Capítulo VI — Calfucurá
- Roman Giordano

- 16 jul 2020
- 12 min de lectura
Actualizado: 16 sept 2022
Ensimismado en la angustia que le producía pensar en los "huincas" blancos, Calfucurá levantó su vista de bronce para contemplar la tierra. El mapuche miraba la inmensidad de la tierra del virreinato como nunca podrían mirarla los ingleses ni los españoles ni los portugueses ni los gauchos que querían usurparla. Viéndola florecida de ganado, de cuero, de carne, la mirada del huinca hedía a codicia; pero la de Calfucurá era mandada a callarse, anonadada ante la belleza inconmensurable del océano verde y fértil que latía bajo el mar del cielo. La pampa para el gaucho puede ser una sola; pero las pampas que conocía Calfucurá eran muchas, no sólo vestidas de ombúes sino también de caldenes y algarrobos. Un territorio diverso, siempre distinto, ya fuera pajonal o sierra; pintado aquí y allá con brochazos de lagunas; nunca llano y monótono como en las crónicas de los europeos; que acababa, no en la frontera salvaje de los lindes de Buenos Aires, sino en la escarpada fortaleza natural de las cumbres andinas.
La misión de proteger esa tierra y a todo lo que brotaba de ella, incendiaba el espíritu de Calfucurá; pero con un fulgor benévolo y salvaje de fragua, que amalgamaba valor, determinación y astucia, como el cometido del herrero en su martilleo forjador.
El clangor de un chajá quebró el silencio. Era 1808 aquella noche y Juan Calfucurá tenía 28 años; el rostro firme, moreno y algo triste bajo la vincha amarronada que ceñía la frente y los pelos duros y oscuros que llovían hasta los hombros; la vista clavada en la estancia de Jorge Osorio, demasiado lejos del cobijo del Fortín de Lobos. Se había impuesto la determinación de vengar la muerte del indígena Yamacurá, muerto de un frío pistoletazo en la cabeza por el Maestre de Campo, Sánchez Gorena. Y como el indígena había sido liquidado en las tierras de Osorio, y Sánchez Gorena era más inalcanzable, sería el estanciero el que tendría que pagar. Él y todos los huincas que profanaban las tierras de la divinidad Huenechén, llevándose los frutos de la naturaleza sin pedir permiso. A la orden del cacique, trescientos mapuches, escondidos en los médanos, las caras pintadas de rojo, negro y azul, se lanzarían a maloquear todo a su paso, lanzando alaridos, haciendo temblar el suelo con sus pingos, derramando toda la sangre huinca que se pudiera, arrebatando al arrebatador; ganado, caballo, mujeres blancas, todo, excepto alcohol, tabaco y vestimentas criollas, mercancía que Calfucurá prohibía hurtar entre sus seguidores. El cacique no quería que sus comandados se degeneren, y se acriollen como otros indígenas. A pesar de la línea de fuertes que La Corona finalmente había mandado construir, aún había zonas menos protegidas, como el ralo poblado de Virgen María, que Calfucurá pensaba saquear aquella noche, y su vecino más al sur, Cándida de Olavarré. Un indígena de rostro huesudo, más achaparrado que Calfucurá y de pecho más ancho, le preguntó en voz baja:
—¿Será que hay vigías?
Calfucurá negó con la cabeza. Juan Catriel y Cachul ya habían sido apalabrados. Los caciques, aunque aliados con los españoles, no se meterían en este ajuste de cuentas. Miró a Nepuyén, que había hecho la pregunta. Sabía que al indígena no le gustaba presenciar la crueldad con la que ejecutaban a los huincas en estos asuntos de venganza.
—Y si hay, ya sabes lo que füta chachai espera de ti —le contestó Calfucurá, con dureza.
Nepuyén se acomodó en su zaino, como para esquivar el deber impuesto. Calfucurá miró a su pueblo guerrero. No había un solo indígena a pie. Se le llenó de orgullo el pecho. "El indio de las pampas es el indio a caballo", pensó. Luego miró al cielo, a ese torrente luminoso de constelaciones que era la galaxia. "Ahí estas, Huenechén, en el huene-leuvú, alumbrando", pensó Calfucurá. Pero si le dirigía un pensamiento al benévolo Huenechén, también tendría que dedicarle uno al otro, al malicioso, al dañino Wecufu. Sacó su piedra azul, la miró con desconfianza. Le vino un fugaz y tenebroso gusto de cuando era mancebo.
