Capítulo VII — Shishkin (II)
- Roman Giordano

- 4 ago 2020
- 17 min de lectura
Actualizado: 2 oct 2024
Luisa Isabel estaba sentada en un sillón suntuoso, sobre una tarima que la elevaba unos treinta centímetros del suelo. La princesa tenía una flor en la mano, que sostenía delicadamente con dos dedos. Miraba a Iván Shishkin con sus enormes ojos azules y una ceja ligeramente levantada, lo suficiente para imbuir a su rostro de inteligencia, de expectativa. Iván ya tenía el lienzo preparado, opacada la superficie con una mezcla de ocre y una pizca de verde viridiana. Pero no se decidía a hacer las primeras líneas del boceto, no había nada interesante allí que pintar. Otra acartonada representación de una princesa acompañada de coronas, cojines rojos, alhajas...
Miró a Luisa Isabel. La princesa estaba oliendo la flor, con los ojos cerrados, arrobada momentáneamente por la fragancia. Cuando los abrió y vio a Iván observándola, regresó a la postura inicial. A Shishkin le hizo feliz sorprenderla en esa distracción. Luisa Isabel sonrió. "El efímero aroma de un pétalo: no hay con qué derrotar a tan poderoso seductor", pensó Iván. Miró el lienzo, impaciente. "Ella quizás esté más aburrida que yo", pensó.
La joven princesa era prima hermana de Francisco I de Austria, pero no la prima hermana que el emperador había elegido como su esposa, en 1790. Esa mujer, María Teresa de las Dos Sicilias (hermana de Luisa Isabel), ya había muerto, hacía más de un año, cumplido con creces el destino impuesto de parir hijos —llegando a la docena—, y muriendo de complicaciones en el parto, luego de dar a luz a la hija número trece. Para Luisa Isabel, la providencia tenía otros planes, que tenían menos que ver con la fabricación prolífica de herederos y más con el subterfugio de la escena diplomática.
Iván Shishkin tuvo una idea, un relámpago que podría haber partido el bastidor, el lienzo, el palacio de Windsher-Shaltz, y quien sabe qué más. Una idea que habría sorprendido incluso a los más radicales colegas que lo esperaban en Rusia.
—Princesa... usted se está marchitando allí detenida —dijo Iván.
—¡Oh, no! —se apresuró a contestar Luisa— Usted dirá cuándo comenzamos.
—No me refiero a eso. Usted ha sido maravillosa en su paciencia. Pero verla mirar esa flor me ha dado una idea.
Luego se alejó para mirar el bastidor y los pomos de pigmentos. "Creo que puedo hallar una forma de cargarme todo en la espalda", pensó Iván Shishkin. La princesa estaba confundida. Iván se rio.
—Quiero decir... Si esa flor es la confidente de su hastío, terminaré inmortalizándola como una princesa aburrida. Algo que, estoy seguro, usted no es —dijo Iván.
Luisa Isabel lo miró en los ojos, la cara iluminada.
—No creo que usted considere divertida a la nobleza —dijo Luisa.
Iván quiso ensayar una respuesta, pero tardó demasiado. Luisa rio.
—Qué le parece esto —dijo Iván—. Vayamos a caminar. No estamos lejos del hermoso bosque de Wienersberg. Si el pulso me acompaña, trataré de pintarla de una forma distinta.
—Me vendría bien la caminata. Hace varias noches que no puedo dormir bien —contestó la princesa.
Luisa Isabel se incorporó y se acercó a Iván, que, ya pensando en Afrodita desde hacía unos minutos, y viendo caminar a la bella princesa, no pudo evitar sonreír ante la evocación del himno de Homero, y se vio a sí mismo como un animal encantado ante la diosa.
—¿De qué se trata esa forma distinta? —preguntó Luisa.
La princesa se detuvo frente a Iván, al alcance de un abrazo. Era tan alta como él. Mientras esperaba una respuesta, Luisa le observaba el rostro. Iván era un hombre apuesto, de rasgos finos, barba prominente, algo indómita, ojos serenos. Una única cicatriz en una de las mejillas, como de una minúscula punta de flecha, lejos de herir la belleza de su semblante le agregaba misterio y rudeza varonil.
