Capítulo X — Grigor (II)
- Roman Giordano

- 15 oct 2020
- 12 min de lectura
Actualizado: 16 sept 2022
"Un disparo certero y la guerra habrá terminado", pensó, Vasili, mientras seguía el movimiento de las tropas.
El río Niemen fue perturbado por un ordenado caos de caballos, infantería francesa y altos carromatos: el Grand Armée —cientos de miles de soldados—, estaba invadiendo su país. A través de varios puentes construidos en los poblados de Aleksotas, largas filas de hombres y cañones penetraban Rusia. El tratado de paz que se había firmado en Tilsit ya estaba acabado. Era un 30 de junio de 1809 cuando Napoleón dio la orden que quebró definitivamente la alianza entre las dos potencias más grandes del mundo.
Vasili estaba acostado en el suelo, mirando a través de La Araña. Hacía calor y de a ratos estaba nublado. Se incorporó, guardó la mira telescópica. Imaginó las tiendas de campaña que pronto irían a ser puestas, como gigantes copos de nieve, plagando el suelo ruso. Saltó un pozo, montó su caballo y se alejó al galope. "En cuanto tengas un tiro seguro, borra a Napoleón Bonaparte de este mundo". Esa había sido la orden de Alejandro Pávlovich Románov. Del Zar y de la Duquesa Guillermina von Sagan. "No puede fallar, Vasili", le había rogado Guillermina. Los oscuros bucles de la princesa y la mirada enloquecida ante la sola mención de Napoleón eran vívidos recuerdos que acompañaban a Vasili. El fuego iracundo de los ojos de Guillermina, a la vez lo perturbaban y lo atraían.
—¡Vamos, Nagant! —le gritó al caballo.
Vasili se alejó cuesta arriba.
El eco de las botas del Michel Ney cundió en el campamento; Le Rougeaud, como le decían algunos, cruzó la entrada improvisada con tablones para encontrarse con el emperador. Tenía los pelos revueltos y rojizos, uniforme negro con una banda roja, ojos redondos y tristes.
—¿Qué noticias trae, mariscal? —preguntó una voz grave y terrosa, que provino de lejos.
Michel Ney corrió las lonas y entró en la tienda. Lo hechizó el aroma a huevos fritos y vio cerca de la mesa manzanas cortadas, frutos secos, miel y granos de avena en remojo.
—Los caminos son un desastre —contestó Ney. Tomó una jofaina de agua fresca y llenó un vaso con ella—. Será dura la marcha.
Le llegaron rumores de agua desde otra parte de la tienda; pero unas lonas que separaban el ambiente no permitían ver mucho más. Vio un montón de pequeños pescados empanados con harina que había en un plato. Tomó uno de ellos, lo olfateó y lo devoró de un bocado.
—¿Piensa que habrá resistencia? —preguntó la voz grave.
—Me sorprendería —contestó Michel Ney.
—¡Pero lo alegraría también! —replicó la voz.
Corrieron la lona. Napoleón Bonaparte apareció ante los ojos de Michel Ney. Tenía la cara un poco enrojecida, el vientre abultado, la calvicie inminente, baja estatura. El emperador no se parecía en nada a su voz.
—Para esta noche —dijo Napoleón, resignado—, el zar estará lejos de nuestro alcance.
Se acercó a Michel Ney. Sirvió un poco de licor en dos vasos y ofreció uno a su Mariscal. Ney negó el ofrecimiento mostrando la palma.
—Hace mucho calor para licor, ¿verdad? —dijo Napoleón.
Ney asintió.
—De Tolly quiere pelear —dijo Ney— si sólo pudiéramos obligarlo...
—Quiere, pero sabe que no debe —dijo Napoleón—. Y su mente es dos veces más resuelta que su corazón.
De Tolly, el Comandante en Jefe del ejército ruso, era cauteloso. Impopular entre sus pares, pero un muy buen comandante. Ney se quedó esperando una orden. Napoleón se acercó a la mesa. Sacó una pequeña cuchara de arriba de un mapa de la región.