Un Calfucurá de pocos años acechaba con lanza y boleadoras, penetraba en un bosque de caldenes. La oscuridad arreció. Y el frío. Donde mirara, parecía que les habían sacado el color a las cosas. Sintió que lo estaban cercando, que lo irían a matar con precisión de puma pampeano. De pronto, el olfato cazó del aire un olor a sangre. Y la vista captó un fulgor azulado, en el suelo, anegado en una anarquía vibrante y húmeda de sangre y entrañas de animal. El miedo lo empujó a ese misterio. Era una piedra azul, rara. Metió la mano entre las vísceras y la tomó. Sintió que algo le enraizaba el corazón, secuestrándole el aliento por un instante.
Nepuyén chistó. Señaló, allá lejos, un chajá centinela en medio de la noche. Calfucurá guardó la piedra azul y miró el pájaro. Pensó en uno de sus mapuches, que ya estaba dentro de Virgen María, listo para llevarse toda la caballada de Osorio, usando una yegua madrina para engatusar a los caballos. Ni los gauchos harapientos que estaban en el mangrullo, ni siquiera el chajá habían oído o visto al mapuche. "Porque no hay otro como el indígena de las pampas que pueda robar caballos con tanta astucia y destreza", pensó Calfucurá.
"Pero piensan, por conveniencia —pensó Calfucurá—, que somos sólo eso, ladrones. Será esa la ruina de los huincas". Desde el trono de España, desde el virreinato aquí, los españoles convencían a los huincas de américa de que los indios eran sólo ladrones, y que había que odiarlos porque no los dejaban prosperar. Pero se habían olvidado o desconocían su propia historia; habían olvidado que los Pedros de Mendoza, Los Díaz de Solís, los Juan de Garays que habían venido siglos atrás, habían venido a ocupar e invadir esta tierra, para evitar que la ocupen otros, para frenar a los portugueses, adelantados en la colonización de nuevos mundos, también ambiciosos como ellos por hallar secretas ciudades rutilantes de oro, maravillas que parecían eludir a todos los conquistadores y aventureros que se habían propuesto encontrarlas. Esto Calfucurá lo tenía bien presente. Los huincas querían la gloria y el arrebato que otros habían logrado con los Incas en el Perú; pero todas esas riquezas míticas y legendarias parecían haberse ido desvaneciendo, conforme se adentraba en la selva amazónica y se descendía por los andes peruanos hacia los confines de la Tierra del Fuego, donde aún había misteriosas tierras inexploradas. No disuadidos por las langostas, los tábanos, la arena, los zancudos, el sofocante calor, el polvo de los salitrales, las fieras y las tribus antropófagas que devoraron a los primeros navegantes en las islas del Paraná, los perseverantes españoles se constituyeron en raigambre de suelo americano; e imaginaron que gauchos e indígenas estaban aquí para servirles. Y así lo creyeron los primeros que quisieron llevarse por delante las tierras del Rio de la Plata; y así se perdieron en el viento, en polvillo de ceniza, mezclada con las primeras fundaciones incendiadas por los rebeldes indígenas, cuyo espíritu indómito y siempre rebelde había echado raíces primero, mucho antes.
Calfucurá lleva consigo, en la memoria —por más que nunca estuvo allí—, el destino de aquel primitivo puerto, Nuestra Señora de los Buenos Aires, saqueado y reducido a cenizas por los querandíes, quienes, de esa manera, le habían mostrado al Adelantado Pedro de Mendoza que no se podía someter al indígena.
"Y de la misma manera me encargaré yo", pensó Calfucurá, cacique de los mapuches, que se había propuesto enfrentar hasta las últimas consecuencias a los españoles, ingleses, portugueses y a cualquier europeo que quisiera conquistar Sudamérica.
Pero sentía una inquietud en el pecho. No sabía qué podía ser. Cimbró su cabeza el eco fragmentado del último pensamiento: "Y de la misma manera...". Miró la punta de su lanza. Miró la pintura en la cara de su fiel Nepuyén.