—Sería una torpeza describirle lo que trataré de representar en el lienzo —dijo Iván. La belleza y el aroma de la princesa le cortaban un poco la respiración—. Ya lo verá.
La princesa sonrió.
Iván Shishkin esperaba a Luisa Isabel, con sus adminículos de pintor cargados en la espalda. Miraba el sol, calculaba horas de luz, y seguía pensando obsesivamente en esta nueva idea que estaba girando en su cabeza. Oyó los cascos de un caballo. Montando un imponente lipizzano bayo, Luisa Isabel se acercó al trote. Desmontó. Iván Shishkin, que pensaba que la princesa iría sobre el caballo, se quedó mirándola.
—Caminaré junto a usted —dijo Luisa.
Shishkin miró el vestido.
—Se ensuciará el vestido, princesa.
—Puede ser... pero creo que servirá a sus propósitos —dijo Luisa, como quién adivina.
Iván sonrió. Es un detalle que no había pensado, pero que, sin dudas, mejoraría la pintura. "Después de todo no es muy lejos", pensó.
Junto a la guardia real, empezaron a caminar por las suaves colinas de Wienersberg, tapizadas de verdes, marrones y amarillos. Luisa disfrutó plenamente el sol en la cara, los aromas, el arrullo del Danubio, el canto de los mirlos y los verderones, ver planear a las chovas. Shishkin se interesó por toda planta que se cruzó en su camino; instruyó sin que se lo pidieran, incluso a los soldados, que se mostraron curiosos. Cuando escuchaba un trepador azul o un verderón, Iván quería detenerse y demorarse todo lo necesario para captar a los elusivos pájaros, pero sabía que esa pesquisa tendría que quedar para otro día. Quería aprovechar la luz, que, en el corazón del bosque, sería más escasa. Luisa Isabel caminaba rápido, apenas cuidando que el vestido no se manchara. "Rara sangre borbona", pensó Iván Shishkin, al mirar los bordes manchados del vestido y luego el rostro blanco de Luisa Isabel. El linaje de la princesa era de la Casa de Borbón-Dos Sicilias, descendiente del antiguo Rey de los Francos, Hugo Capeto. La memoria de Shishkin pintó a gran velocidad la miniatura que alguna vez había visto en un manuscrito, con un melancólico Hugo Capeto siendo coronado. Luego pensó en la otra borbona, hermana de Luisa Isabel, María Teresa, pariendo incansablemente hijos sanos; también pensó en Isabel de Würtemberg, pariendo entre alaridos de dolor y desesperación, arrancado el hijo con fórceps que le destrozaban el cráneo y lo dejaba muerto o inútil. Material pictórico para otros, como Goya, pensó Iván. Él nunca podría pintar esas cosas. Esa oscuridad de huesos, carnes mutiladas y sangre lo angustió por un momento. Pero la magnificencia de una montaña lejana, escondida tras un brochazo azul y transparente, adornada con arbustos y bosques, le iluminó el alma. "Esas son las cosas que hay que mostrar —pensó—. Si algo puede conquistarlo todo, incluso la obstinada avaricia y barbarie del hombre, es la naturaleza y sus innumerables, maravillosos lienzos vivos". La única cura real, pensó, sería enterrarle la cara a la humanidad, aturdirle los oídos, embriagarle la nariz, deslumbrarle los ojos... con la tierra, los sonidos que son himnos, los aromas, las maravillas de la naturaleza. Porque... ¿Dónde está el que, habiendo probado el néctar de la naturaleza, quiere volver a la insípida soledad de su ausencia? Y para las mujeres y los hombres que no pudieran ser sumergidos en la naturaleza real, habría que acercarles la natura pictórica, que necesariamente debería ser realista, precisa, objetiva y al mismo tiempo poética. Esa es la tarea que Iván Shishkin se había impuesto a sí mismo.
La compasión por su estimado Mozart lo había retenido un tiempo más en Austria. Si aún no podía transcribir la naturaleza para los rusos, habría de hacerlo para los austríacos; o para quien sea, donde le tocara estar.
—¡Usted camina rápido! —dijo Luisa, riendo, tratando de tomar impulso para subir una cuesta.
