Capítulo VIII — El Criollo (III)
- Roman Giordano

- 22 ago 2020
- 13 min de lectura
Actualizado: 16 sept 2022
16 de agosto — Madrugada
San Martín vació una jofaina de agua fresca sobre su cabeza. Apartado, escuchaba discutir al Comandante de Voluntarios, Narciso de la Valette y al Sargento Mayor de Ultonia, Enrique O'Donell. Enrique estaba de pie, inquieto. Narciso, comandante de la salida que habría de hacerse en la mañana, estaba sentado cerca de una mesa. El ruido de una máquina de afilar impedía que San Martín oyera con claridad la discusión.
Duhesme no daba respiro a Gerona. Horas y horas ininterrumpidas de bombardeos estaban descascarando la ciudad. No imaginaban los gerundenses que sus amadas parroquias, sus torres, y otros tantos lugares con nombres de santas y santos, podían, al convertirse en guarniciones del enemigo, ser transformados en monstruos iracundos que espetaran tanta rabia y saña contra la pequeña ciudad. El espantoso bramido de las granadas y la pólvora estallando, cubrían a Gerona de una densa angustia y zozobra.
La noche era muy calurosa, vedadas las estrellas por nubarrones cargados. Intervalos de lluvia y ventisca sofocante arremolinaban las mortales neblinas de veneno turquesa; avivaban o asfixiaban el fuego. El viento, cambiante, arreciaba, infectando con veneno cada rincón de la ciudad.
San Martín se acercó a los oficiales. Pasó cerca del afilador, un hombre de patillas prominentes, moreno, ojeroso y empapado de transpiración, que aguzaba unas bayonetas, ayudado de una pequeña máquina de vapor.
—Comandante... —quiso empezar a decir Enrique. Las gotas caían de su frente al inclinarse.
—La acción será conjunta, sargento —interrumpió Narciso—. ¿No estuvo usted en la reunión?
—En eso no hay discusión, señor —dijo Enrique—. Lo que digo es que, en cuanto grite la campana de la catedral, deberíamos lanzarnos a todo o nada.
San Martín vio en el rostro de Narciso de la Valette la preocupación de un hombre que sabe que lo que le dicen es cierto, pero también arriesgado. "O'Donell tiene razón —pensó San Martín—. Un ataque veloz y temerario puede dar vuelta las cosas". Y era necesario: un parte del comandante de ingenieros había dado cuenta del malísimo estado en que se encontraba Montjuic. Narciso había llegado con su gente desde Castellar, en el momento justo en que la Junta de Gerona se enteraba de la situación. No había tiempo ni lugar para equivocaciones. La acción unida, veloz y certera de las fuerzas libertadoras de Caldagués y los suyos, más la guerrilla que habría de salir del castillo desde los fosos, para atacar de frente, eran clave. El conde de Caldagués, junto con Juan Clarós, atacarían las baterías que asolaban Montjuic, por el flanco y por la espalda. Las tropas comandadas por Narciso de la Valette y Enrique O'Donell subirían hasta la torre de San Daniel, y las tropas del castillo emergerían del foso para atacar de frente.
—Lo que usted está diciendo, es que no hay tiempo para usar la artillería —dijo Narciso de la Valette. Luego miró la bayoneta que afilaba el hombre moreno.
—Eso es lo que digo, señor —dijo Enrique O'Donell.
"Nuestra mejor opción es destruir las baterías", pensó San Martín. Si con el número de hombres no era posible hacer desistir al enemigo, había que quitarle los dientes con los que estaba mordiendo a Gerona. "Y si se va la vida en ello, pues que se vaya", pensó.
Hubo un silencio. Narciso tomó un poco de vino que estaba en su vaso. Lo apoyó en la mesa, haciéndolo girar, meditando. Miró a San Martín, con secreto desprecio. Miró las bayonetas afiladas que estaban en el suelo.
Un estruendo hizo temblar la casa. Llovió polvillo desde el techo. Temblaron las lámparas de aceite. Todos dirigieron la mirada hacia la ventana. Lejos, una nube turquesa que acababa de estallar, se dispersaba en la ciudadela, ahuyentando a sus horrorizados habitantes. Eran los estertores de los últimos bombardeos. Habría una noche oscura y silenciosa. Iluminada sólo por escasas fogatas.
—Lo mejor es que no lo esperan —dijo Narciso, empezando a convencerse—. Franceses de los cojones...