En un relámpago esclareció todo.
Miró a sus mapuches, como se miran las cosas que ya nunca se volverán a ver. Desmontó y se acercó a Nepuyén.
—Vuelvan a Salinas Grandes —dijo Calfucurá y le dio su lanza—. No hagan nada hasta que yo vuelva.
El asombro impidió responder a Nepuyén, que se quedó como descosido sosteniendo lanza ajena. Calfucurá buscó a Cauemay. El indígena morocho y de rostro angustiado lo miró confundido. Estaba ciego de un ojo.
—Yamacurá será vengado. Llevaré al huinca responsable hasta tu toldo, con estas manos mías —dijo Calfucurá mostrándole las palmas.
Cauemay se encrespó y quiso responder, pero Calfucurá no lo dejó hablar.
—Y veré contigo cómo le arrancas la vida —le dijo Calfucurá—. Huenechén es mi testigo —concluyó, poniéndose una mano en el pecho.
Los demás indígenas miraron a Cauemay. Como consagrando aquel imperativo, el caballo de Cauemay acercó los ollares al rostro de Calfucurá, acariciándolo. El cacique sintió el aire caliente del animal sobre el rostro. Posó la mano sobre el copete y le acarició la tabla del cuello. Todo eso pareció ser suficiente para amainar la cólera de Cauemay. El indígena asintió con la cabeza y dio media vuelta. El resto de la tropa comenzó a hacer lo mismo. El último en abandonar a Calfucurá fue Nepuyén.
Calfucurá quedó solo. Miró el cuchillo que tenía en sus manos. "No es tarea para el puma —pensó—. Aquí hace falta la yarará". Sánchez Gorena, el asesino Maestre de Campo, estaba esa noche en Virgen María, sabía Calfucurá.
El cacique guardó el cuchillo y, agazapado, se internó en la noche.
Había estado acechando ya unos cuartos de hora. Esperaba cruzarse en cualquier momento con Pichí, el enjuto mapuche que esperaba la señal para llevarse los caballos de la estancia. De faltar la señal, Pichí tenía orden de volver sobre sus pasos, sin llevarse nada. "Espero respete la orden", pensó Calfucurá. La obediencia de los indígenas tenía sus límites e intermitencias, aun siendo sumisos a la lanza de un cacique. Calfucurá esperaba escondido tras una loma. Excepto el tucu-tucu del roedor pampeano, la noche estrellada estaba silenciosa. La inconfundible silueta de Pichí se recortó en la noche. Volvía solo con la yegua. Al encontrarse con Calfucurá, Pichí quedó paralizado. Calfucurá lo mandó de regreso a Salinas Grandes.
—¿Y el malón? —preguntó Pichí.
—No —dijo resuelto, Calfucurá—. Así no va más.
Le mostró el cuchillo, para indicarle que ese cambio de planes no iría aplazar la venganza.
—Weche wentru te acompaña —dijo Pichí.
Luego se perdió en la pampa.
Calfucurá se adentró en Virgen María. Pasando detrás del mangrullo, vio salir humo y escuchó palabras de varones, arrastradas por la borrachera; cerca de la atalaya, el corral con los caballos que Pichí no robó. Unos cuantos blandengues estaban apostados, rondando las picas y los fosos, fumando y bostezando, haciendo de patrulla. A esos no les tenía miedo Calfucurá, si es que le tenía miedo a algo. Ahora que la estaba jugando de zorro, tenía que andarse con especial cuidado de los baqueanos indígenas que estaban con los huincas. Tenían un ojo increíble para ver hasta el más leve brillo. Conocían toda pisada, ninguna fauna se les escapaba de la identificación. Pero si el pulpero no había faltado a su cotidiana ambición, ya los había emborrachado hasta el desmayo o al menos les había embotado los sentidos lo suficiente como para que no avisten a ningún Calfucurá. O quiera Huenechén proveer mejor suerte: quizás eran uno de esos baqueanos traidores, que precipitaban a los guiados a la muerte o al desconcierto; uno de esos hubiera querido aquella noche, Calfucurá.