—Murat a la vanguardia... yo... y Davout —dijo Napoleón—. El Duque de Tarento también cruzará mañana. Quiero tomar Vilna lo antes posible.
Napoleón movió la mano, abarcando todo el mapa.
—Medio millar de hombres, Ney, marchando sobre suelo enemigo... ¿no le parece increíble?
Ney asintió, suspirando profundamente. Salió de la tienda, para mirar las huestes francesas. Miles y miles de hombres, caballos, más de mil cañones. Nunca había visto algo semejante. Sonrió complacido, sereno. Miró el cielo encapotado; luego el suelo, desparejo, roto, artero. Su sonrisa se desdibujó. Si caía la lluvia, el suelo se convertiría en una traicionera sustancia, pensó, que luego sería resecada por el calor y les quebraría las patas a los caballos, las ruedas a las carretas. "Este suelo es traicionero", pensó Ney. La última empresa de Francia era la más dura: conquistar el vasto territorio ruso. Napoleón quería concentrar las fuerzas en Vilna y coordinar todos los regimientos para ahorcar las huestes del general alemán, Peter Wittgenstein. "Necesitamos rápido una victoria decisiva", pensó Ney. Había que forzar a Alejandro a capitular. Pero en Erfurt, el pasado octubre, Alejandro se había mostrado tan orgulloso y petulante que había desconcertado a Napoleón. Inmune a los encantos del emperador, el Zar había sorprendido a todos con aires de superioridad y descaro, despreciando los ofrecimientos de alianza con notable insolencia. Recordar el intercambio de cartas con el emperador lo angustió.
Pero se sintió mejor cuando miró dentro de la tienda, a ese gigantesco hombre pequeño que era Napoleón. Su misma edad, su mismo rápido ascenso militar, su consagración heroica antes de los treinta años. Ahora, casi pisando los cuarenta, ya era dueño del mundo entero —o estaba por serlo.
Napoleón salió de la tienda y miró el cielo encapotado. Se llevó un pequeño pescado empanado a la boca. Miró hacia arriba, al mariscal Michel Ney. Este volvió la vista al frente. Los nubarrones le dieron un espacio al sol. Allá delante, lejos, vio un fugaz reflejo. Al mismo tiempo, sintió que Napoleón le palmeaba el brazo y oyó un ruido indescifrable. Cuando miró al emperador, vio que la parte de atrás de la cabeza estaba explotada, que la lona de la tienda estaba salpicada de partes de cerebro y de oscura sangre. Un fulgor helado le subió por la garganta.
El cadáver del emperador cayó al suelo, su cara estaba desfigurada. Ney lanzó un alarido de espanto.
—¡¡¡Ayuda!!! —gritó, horrorizado.
Vasili sacó un momento el ojo de La Araña. Trató de controlar su respiración agitada. Todo su cuerpo estaba en éxtasis. No podía creerlo: "Napoleón está muerto", pensó.
Michel Ney trató de poner esa parte del cráneo de Napoleón en su lugar, trató de asirse de la razón y no caer en la desesperanza. "¡Emperador!" repetía una y otra vez. Los labios de Napoleón no se movían y estaban grises. Recordó el refucilo que precedió al asesinato. Miró enajenado al frente. Buscó el brillo en las montañas lejanas, pero no lo halló. Otros soldados vinieron a asistir al emperador... pero el magnicidio ya estaba consumado.
Michel Ney corrió hasta su caballo y salió furioso al galope. Otros tres comandantes lo siguieron.
Vasili, como desesperado, estaba buscando el casquillo que había escupido su fusil, el souvenir que pretendía guardar como tesoro. Pero el pedazo de metal había caído del risco, picado en unas rocas y se había perdido allá abajo, entre las rocas. Suspiró apenado. Llevó el ojo de nuevo a La Araña. Vio cuatro jinetes desaforados que galopaban en su dirección. Guardó la mira, se incorporó y saltó a su caballo. La cabeza de Napoleón, sacudiéndose hacia atrás y el polvillo rosado que salpicaba el aire, eran imágenes que se repetían incesantemente en la mente de Vasili. De un solo disparo había asesinado al hombre más poderoso del mundo. Pensarlo le hacía temblar el cuerpo entero. Fustigó a su corcel para que acelerara.