Enrique miró a San Martín, arqueando las cejas, como diciendo "Creo que lo estoy convenciendo".
—Es una maniobra arriesgada, señor —dijo San Martín—, pero que puede cambiar...
—Dos frentes —le dijo Narciso a Enrique, como si San Martín no existiera —. Usted comandará los suyos y algunos hombres del segundo regimiento de Barcelona —acercó un mapa—. Saldremos por el lado de San Pedro.
Enrique, visiblemente complacido, golpeó la mesa con el puño. San Martín miró sus botas. Tomó una toalla para secarse la cabeza. Miró la parte del mapa que Narciso de la Valette señalaba con el dedo. Se dio cuenta que Narciso pensaba usar el camino en zigzag que conduce a Montjuic, manteniendo ocultas las tropas de la vista del enemigo.
Recordó la lectura de las órdenes que había traído el mensajero de Caldagués. Cuando se escucharan las campanadas de la catedral de Campdurá, significaría que Clarós, ya habiendo desalojado a los franceses de San Miguel, había tomado el campamento. Sería ese el momento de moverse y atacar.
Enrique salió de la casa. Narciso tomó el vino que le quedaba en el vaso. Se incorporó. Miró a San Martín, desafiante, cáustico, y salió del recinto, poniéndose la máscara Hasboldt y cerrando la puerta con violencia. San Martín usó la toalla para limpiar el vaso que dejó el comandante. Sirvió vino. Le ofreció el vaso al afilador moreno. Un poco sorprendido, reacio por cautela, el hombre tardó en tomar el vaso que le ofrecían. Finalmente apagó la máquina y bebió, sonriendo. San Martín se sirvió muy poco vino en otro vaso y lo vació de un sorbo, la vista fija en el filo de la bayoneta.
—¿Está contento? —dijo San Martín, mirando al hombre.
—Sí, señor —dijo el hombre— El Conde ya está en Castellar, eso es buena noticia, ¿no?
San Martín asintió. "Vaya que es buena noticia", pensó. Pero lo que más lo entusiasmaba era la acción temeraria que irían a hacer la Valette y O'Donell.
"¿Alcanzará con eso?", pensó.
16 de agosto — cerca de las 8 A.M
Frente a él, San Martín, estaba el infierno, o el "afuera", que era lo mismo. Unos cuantos pasos, unos pocos metros y ya dejaría de estar bajo el cobijo de la plaza de San Pedro. Pero estaba donde quería. Si había una oportunidad para Gerona, San Martín pensaba que estaría mejor asegurada en la audaz determinación de Narciso de la Valette y Enrique O'Donell. Por eso había elegido acompañarlos.
Secó el sudor de su frente y dio un vistazo general, mirando los leones, las granadas flamígeras y las cornetas de caza, emblemas dorados de los uniformes de la infantería, refulgentes en la calurosa mañana, vestida de un cielo despejado, adornada con un disco amarillo de implacable incandescencia. San Martín vestía un sombrero bicornio oscuro, de bordes dorados, con una cucarda roja; casaca azul, con faldones vueltos, pantalón blanco, botas negras y un sable corvo que pendía de la cadera. A su lado, un Cazador de piel bronceada, joven, con las vueltas de las bocamangas violáceas, sostenía con firmeza su fusil y se ajustaba el correaje doble. Apretaba las mandíbulas y se armaba de coraje. También había bravos migueletes de Tarragona y de Gerona, entre ellos su estimado Julián O'Daly; cañones, con todos los adminículos necesarios para quemar baterías...
Mientras tanto, la embestida continuaba: bombas incendiarias, descarga de balazos bajos contra las edificaciones... Gerona seguía siendo acribillada. No menos de cuatrocientas bombas, sin contar las granadas, habían escupido las baterías francesas. Pero entre la cacofonía de los estruendos, los gerundenses, corajudos, eran capaces de encontrar algo de sosiego. Lo que no podían soportar más eran las bombas venenosas, que esparcían, por igual, ponzoña y horror. "Gerona podría ser acribillada hasta ser convertida en harina, y aun así los gerundenses se mantendrían de pie", pensó San Martín; pero se le arrugó el corazón al rememorar las consecuencias del veneno de las granadas. Apenas diez personas habían muerto en los bombardeos. Pero los que habían fallecido horriblemente por las convulsiones del envenenamiento eran más... y la huella que habían dejado ya no podría ser borrada. "Hay que acabar pronto con esto", pensó San Martín.