Encontró al tal Sánchez Gorena, con una china en las rodillas, la mirada ya perdida por el alcohol. Lo acompañaba un indígena, vestido como gaucho, que estaba desmayado, acostado sobre la mesa, con las crenchas grasosas y mojadas de vino, desparramadas, cubriendo naipes, semillas y algunas monedas. También un gaucho de barba larga y prolija, ensimismado en sus pesares, vestido a la manera de los de Lima, con sombrero andino, la faca brillosa y las botas embarradas. Calfucurá se sentó a esperar, escondido entre las sombras, silencioso, observando al gaucho. Los despreciaba, menos que a los españoles, pero los despreciaba. Nunca olvidó la primera vez que vio uno, siendo chico. El caballo de un gaucho se había detenido, ya no daba más. Y como caballos y vacas se habían multiplicado prodigiosamente, y eran tan baratos por esa suerte, le costaba menos al gaucho abandonar su animal, que se había roto, para buscarse otro. Vio al gaucho bajarse del caballo agotado y maltratado, sacar la faca y degollarlo ahí mismo, sin reparo alguno, sin compasión. Alguna vez fue testigo también del mismo desprecio por la carne vacuna, que, habiéndose caído de una carreta, fue abandonada allí, en el suelo, dejada al arbitrio de los caranchos carroñeros; porque valía más la molestia de bajarse y volver a subirla al carro que procurarse otra nueva. También esas eran matanzas, pensaba Calfucurá; silenciosas, cotidianas, insospechadas y harto penosas.
De hecho, le costaba a Calfucurá pensar en algo, cualquier aspecto de la vida que la había tocado sufrir, que no tenga que ver con el hambre y la matanza, en esta tierra peligrosa, llena de bandoleros, contrabandistas, piratas, estancieros, gauchos bravos, corsarios holandeses, portugueses, franceses, ingleses... Y en medio de toda esa mezcla extranjera y advenediza, más bravos y más rebeldes, igualmente salvajes, también estaban los indígenas, que, como los demás, guerreaban y maloqueaban para comer, para subsistir, para defender lo que era de ellos.
¿Y acaso él mismo no había sido amasado con toda esa arcilla de violencia, dureza y odio? Lo fue. Todo ese salvajismo se había derramado en la sangre que le corría por el cuerpo. Habría, entonces, que rebelarse contra la propia sangre, pensaba Calfucurá; si con la misma arcilla se pueden hacer distintas vasijas, él haría de sí mismo y de todos los demás, un hombre nuevo.
La empresa debía comenzar así, como en esa noche. Cobrándose sólo lo que era justo. Si no, Huenechén la haría naufragar, como lo había hecho con la flota de Pedro de Mendoza, estrellándola con una tempestad contra las costas de Brasil, para mostrarle al hidalgo que ya estaba mal parida.
Y si la epopeya comenzó esa noche... ¿Dónde habría de terminar?
"No hay lugar para el huinca en América", sentenció Calfucurá.
La resolución tomada por el cacique era tan concisa como épica: el Virreinato del Río de la Plata debía ser aniquilado.
Sánchez Gorena finalmente se cansó. Dispuesto a saborear, como pudiera entre la borrachera que lo atontaba, la golosina que estaba sentada en sus rodillas, levantó a la china y empezó a trastabillar con ella en dirección a su rancho. Invisible, como fantasma de Wecufu, Calfucurá siguió al Maestre de Campo. No atinó a invadir la casa hasta escuchar los ronquidos.
El momento llegó. Abrió la puerta lentamente. La luz que entraba por la ventana, iluminó un cuerpo desnudo de mujer, de la indígena que yacía al costado del Maestre.
La mujer estaba despierta y miró en los ojos a Calfucurá.
Si gritaba, todo estaba perdido. Calfucurá se quedó inmóvil. Todo dependía de la mujer. Pero la indígena no gritó. Sólo sacó el brazo de arriba del Maestre desmayado. Calfucurá se acercó. No le costó trabajo cargarse al hombro al Maestre. Si Sánchez Gorena diera indicios de despertarse, tendría que dormirlo definitivamente de una cuchillada; pero no quería robarle la oportunidad a Cauemay. Miró a la indígena. Sintió deseos de llevársela también. La mujer, inexpresiva, se cubrió el cuerpo con las sábanas.