Iván se dio vuelta: había dejado a la princesa atrás. Cuando estaba ensimismado en sus pensamientos, Iván Shishkin daba largas zancadas. Avergonzado, se tomó la cabeza con ambas manos y volvió sobre sus pasos. Pidió disculpas y extendió una mano a Luisa.
La mano áspera y manchada de pigmentos de Iván Shishkin, y la suave, nívea palma de Luisa Isabel, se tocaron.
Con cuidado, Iván Shishkin ayudó a subir a Luisa. Las caras quedaron a pocos centímetros. Las miradas se encontraron, las respiraciones se acompasaron. Iván sintió que tenía que alejarse de inmediato. Soltó la mano de la princesa y siguió caminando. Luisa también hizo su parte, mirando hacia un costado, tomándose un momento para observar la inmensidad verde de Wienersberg y de los Alpes, más lejos.
Llegaron al lugar elegido por Iván. Un claro frondoso, donde el sol irradiaba por detrás a un gigantesco roble, resplandeciendo en un naranja verdoso a través de las hojas. Uno de los soldados se sacó el yelmo y se apoyó en un árbol. Iván lo vio deslumbrarse con el bosque. Luisa observó un tronco, revestido de helechos, líquenes anaranjados e insectos. Uno de los soldados se acercó a Luisa.
—Permítame, alteza —dijo y pasó la mano por el tronco, rastrillando los insectos.
Luisa lo detuvo, angustiada.
—¡No! —dijo—. Estoy bien, gracias.
Luego ella misma, con delicadeza, tomó los insectos y los movió de lugar. Al ver eso, el soldado hizo lo mismo, hasta que hubo espacio suficiente para que Luisa se sentara en el tronco. Iván acomodó el bastidor y comenzó a construir la paleta de colores que utilizaría. Luisa estaba pensativa.
—¿Usted quiere que esté sentada en este tronco, verdad? —preguntó Luisa.
—Así, es, alteza.
—No me diga que planea pintarme como Afrodita —preguntó Luisa, algo avergonzada.
—Mmm... no precisamente —corrigió Iván, sonriendo—. Afrodita será ese magnífico roble colmado de epífitas y pájaros. Usted será sólo una de las bestias salvajes que han caído bajo su encanto.
Luisa Isabel rio a carcajadas. Iván también rio. Los soldados se miraron entre sí. Uno de ellos no pudo evitar hacer una mueca cómica.
—¡Qué buena idea! —dijo Luisa.
—Todos somos bestias encantadas ante la naturaleza, ¿no lo cree? —dijo Iván— Usted no es la única, alteza.
—Así es... —dijo Luisa Isabel, incorporándose del tronco— ¿Puedo sugerir algo, maestro?
—Dígame Iván, por favor, alteza —pidió Iván Shishkin.
—Está bien. Pero usted también dígame Luisa. ¿No sería mejor si estuviera sentada en el suelo?
Iván la miró sorprendido. "Sería fabuloso", pensó.
—No me atrevería a pedirle eso, señorita Luisa —dijo Iván.
Luisa se sentó en el suelo. Iván Shishkin la observó. Las miradas volvieron a encontrarse, inocentes y francas, sin una sola pizca de seducción. Iván observó el cuerpo de la princesa. Tuvo una idea, pero le parecía un poco atrevida; intuyó que la única forma de llevarla a cabo sería hacerla directamente. Se acercó a la princesa. Sentada en el suelo, Luisa Isabel parecía una flor, erguido su cuerpo como un estigma rosado pálido, entre los pétalos verdes y oscuros que eran las telas de su vestido, recostado en la tierra. Iván se agachó cerca de la princesa. Sintió vértigo ante lo que estaba por hacer, pero, al mismo tiempo, supo que le estaría permitido.
—Permítame —dijo Iván Shishkin con suavidad.
Acercó sus manos a los pies de Luisa Isabel. Levantó un poco el vestido hasta que sus pies le relumbraron la vista. Con una mano tomó el zapato y acercó la otra a la carne del pie, sin tocarla. La miró en los ojos, para cerciorarse que le estaba permitido. No encontró objeción alguna en la mirada plácida, inocente de Luisa.
Aun así, no podía hacerlo; no podía tocar los pies de Luisa Isabel de Borbón. Alejó las manos.
—Sería maravilloso si usted... —dijo Iván y carraspeó— si tan solo pudiera, apenas...