Sintió que la hora se acercaba. En todos los rostros latía el miedo y la rabia, entreverados en una expresión indescriptible. Las bayonetas apuntaban al sol, ansiosas. Ni cañones o espolones decidirían esta batalla. Sería como había dicho O'Donell: con el acero y a todo o nada.
Como dándole la oportunidad, las puertas se abrieron. Antes de salir, San Martín miró atrás. El coronel Richard O'Donovan, lejos, elevado sobre una muralla, abrazado por un cielo de amanecer anaranjado, ordenaba la artillería.
Era la última vez que lo vería.
Poco después de las nueve, las campanadas de Campdurá rompieron el silencio.
—¡Veamos de qué están hechos estos franceses malditos! —dijo Narciso de la Valette.
Nadie dijo nada, porque la gritería estaba prohibida, pero San Martín sintió que todos los corazones gerundenses estallaron. Irresistibles y enardecidos, los militares comandados por la Valette y O'Donell salieron de Gerona, con las bayonetas al frente, en dirección a San Daniel. El tumulto era impresionante. El pecho de San Martín retembló, lo mismo que todo el suelo bajo sus pies.
Al ver la estampida española, sorpresiva, ya imparable, las caras de los franceses que iban apareciendo ante San Martín se iban desfigurando con el espanto. Los brazos de la Valette y O'Donell señalaron un hueco derruido en la torre de San Daniel. Penetró el boquete una marea indómita de soldados, que asoló todo lo que estaba a su paso. Los españoles cayeron sobre las baterías francesas, sin disparar una sola bala, despedazándolas a punta de bayoneta. San Martín comandó los migueletes, con los rayos de Marte refulgiéndoles en los ojos, que treparon escombros y troncharon los pechos de los franceses; peleó codo a codo con sus somatenes, combinando sable y pistoleta, astucia y fuerza bruta. Julián O'Daly empezó a matar enemigos, armado con dagas y hachetas. Descargaron los fusiles franceses, con más confusión que puntería. El aire se inundó de polvillo y humo. San Martín corrió el aire con las manos; se encontró con más rostros franceses, aterrados y confundidos. Sorteando los escombros, vio a tropa y milicia, sin distinción, acometer al enemigo con velocidad, nervio y bravura. Pero también atestiguó lo caro que valía cada francés, siendo sus virtudes objeto de equilibrado desdén y admiración: el uso de los fusiles, la cadencia resuelta, sin titubeos, la puntería, la combinación de unidades... y, aun así, con toda esa eficacia, no pudieron estos franceses frenar la desbordada resistencia gerundense. San Martín fue testigo del arrebato de los españoles, que, como trepadores febriles, avasallaban los obstáculos y se lanzaban sobre las caras y las cabezas de los franceses, machucándolas con las culatas de los fusiles, los mangos de las pistoletas; hincando los ojos con baquetas, con las uñas, incluso con los dientes; mordiendo las costillas y los hombros a marrazos; cortando los cuellos; ahorcando los collarines de las casacas, manchados de sangre, para asfixiar al enemigo. Entre la bruma de la batalla, San Martín distinguía aquí y allá las gorras azules o coloradas de los somatenes, y los veía lanzarse con gloriosa temeridad, sin preocupación por el mañana, con las camisas arremangadas, a pecho descubierto, con todo el peso de sus cuerpos en las bayonetas, que, famélicas, buscaban la carne blanda del enemigo.
Luego de cortar el pecho de un francés y ensartar el sable en los riñones de otro, San Martín se tomó un respiro. No veía más que espaldas francesas: el enemigo huía. Los franceses se retiraron hacia las torres de San Narciso y San Luis, un kilómetro al norte y al oeste de Montuic. "De la boca del lobo a las fauces del oso", pensó San Martín: las tropas que estaban en los fosos junto con las demás asolarían a los franceses en su retirada.
De pronto hubo pocos enemigos con los que pelear. Julián O'Daly se acercó a San Martín.
—¿Qué es eso? —dijo el miguelete, señalando la torre de San Luis.
San Martín sacó un monocular. "Refuerzos", se dijo mentalmente. A través del lente, veía con claridad un batallón de suizos, que asistía a los franceses. San Martín sintió una ponzoñosa amargura en el pecho. La cortó un griterío que se oyó por detrás. Al frente de soldados y migueletes, oficiales y comandantes dirigían a sus hombres hacia la torre de San Luis. San Martin y O'Daly se unieron a la muchedumbre.