Pronto sintió que la distancia era segura. Los perseguidores estaban llegando donde él había estado apostado. Bajó del caballo. Le dio agua, lo tranquilizó. Se volvió a recostar en el suelo; plantó una diminuta bandera en él. Observó la forma y la dirección en la que flameaba. El viento era muy ligero, eso era bueno. Montó la mira en su fusil Mosin. Acercó el ojo.
Lo jinetes franceses, azuzados por la venganza y la rabia, arqueaban los cuerpos arriba de sus caballos, como hienas famélicas. Pensaban que estaban cerca de dar con ese tirador fantasma. De pronto, Michel Ney vio desparecer a Eugène de Beauharnais de su flanco. El virrey acababa de ser abatido por un misterio, por un terror insonoro e invisible. "¡Qué está pasando!", pensó, Ney, con pavor. Hasta el bravo cabo Palais había detenido su marcha. Ney pensó que era mejor mover su caballo hacia un costado y detenerse, cerca de una hondonada. Lo hizo, con el corazón embriagado de adrenalina. Cuando bajó del caballo y buscó el amparo en sus oficiales compañeros, vio que Oudinot era fulminado por un disparo que le atravesó la cabeza e impactó más atrás, en una gran roca. Pensar que era posible disparar así, desde tan lejos lo azoró. El Conde Oudinot, el hombre que había sido herido en más de una treintena de batallas, finalmente había sido ultimado por ese impresionante tirador misterioso. Michel Ney se escondió tras la roca. Apretó los ojos. Rogó por su vida.
Vasili buscó afanosamente a Ney, o al otro soldado. Trató de controlar su respiración. Frenético buscaba cualquier cabeza francesa. Se regañó a sí mismo "¿Qué estás haciendo? ¡Ya está hecho, corre a regar la noticia!", pensó.
Pero todavía no podía irse: para él era importante.
De súbito, Michel Ney se dio cuenta que quizás nunca saldrían de allí con vida. Buscó al cabo Palais. Lo encontró cuando oyó un silbido. El cabo quería volverse por donde habían venido, pero Ney negó con la cabeza.
—Si sales de esa roca morirás —le gritó Ney, en voz baja.
"¿Nos quedaremos aquí hasta la noche?", pensó Michel Ney. Quienquiera que sea ese tirador fantasma, cómodamente podría quedarse escondido hasta que alguno de los dos se mueva. Y también estaba el caos del campamento allí atrás, con el emperador asesinado. ¿Y el caos de Francia, del mundo entero? Ney sentía que la cabeza iba a estallarle... de una u otra manera. No pudo evitar pensar en su padre —un pensamiento fugaz, hiriente y a la vez reconfortante—, que tanto se había opuesto a que entrara en el ejército. Recordó el cráneo destrozado de Napoleón: "No de esa manera", pensó; la sola idea de morir como Napoleón lo llenaba de rabia.
Resolvió que no iría a morir. No ese día, al menos. Las nubes, de nuevo, dejaron pasar la luz del sol. Ney oyó que los soldados gritaban y señalaban allí adelante. Miró confundido a Palais, que estaba mucho más cerca.
—¡Dicen que pueden ver un brillo, señor! —gritó el cabo.
Con mucha cautela, Michel Ney asomó apenas la cabeza, hasta que las montañas se hicieron visibles. En la cima de un risco vio un refucilo.
Vasili llevó su atención hacia los soldados franceses que estaban insultando y señalando hacia donde estaba él. Algunos, ridículamente, se atrevieron a dispararle. "Juraría que me están viendo a los ojos ¿cómo saben exactamente dónde estoy", pensó, confundido e incrédulo. Miró el sol. Volvió a mirar al Grand Armée. Lo entendió. Frenético, tapó con su mano la mira y se arrastró hacia atrás.