—Claro —dijo Luisa y se sacó los zapatos.
Iván Shishkin se incorporó. Sintió que la cara le hervía de vergüenza.
—Muchas gracias, princesa. Entenderá que le pido esto porque la idea es...
—Entiendo, Iván. Es una idea maravillosa —dijo Luisa, entusiasmada.
—Usted es maravillosa —dijo Iván, riendo.
Luisa también rio al tiempo que negaba con la cabeza.
—Gracias de nuevo —dijo Iván—. Ahora si usted pudiera mirar hacia el roble, justo donde esos rayos pasan debajo de aquella gran rama —le pidió, señalando hacia el roble.
—Cómo no... —contestó Luisa. Guardó sus zapatos bajo el vestido.
—No —dijo Iván—. Sería mejor si usted dejara los zapatos a su lado. Cerca de sus pies.
Iván no quería que Luisa se desprendiera de las cosas asociadas a su mundo: las joyas, las delicadas telas, el brillo de los encajes. Era importante verla a ella, una noble Borbón, subyugada, en el suelo, contemplando el imponente y desmadrado roble. Esa era la idea que había llegado como un relámpago: si tendría que pintar a la nobleza para complacer los encargos de la señorita Catharine, lo haría de una manera nueva; aunque todavía no estaba seguro de cómo reaccionaría la mecenas ante esa idea.
—¿Está usted cómoda? —preguntó Iván— Estará sentada así un buen rato...
—Estoy bien, Iván. Gracias.
Iván caminó hacia el bastidor. Preparó sus pinceles. Oyó que uno de los soldados se acercaba, movido por la curiosidad. Al verlo, tuvo otra idea.
—¿Le gustaría estar en la pintura, soldado? —preguntó Iván Shishkin.
El soldado miró a Luisa Isabel.
Con el boceto ya sugerido en el lienzo, Iván comenzó a pintar el vestido de Luisa Isabel. La princesa y los soldados, ubicados atrás de ella, estaban en la esquina inferior izquierda del cuadro, mirando hacia las copas colmadas de epífitas del gran roble, que ocupaba la mayor parte del espacio, recortada y glorificada su silueta por los rayos rojizos y dorados del sol. Iván Shishkin había decidido que el mayor nivel de detalle estaría reservado para el árbol y todo el paisaje natural; y, en segundo lugar, para el rostro de Luisa Isabel, cargado de sentimiento y admiración. ¿Era esta su forma de enfrentar el cambio de gusto que se estaba dando en Europa, hacia la pintura romántica primero y luego hacia el surrealismo? Pensó en Mozart: debía contarle a su amigo este nuevo descubrimiento, esta nueva forma de enfrentar el narcisismo que Iván creía estaba empezando a infectar a muchos pintores, más preocupados en trascender ellos mismos, en no ser eclipsados por sus obras. ¿Desde cuándo esta megalomanía? Las reyertas y competencias feroces existían desde Miguel Ángel y Da Vinci; pero, incluso en esas fulgurantes estrellas, que se disputaban la escena artística del momento, la abnegación era en beneficio de sus obras y no de ellos mismos. Iván Shishkin no era, en la concepción que tenía de sí mismo, muy diferente a un pincel, un pigmento o un lienzo belga. Iván gozaba ya de cierta notoriedad en el mundo artístico. Elogiaban su capacidad técnica, su habilidad para el grabado y el dibujo, y lo entronizaban como un nuevo adalid del paisaje poético. Pero para él mismo, otros, más capaces y audaces que él, eran más dignos de esas alabanzas, como Joseph Turner o Caspar Friedrich. Sobre todo, Turner, al cual consideraba inigualable, con esas pinceladas veladas y misteriosas. Pero él, Iván Shishkin... había tomado el lugar de traductor, de transcriptor; se adjudicaba, con mucha humildad, las virtudes de un observador paciente, detallista, apasionado de la naturaleza. Pero por más que intentara despojarse de valor, la medalla de oro otorgada por la Academia Imperial y la beca para enriquecer sus capacidades en Europa hablaban con más elocuencia.