San Martín vio como Enrique O'Donell le abrió el estómago a un francés. Los granaderos de Tadeo Aldea, bravos como nadie más podía serlo, a punta de bayoneta, cayeron sobre unos suizos. San Martín entró en escaramuza con un enemigo. Tropezó con unos escombros. En la caída, alcanzó a tirar de las correas del enemigo. Francés y criollo cayeron sobre una pared derruida, golpeándose la cabeza el uno y perdiendo el sable el otro. San Martín tomó de las correas al enemigo, y aprovechando su confusión lo arrojó lo más fuerte que pudo contra el suelo. Le puso una mano sobre la cara, tomó el sable y se lo hundió en el corazón. Atrás, escuchó un grito de dolor, de una voz conocida. Al darse vuelta vio a Enrique O'Donell, tirado en el piso, tocándose el costado. Un soldado francés yacía muerto sobre su torso. San Martín corrió hasta Enrique y lo ayudó a levantarse. Se dio cuenta que el sargento ya no podría continuar la batalla.
—Recobren San Luis —le dijo O'Donell, la cara retorcida de dolor—. Fusile a cualquiera que ose retirarse.
Unos hombres asistieron al sargento mayor y se lo llevaron. La orden de fusilar no sorprendió a San Martín; ya la había escuchado antes, de labios del gobernador Bolívar.
Un estruendo lo sacudió. Volaron escombros. Se levantó una nube de polvillo que le embarró los labios y le tapó la nariz. Cuando la humareda se dispersó, vio una partida de granaderos de Soria entrar en escaramuza contra los suizos y los franceses. Vio otro enemigo, que se paró a enfrentarlo. Unos metros a su izquierda, percibió un refucilo y oyó un tronido. Un balazo perforó la mejilla del francés que lo enfrentaba, que cayó como un saco de papas. Giró la cabeza para identificar al oportuno aliado: era su bravo miguelete, Julián O'Daly. Siguió guerreando. Trepó una pared de escombros y casi fue sorprendido por la bayoneta de un francés. Logró desviarla con el sable, pero sintió que ese enemigo estaba imbuido de una potencia formidable. El instinto lo hizo retroceder. Buscó algo más con qué asistirse. No era esta batalla para el sable. Tomó un fusil que encontró. Apretó el gatillo, pero nada. Lo tomó por el cañón y lo usó como una maza. El francés contuvo el golpe y ambos fusiles resbalaron de las manos. Desenfundó el sable y enfrentó al francés que también desenfundó el suyo. La intuición lo convenció de que el francés, de alguna manera, era más hábil que él. Estaba en lo cierto: el húsar lo cortó en el muslo, luego en el brazo derecho. San Martín retrocedió. "¡Ya estoy, señor!", escuchó que alguien decía, atrás de él. Se dio vuelta. Vio a un somatén aliado, cebando un fusil. Al ver eso, el francés huyó, perdiéndose entre la humareda. San Martín miró al somatén, agradecido y siguió adelante.
El humo se disipó, el sol brilló adelante. Vio que tropas de las fuerzas libertadoras habían recobrado una batería. Sintió que la reñida torre de San Luis estaba asegurada.
Gerona tomó ventaja. Una brigada de artilleros descosió la maraña de cañones que arruinaba Montjuic y robó las municiones y las piezas de artillería.
Con sus mismas armas, los franceses eran repelidos.
Entrada la noche, ya no hubo un solo paso firme o ventajoso para los franceses. En ese punto, fueron abatidos en todo momento. San Martín se dio cuenta que los generales enemigos no dieron prueba alguna de astucia militar. Luego recordó: "Duhesme no es Napoleón". Pero el mismísimo emperador francés hubiera palidecido de miedo al ver a los intrépidos españoles. San Martín trajo de nuevo a su mente la imagen de Julián O'Daly, zambulléndose en la boca de una tronera, en el asalto a las torres de San Luis, seguido en la intrepidez por otros soldados barceloneses; para luego salir cubiertos de sangre, o entrelazados en lucha con franceses, rodando por el suelo, ahorcándose con estandartes, golpeándose con escombros, chuzos o cualquier objeto que sirviera para quitar la vida.
Muchos franceses sucumbieron batallando; otros perecieron arrollados, incapaces de torear la acometida española; otros tantos huyeron envueltos de horror; mas, luego, quisieron reparar el orgullo volviendo sobre sus pasos, para recuperar las piezas de guerra que habían dejado. Pero los Granaderos de Sória, mandados por el teniente Tadeo Aldea, cortaron de cuajo aquella esperanza.