Ney vio desparecer el brillo. Con señas, ordenó a un grupo salir en busca del tirador fantasma. Una escuadra de soldados montó y salió al galope. Cuando pasaron cerca de él y de Palais, Ney, cubierto por la polvareda levantada, juntó coraje, montó en su caballo y emprendió el regreso al campamento. El cabo Palais se le unió en la retirada. Al minuto, escuchó un griterío e insultos. Se dio vuelta y vio caer a uno de los jinetes. Los demás se acobardaron y volvieron.
Entró a la tienda. Un montón de hombres angustiados y asustados, lo recibieron. Encontró el cadáver del emperador, tendido sobre una mesa, cubierto con una bandera, rodeado de hombres apenados, que lloraban de rabia, que miraban incrédulos lo imposible. Ver el rostro muerto de Napoleón casi le partió el corazón. Buscó un catalejo en el escritorio y lo extendió en dirección al risco. "Talleyrand se volverá loco", escuchó exclamar al general Beauvais.
—¡Maldito cosaco! —dijo Ney en furiosa voz baja
Acercado por el prodigio del catalejo, podía ver el brillo del tirador fantasma. "¿Quiere matarnos a todos, no es suficiente el botín ya?", pensó Ney. "¿Napoleón no es el único objetivo? ¿Qué puede ser más importante que un emperador, que este emperador?". Un soldado turbó la tienda, entrando atolondrado.
—¡Le ha destrozado la garganta al pobre Guinet, señor! —exclamaba el cabo, los ojos enrojecidos.
Tenía una carta ensangrentada entre los dedos trémulos. Últimas palabras del soldado Jean Guinet; un adiós anacrónico o anticipado, a todos sus seres queridos. Ney volvió a mirar por el catalejo. El brillo seguía allá lejos, provocándolo.
Imaginó maneras de flanquear al tirador. Los hombres seguían murmurando. Algunos discutían, otros lloraban. Al fin encontró una manera de flanquear al tirador que lo satisfizo. Pero también se maldijo por el hallazgo, se juzgó un imbécil por intentar una venganza. Antes, debía ordenar la hecatombe que ya estaba desatándose en la tienda.
—¡Escúchenme bien! —dijo casi gritando, con voz resuelta—. Las fronteras de Francia son esta mismísima tienda. La noticia de la muerte de nuestro emperador no debe escapar de aquí. Fusilaré yo mismo a cualquiera que desobedezca esta orden.
Con sus tristes ojos azules y encendidos, se tomó un tiempo para mirar a todos los hombres en los ojos.
—Juro por Dios que mataré con mis propias manos al que desobedezca —dijo con voz cargada de amenaza—. El futuro de nuestra nación depende de las siguientes horas. Cuando el mundo finalmente sepa que Napoleón ha muerto, Francia empezará a desmoronarse. Todo lo que conseguimos estará en peligro. Necesitamos tiempo para prepararnos frente al desastre que se avecina.
Levantó un dedo amenazante.
—Y piensen en nuestros compatriotas —dijo—, allá, en la península española... el secreto que mantengamos durante estas horas también protegerá sus vidas.
No hubo nadie que se opusiera al mariscal.
De pronto, todos en la tienda enmudecieron al unísono: la sangre del emperador se derramaba por la mesa y reventaba en gotas en el suelo. Ney miró el rostro deformado de Napoleón. Se acercó al comandante Bersiers, un hombre delgado, de rasgos afilados, ojos rasgados y larga cabellera grisácea.
—El primero que debe saber de esto es el hermano del emperador —le dijo Ney, en voz baja— Avísale de inmediato y en secreto.
"Luciano Bonaparte", pensó Ney. El presidente del Consejo de los Quinientos, el hermano siempre leal, que había ayudado a Napoleón a llegar al poder; que había salvado al emperador, aquella vez, cuando los diputados intentaron sofocarlo y casi le quitaron la vida. "Talleyrand no debe enterarse antes que Luciano", pensó Ney.
Una ventisca repentina hizo flamear la lona de la tienda. Ney levantó de nuevo el catalejo. El brillo seguía firme en las montañas. Un ímpetu lo empujaba a salir, pero hacerlo era la muerte. Todos los hombres estaban cobijados en las tiendas. "Una tecnología así, puede cambiarlo todo a favor de Rusia", pensó Ney.
