martín. No quería andar extrañándolo si no había necesidad de ello. Pero el hombre era testarudo y había que decirle las cosas dos o tres veces para que entendiera.

Julián O'Daly echó a la carrera. San Martín lo siguió con la vista. Lo vio moverse, agazapado entre escombros y baluartes derruidos, en dirección a un templo abandonado, ubicado en dirección oblicua y de frente a la metralla, más adelante. Cuando Julián O'Daly desapareció de su vista, San Martín concentró la mirada en la metralla, ayudado de un pequeño catalejo. Los cuatro franceses que comandaban la artillería se relevaban con destreza. Mantenían estable la presión de vapor y accionaban la manivela de la metralla. Confiado en la eficacia de O'Daly, San Martín esperaba que el miguelete se deshiciera de los franceses para que una escuadra pudiera capturar o destruir la metralla.

A través del catalejo, San Martín vio explotar la cabeza del francés que accionaba la metralla. Momentáneamente aterrados, los otros soldados empujaron el cadáver y siguieron maniobrando la manivela. Otros, alertados, levantaron las miradas, buscando el origen del disparo. Otro disparo desgarró el cuello del segundo, y un tercer disparo hizo volar la manivela en pedazos. San Martín sacó el ojo del catalejo.

—¡Me cago en la leche, que vivo es! —dijo San Martín en voz baja.

Con la manivela destruida, no había necesidad alguna de ocuparse de los otros dos franceses. Julián O'Daly, haciendo gala de su incomparable puntería, había elegido el camino más corto.

La plaza y las demás fortalezas hicieron lo suyo para causar desastre en la artillería del sitiador. Pero, aun así, las balas, las granadas y las bombas no daban respiro a los defensores del castillo y del fortín de San Pedro. De vez en cuando, una bocanada turquesa se alzaba en el horizonte, angustiando el corazón de San Martín y de todos los gerundenses.

Empezaba a caer el sol en Gerona y el asedio se tomaba un respiro.

Cerca de cuatrocientas bombas y granadas habían caído, causando algunas desgracias y sembrando un nuevo terror entre los gerundenses. Las nuevas y mortíferas granadas le aseguraban a los gaseados una agonía prolongada y aterradora. El número de muertos no alcanzaba la decena, pero muchos habían sido alcanzados por las granadas de vapor y su destino era aún incierto.

Un nuevo pliego de Duhesme llegaba a manos del coronel Richard. La Junta entera, con las máscaras levantadas, volvía a mirarse las caras después de muchas horas; rodeaban al coronel, tratando de adivinar en su semblante, el contenido del pliego de Duhesme. San Martín estaba más alejado, mirando la ventana, con la vista perdida en las bocanadas turquesas que serpenteaban como espíritus la ciudadela de Montjuic. Sintió la mirada de Richard O'Donovan. El coronel miró al resto de la junta. Con la mirada abatida, dijo:

—Que Dios nos ayude...


 
 
 

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