Y llegó el brigadier, Conde de Caldagués. Antes de tiempo, Raimundo Caldagués y Remond, apiñado con más de tres mil hombres entre zapadores, granaderos, fusileros, artilleros y demás, secundado por tenientes tan capaces como él, abierta ya la brecha, obligó a retroceder al enemigo. Sin más remedio que la retirada, los franceses se guarecieron en el llano de Sarriá y en Puente Mayor, empujados allí por las tropas de Montjuic y Clarós, que lograron abrazarse triunfalmente y estrujarlos. Protegidos y secundados por su Caballería, el enemigo quedó recluido y acechado. El Conde de Caldagués, desprovisto de monturas, no pudo perseguirlos; pero suplió esa imposibilidad con el imperturbable y rábico tesón de sus comandados, de manera que los franceses no se atrevieron a dar ni un solo paso. Hubo intercambios, provocaciones de los franceses, en un intento despreciable para que los españoles los persiguieran. Pero el Conde se mantuvo firme, contento con tenerlos ahí acorralados. Y los somatenes que habían bajado de Rocacorba y Bañolas, atacaron la retaguardia de los franceses.
Luego de abandonar toda la artillería, asoladas por somatenes y migueletes en su huida; acribilladas por las fragatas inglesas y los corsarios, las tropas francesas, cobijadas por la calurosa noche, llegaron desarrapadas y hambrientas a Barcelona.
San Martín pasó cerca de un grupo de hombres que organizaba y contabilizaba los efectos abandonados por los franceses. Cureñas, las temibles granadas, barriles de pólvoras, obuses... hasta animales como mulas, burros, caballos. Le llegó el griterío de un grupo de paisanos, cerca de un almacén, que brindaban y se contaban historias. Las mujeres de la compañía de Santa Bárbara seguían atendiendo heridos. Escuadrillas de albañiles, carpinteros, ingenieros... todos estaban trabajando para reconstruir la ciudad. Los oficiales se felicitaban, intercambiaban fuertes apretones de manos.
San Martín estaba lejos de todos ellos, cerca de la salida de la ciudad. Un carro ya tenía guardada sus pertenencias. El cochero parecía impaciente. En el asiento, vio su máscara de Hasboldt. Como quien se da cuenta que está por olvidarse de algo importante, tomó la máscara y recorrió la ciudad, buscando a alguien. Dio con una casa derruida. Frente a ella, atendiendo a un hombre, encontró a quien buscaba.
—Señorita Celina —dijo.
La mujer levantó la vista.
—Teniente... —dijo entre confundida y sorprendida.
Celina se apartó un momento del hombre.
—No quería molestarla —dijo San Martín—, pero me voy y quiero dejarle esto.
San Martín le entregó la máscara. Celina sonrió.
—¿No será desperdiciada en mí? Mejor dársela a un hombre —dijo Celina, con humilde sinceridad.
—Consérvela —dijo San Martín, con aire grave—. Los franceses volverán.
La sonrisa de Celina se desvaneció.
—Me sentiré mejor sabiendo que usted está a salvo —dijo San Martín.
Se miraron. El brillo del sol en los pómulos de Celina le quitaba el aliento a San Martín. Se dio vuelta para irse.
—¿Nos abandona, teniente? —preguntó Celina.
San Martín se detuvo. "Mi labor aquí ha concluido", pensó.
—Lo dice como si Gerona me necesitara —contestó San Martín, sonriendo. Dio un vistazo a la ciudad, a toda su aguerrida y variopinta población—... Gerona tiene todo lo que necesita, mujer.
Se fue. La mano de Celina lo detuvo. Se dio vuelta. La mujer lo miró en los ojos. Se desató la bandana que sujetaba sus cabellos y se la dio a San Martín, que abrió la palma para recibir el obsequio. Con sus manos, Celina tocó la mano de San Martín y cerró su palma. Se alejó para volver a atender al herido. San Martín se demoró un instante más para admirar a Celina.
Bajó hasta donde estaba su coche. Abrió la puerta. Contempló el asiento donde estaban los souvenires de Gerona: una pistoleta de chispas, del bravo Julián O'Daly; la bayoneta del bravo somatén Emuda, que había muerto en sus brazos... la bandana de Celina Malasaña.
Subió al carro. Dio la orden al cochero.
Cuando el carro empezó a alejarse, se dio vuelta para admirar una última vez al indómito castillo de Montjuic.



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