Tenía que escribirle a Mozart. ¿Qué estaría haciendo Wolfie? La muerte de su hermana lo había acercado aún más a la bebida, los dados y la lujuria, vicios que ya desgarraban la fibra moral del salzburgués. Tenía que decirle lo que había surgido, así sin pensarlo, casi sin planearlo... ¿o era que esa idea ya estaba escondida en su mente, y simplemente había sido iluminada por este chispazo feliz que resultó ser Luisa Isabel? Como sea, tenía que escribirle pronto o verle...
—¿Qué cree que pensará la señorita Catharine de esto? —preguntó Luisa Isabel.
"Hmm...", pensó Shishkin. Sin duda, reflexionó, esta era una de las ideas más impopulares que había tenido: "rebajar" los reyes y las princesas al plano de los animales, de las bestias, de los súbditos de la naturaleza. "Nada que estuviera muy equivocado —pensó Iván—. Pocas cosas hay más ciertas que todos somos súbditos de ella", pensó Shishkin. Pensarlo, todavía no era un crimen.
Representarlo, por otro lado...
—La señorita Catharine estará complacida si usted lo está, princesa —contestó Iván.
El exagerado optimismo hizo reír a Luisa Isabel. Una ráfaga hizo crepitar en siseos las hojas del bosque.
—Lo dudo, Iván. Pero es verdad, soy la princesa. Si me complace a mí, me daré por satisfecha. No quisiera imponer gustos en los demás —dijo Luisa.
"Ojalá otros fueran como ella", pensó Iván.
—Sé que es difícil, pero ahora necesito que esté usted quieta —dijo Iván.
—Sí, discúlpeme —dijo Luisa.
—Puede hablarme si quiere —dijo Shishkin—, pero necesito por un momento que se quede en esa posición.
—Entiendo —dijo Luisa.
Un mechón rubio caía sobre la cara de Luisa Isabel, tapando un poco sus ojos.
—¿Le puedo pedir que corra el pelo de su mejilla? —preguntó Iván.
Luisa se corrió el cabello.
—No pude dejar de ver una cicatriz que usted tiene en la mejilla... —dijo Luisa Isabel.
Y no dijo más, como por prudencia. Iván Shishkin recibió un torrente que inundó todos sus sentidos: olor a explosión, metal, tierra en las manos, gritos, dolor...
—De todas maneras, no me incumbe. Perdone por preguntar —dijo Luisa.
—No, princesa —dijo Iván— Me quedé pensando...
El pincel abandonó el rostro de Luisa y fue hacia uno de los soldados. Comenzó a pintar las partes oscuras de los uniformes.
—Una beca me permitió salir de San Petersburgo y conocer Suecia, brevemente, hace unos años. ¿Oyó del atentado que sufrió Guillermo, el hermano de Gustavo III?
—Sí —dijo Luisa.
—¿Puede creer que estuve allí? —dijo Iván.
Luisa Isabel lo miró, sorprendida.
—¡No me diga! —dijo Luisa.
Sin dejar de pintar, Iván se dejó arrastrar por el recuerdo.
Lo primero que había visto Shishkin, cuando regresó a la conciencia, fue su pierna lastimada y, más lejos, la mano rígida de un cadáver anónimo, que emergía de los escombros. El jefe de la policía, Halsten Kilsson, la cara lastimada y sucia, sumida en la confusión, le hablaba a otro hombre, que no dejaba de mirarse el saco y que tenía en la mano pedazos del dispositivo que había detonado bajo el carruaje del rey, Guillermo Holstein-Gottorp. Shishkin se incorporó, miró su bastidor hecho pedazos, sus pinceles desparramados, sus manos mezcladas de óleo y sangre, las tiras metálicas, los cadáveres ennegrecidos, retorcidos...
La primera bomba había sido arrojada entre las patas metálicas del autómata que empujaba el carruaje real; pero había chocado cerca de una de ellas y detonado un poco lejos. Shishkin, que estaba pintando el desfile, más alejado, no supo nada hasta que fue espantado por el tronido. Algunos policías y otras personas que estaban cerca murieron en el acto; el resto de los policías se abalanzó sobre el homicida, que quiso huir entre la gente. Lo abatieron a balazos cuando intentó sacar un arma del saco. La gente comenzó a huir en estampida, a gritar horrorizada.
—¡Dios mío! —dijo Luisa Isabel.