"¡Te has vuelto loco!", se decía Vasili a sí mismo. Tenía razón: era inconcebible y casi imperdonable que aún no haya dado la noticia a los hombres y mujeres que tanto la esperaban. El zar Alejandro. Guillermina.
Pero para él era muy importante. Sólo restaba una cosa más y habría cumplido su destino.
Sin embargo, Rusia no podía ser demorada por un capricho suyo. Escribió un mensaje breve y lo ató a la pata de Dorogoy Drug, la tornasolada paloma bravía que iría a transportar la buena noticia. Le dio de comer, le acarició la diminuta cabeza, le dio un pequeño beso y abrió las manos, lanzándola en el aire.
Volvió a centrar la atención en el campamento enemigo, ya lejos de su alcance. Todas las tiendas estaban cerradas, no había enemigos para asesinar. Sí caballos, que había prometido abatir también; pero no podía hacerlo. Lo supo en el mismo momento en que se lo había prometido al Zar. El poder que le otorgaba este fusil de francotirador, a la vez lo entusiasmaba y lo aterraba. No quería que nadie más que él tuviera acceso a una cosa tan mortífera. "Pero pronto todos los ejércitos tendrán acceso a esta arma", pensó con angustia.
El tiempo pasó, pero si algo era inagotable en Vasili era la paciencia. Siguió recostado, vigilando.
Michel Ney también había sido paciente. A pie desde hace un largo trecho, acechando con destreza, estaba cerca de llevar a cabo su venganza. Podía divisar parte del cuerpo de Vasili, recostado, despreocupado del brillo de la mira del fusil. Michel Ney no traía consigo el bastón de Mariscal del Imperio, que Napoleón le había obsequiado en aquella inolvidable ceremonia. Se lo había dejado al cabo Palais: "Si he de caer, no quiero que el enemigo ostente el bastón de Napoleón. No le daré semejante botín de guerra", le dijo al cabo, antes de ponerlo en sus manos y pedirle que lo proteja con su vida. Ahora le gustaría tenerlo con él, para moler a golpes a este aborrecido tirador ruso que le había quitado a su querido emperador.
Escondido tras una roca, flanqueando a Vasili, Michel Ney esperó a que el sol surgiera de nuevo entre las nubes. Levanto el fusil y apuntó a Vasili Záitsev.
El momento llegó. Respiró profundamente. Pensó en la ceremonia, en Napoleón, en Francia, y en todos sus soldados al mando. Posó el dedo sobre el gatillo. A su derecha, lejos, como a novecientas yardas, descubierto en la periferia más extrema de su visión, un brillo que no esperaba lo sorprendió. Al mismo tiempo en que Vasili apretaba el gatillo, el otro Vasili, hecho de rudimentario ramaje y rocas, escondiendo un pedazo de vidrio en las mangas de un saco, era abordado por un águila negra, que se paraba sobre un brazo, desmoronando la fisonomía improvisada y helándole la sangre al mariscal francés.
Michel Ney tuvo el ímpetu de escapar, quiso dejar caer el fusil que tenía en sus manos, correr para vivir un día más y poder vengar al emperador y a toda Francia. En los lindes con la muerte, el tiempo dilatado le permitió un último pensamiento: "Dios, si he de morir, haz que apunte al corazón. ¡Viva Francia!".
Un soberbio balazo atravesó el pecho de Michel Ney.
Más tarde, cuando las tiendas de campaña empezaban a desaparecer, cuando el mítico Grand Armée se retiraba vencido de Rusia, Vasili volvió al risco donde había matado a Napoleón Bonaparte. Descendió con cuidado, hurgó serenamente entre las rocas. Pensó en su hogar, en el tocón de madera, en el rostro de su pequeño hermano, en la blancura de Guillermina.
Finalmente encontró un casquillo; encontró el casquillo. Lo imaginó colgado en el cuello de su pequeño hermano Yevgeny. Apretó el casquillo en su mano. La extendió y, por primera vez en su vida, vio su palma temblar de emoción. Se dejó caer al suelo, se apoyó contra una roca. Lloró de alegría.



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