Calfucurá llegó hasta el corral. Con facilidad se hizo de un caballo, impotente para resistir los encantamientos del indígena de Sudamérica. Cargó a Sánchez Gorena en el lomo y escapó del fuerte de Virgen María.
En el galope de huida, el Maestre de Campo, horrorizado, se despertó con el bamboleo y se vio a sí mismo maniatado. Con trapos en la boca, intentó un alarido de espanto, más por el suplicio que vendría que por el secuestro revelado en ese momento. Inocentemente frío, un chajá le respondió con un clangor sonoro.
El dominio salvaje de Calfucurá, Salinas Grandes, con todos los indígenas reunidos en el alba, estaba esperando a su cacique. Habían quedado desconcertados y muchos no esperaban que el moluche regresara.
En el horizonte finalmente se dibujó una silueta a caballo.
Calfucurá había pasado frío en la travesía y tenía hambre. Las vainas de algarrobo que había chupado, ya menguaban su efecto, y para cuando alcanzó su morada estaba agotado. Cauemay se abrió paso entre la muchedumbre. Miró el botín que le aguardaba arriba del caballo. Una ventisca le llenó el olfato de mierda: el Maestre se había cagado en los pantalones.
Bajó al hombre del caballo. Sánchez Gorena ensayó súplicas, prometió yerba, pesos de a miles, azúcar, lana, cueros... pero pedir perdón no se le había ocurrido.
Tampoco es que le hubiera servido.
Nepuyén le llevó charque a Calfucurá, que lo devoró, mientras recuperaba el aliento. Los indígenas rodearon a Cauemay. Por respeto, y aunque no lo disfrutaran particularmente, se quedarían a presenciar el martirio de Sánchez Gorena.
Cauemay metió la mano en el poncho y sacó el cuchillo que había heredado de Yamacurá, el hijo que Sánchez Gorena le había robado. Le rodaron lágrimas por la cara. Miró a Calfucurá, como se miran los objetos maravillosos, los prodigios que infunden respeto. Todos miraron al cacique, el hombre que había arriesgado la vida para cumplir la promesa de venganza. Calfucurá respondió con un gesto breve y compasivo. Con voz lamentosa, Cauemay empezó a decir unas palabras en querandí. Entre ellas se dijo el nombre de Yamacurá. Al escuchar ese nombre, el Maestre de Campo Sánchez Gorena volvió a pedir por su vida. Enfurecido, Cauemay le metió el puño en la boca, le estiró la lengua, y con un gesto desbordado de odio y rencor, cortó el órgano del huinca. El suelo árido se manchó de sangre. Arrojó el trozo ardiente sobre la tierra, mientras seguía profiriendo lamentos en querandí. El Maestre empezó a ahogarse en su sangre. Cauemay hundió el cuchillo en una cuenca del ojo; luego, con paciencia, repitió el tormento en el otro. Sánchez Gorena se atragantó en su propio martirio. Luego, Cauemay azotó el pecho del huinca con un golpe tremendo, que hizo temblar toda la pampa; le abrió la caja, luchó con tesón para abrirse paso entre huesos, costillas, músculos; y habiendo horadado un camino y una carnicería que ya lo tenían satisfecho, extrajo el corazón debilitado y aun palpitante del huinca y lo elevó al cielo. Luego miró a Calfucurá. Estrujó el corazón del huinca entre sus manos y lo despedazó.
Derramó más lágrimas hasta que ya fue suficiente. Guardó el cuchillo. Se incorporó y gritó en querandí:
—¡Calfucurá, cacique de todas las pampas!
Y volvió a gritarlo, una y otra vez, hasta inflamar a los demás indígenas del mismo sentimiento. Pronto, la proclama fue una sola, tan fuerte que Calfucurá sintió vibrar su propio pecho.
Juan Catriel, Cachul, Llancapú, los caciques manzaneros Ñanyel e Incayané, incluso el indómito Mayú, quizás el más temido cacique del sur de Chepes que, se decía, dormía entre calaveras y huesos: a todos uniría y con todos Calfucurá haría un puño.
Y con él aplastaría Buenos Aires.



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