—Pensé que había pasado todo —dijo Iván—, así que me quedé un momento, quería mirar dentro del carruaje cuando pasara cerca de mí. Pero todavía no había terminado. Los revolucionarios tenían muy buena información sobre el accionar de la policía. La primera bomba había sido una especie de trampa para desviar la atención. Había dos hombres más, entre la muchedumbre, más adelante.
El corcel autómata y dorado aceleró el paso, pasó cerca de donde estaba Shishkin. Iván oyó un clank metálico, proveniente de la calle de enfrente, y vio otra bomba siendo arrojada abajo del carruaje. Luego lo cegó momentáneamente un fulgor y un estruendo, pero menor en potencia que la bomba anterior.
—La segunda bomba no fue tan intensa como la primera —dijo Iván—. Pero alcanzó para dañar al autómata e inutilizarlo.
El vehículo, maltrecho, dio unos estertores metálicos antes de cesar su movimiento. La segunda bomba desorientó por completo a la policía. Podía leerse el terror y el desconcierto en sus caras. Las puertas del carruaje se abrieron. El griterío era ensordecedor.
—Vi salir a Guillermo, cubriéndose la cabeza con las manos —dijo Iván—. Luego un movimiento raro entre la muchedumbre me llamó la atención. Apareció un tercer hombre, con la cara ensombrecida bajo una boina. Tenía algo brillante entre las manos. Empujó a una mujer e hizo rodar una bomba hacia los pies del rey. Me cubrí el rostro y oí un estruendo impresionante. Sentí como un huracán que me abatió, y un golpe en la cara y en la pierna. Recuerdo al rey siendo devorado por un fulgor blanco.
—Qué terrible... —dijo Luisa Isabel, angustiada.
—Sí... —dijo Iván Shishkin— La explosión le destrozó todas las piernas. Agonizó y murió en los brazos de su hermano, dicen.
—Dios... —exclamó Luisa.
Iván se tomó un momento para recuperar la compostura. Limpió la paleta de colores con un trapo.
—Qué tiempo terrible nos toca vivir —dijo Iván, suspirando—. Pero los enfrentaremos con pincel en mano —añadió con renovada alegría—. Y, además, tenemos un día espléndido. Hoy hace calor y los colores de la naturaleza gritan.
Luisa sonrió.
—Bueno, no quiero distraerlo más —dijo la princesa.
—Por favor —dijo Shishkin—. No falta mucho para quede usted liberada.
Iván suspiró. Movió el pincel y al mismo tiempo espantó la angustia y el recuerdo.
La princesa caminó hacia donde estaba Shishkin. Antes de que llegara donde estaba el cuadro, Iván puso una tela encima. El sol ya estaba por desaparecer en el bosque, hacía frío.
—No puedo ver, ¿no? —preguntó Luisa.
—¡No, aún no! —dijo Iván, sonriendo.
Al verla tiritar y frotarse los brazos, uno de los soldados se acercó rápidamente con una piel de armiño. Iván vio a Luisa Isabel mirar con desagrado la cara del animal disecado, negar el ofrecimiento del soldado con una sonrisa amable.
—Antes de irnos, acompáñeme un momento —dijo Iván Shishkin.
Luego, se deshizo de su saco y lo ofreció a la princesa.
—Morirá de frío —dijo Luisa Isabel, tirándose el saco sobre los hombros.
—Dicen que los jóvenes aborígenes de Sudamérica —contestó Iván—, ya desde los diez años, haciéndole frente a las amenazas de los españoles que tratan de infundirles miedo, responden "Ya soy un hombre. Puedo morir". Si ellos no temen a la muerte, ¿cómo puedo yo temer al frío, tanto más amable y menos definitivo que la muerte?
Luisa rio.
—Creo que tengo la solución para su mal de sueño —dijo Iván.
Caminaron un poco, sin los guardias, que, suspicaces, esperaron sentados en unos troncos viejos. Shishkin caminaba cuidando sus pasos, tratando de no lastimar ningún helecho, arbusto, insecto, liquen, hongo, o cualquier otra manifestación de la naturaleza; tratando de no quebrar ninguna rama, esquivando telas de araña y abriendo el oído ante el canto de los pájaros. Luisa Isabel lo imitó, sorprendiéndose de lo descuidada que había sido hasta ese momento. Lo preguntó todo. Iván compartió con generosidad lo poco que sabía. Luisa parecía maravillada ante cada dato.
Iván se detuvo al dar con unas plantas de tallo largo y hojas pinadas, que culminaba en una copa de forma triangular, tupida de pequeñas flores rosadas pálidas.
—Aquí está —dijo Iván— Valeriana officinalis...
Luisa admiró la planta.
—Tomaremos sólo un poco, necesitará la raíz para hacer una infusión —dijo Iván.
Luisa acercó la nariz a la planta.
—Oh... —dijo Iván— la decepcionará. Cuando prepare el té notará que tiene un olor desagradable. Pero hará que duerma bien.
—Pensaba en algo —dijo Luisa—. Esto que estamos haciendo... —carraspeó—, que usted está haciendo, perdón...es algo nuevo, importante, y merece estar presente en las galerías...
La idea lo ponía nervioso. Al mismo tiempo, parte de su corazón palpitaba de vértigo por esta posibilidad de una nueva aventura; pero la otra parte latía angustiosa. Le dolía ver el entusiasmo en el rostro de Luisa Isabel, porque él necesitaba volver a San Petersburgo, a su casa de campo, donde soñaba con volver a las caminatas y a los paisajes.
Sintió que confiarle la verdad era lo más apropiado. Ella se lo merecía.
—Luisa... me encanta lo que dice, pero tengo que regresar a Rusia.
Vio que un poco de la luz en Luisa se apagó. Pero la princesa era tenaz.
—Qué le parece esto —dijo Luisa—. En dos meses habrá una exhibición importante en Viena. Sería una pena que sus pinturas no estuvieran. Sólo dos meses más...
Shishkin suspiró. Tenía planes de conformar una sociedad de pintores, con sus colegas que estaban generando revuelo, allá en Rusia, para enfrentar el clasicismo que emanaba de la Academia Imperial de las Artes. Quería pintar los paisajes del Volga, retratar a los campesinos, a las lavanderas; mostrar Rusia al mundo entero y, sobre todo, a los mismos rusos. No quería hacer exposiciones y que la gente venga a ellas; quería llevar las exposiciones a las provincias, acercarlas al hombre común, al pueblo ruso.
Pero también lo entusiasmaba esta idea nueva, tan osada como las demás; diferente, pero igual. Tenía que contarle de esto a Iván Kramskoi, aunque eso significara recibir las diatribas que ya anticipaba. O quizás no; quizás Koi, crítico y rebelde como era, aprobaría esta audacia.
Miró a Luisa en los ojos. La expectativa centelleante en los ojos azules de Luisa Isabel lo hizo sonreír.
—Está bien —dijo Iván.
La princesa brilló de nuevo.
Y de repente no hubo más que decir u opinar. Pero ninguno de los dos parecía decidido a moverse, a emprender el regreso. Shishkin sintió que una tensión sensual quería acercarlos. Sintió que dar un paso más hacia Luisa Isabel significaría el fin y el comienzo de todo; y si ella diera un paso hacia él, sería lo mismo. Si se alejaba, en cambio, la tensión desaparecía momentáneamente; y no habría que explicar nada. Todo quedaría suspendido, aplazado. Era lo que había que hacer; lo más difícil, pero lo correcto.
Sin dejar de mirarlo a los ojos, Luisa Isabel retrocedió un paso, apoyándose contra un abedul, tirando con un hilo invisible de Iván Shishkin. Lo que había que hacer, pensó Iván, no había cambiado; pero verla retroceder lo había complicado todo. Dio un paso hacia Luisa, que era lo mismo que dar mil pasos. Acercó su rostro. Sintió el aire caliente de la respiración agitada de Luisa, el aroma de su piel. Sus narices casi se tocaban. Las miradas recorrían los labios. En un fugaz momento de lucidez, se detuvo, intentó la imposible escapatoria. Pero se dio cuenta que mirar así los labios de Luisa Isabel, mirarla como la estaba mirando, era como haberlo dicho todo. La miró una vez más en los ojos, antes del fin de todas las cosas, antes del devenir de lo desconocido. Cerró los ojos.
Oyó el abedul rechinando cuando apretó su pecho contra el de Luisa Isabel.
La besó.



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