Libro primero. Capítulo I — El Criollo
- Roman Giordano

- 14 jun 2020
- 9 min de lectura
Actualizado: 16 sept 2022
CÁDIZ — 1808
Un efectivo entró en el despacho, traía un sobre en su mano. San Martín examinó al hombre: otro soldado enfermo, con un trapo que le cubría la nariz y la boca, alegoría lastimosa de la guarnición de Cádiz. Los cordones sanitarios alrededor de la ciudad, con todas sus estacas y puntos de barraca para impedir el libre paso de las personas sin antes ser inspeccionadas; las boletas de sanidad... todas habían sido medidas ilustradas y muy acertadas, pensaba San Martín. "Si no te matan los sables o las balas, te mata la fiebre", pensaba, en relación a la epidemia de Fiebre del Vapor que habían traído los granaderos franceses y su nuevo y ponzoñoso armamento. El azote de esta nueva enfermedad era descorazonador; y ponía en evidencia el corolario más amargo de la guerra. "La guerra se hacía con puños, y luego se hizo con garrotes, y luego con espadas, con cañones, con pistolas; y ahora también se hace con las 'maravillas' del vapor letal... ¿quién sabe con qué se harán en el futuro?", pensó San Martín con angustia. Miró al soldado; el trapo ocultaba la negrura que sin dudas tapizaba los orificios nasales y que había horadado como un gusano invisible e implacable la dentadura del pobre efectivo. Miró su propia mano; él podía estar a salvo de la Fiebre del Vapor, pero su mano no había podido eludir las consecuencias de la escaramuza: la luz pálida que se filtraba por la ventana le hacía brillar el dedo índice y el del medio, ambos de metal, y toda la intrincada ingeniería que los hacía útiles. Pensó: "La ciencia es un crío que mama del pecho de la guerra".
El soldado carraspeó, incómodo. San Martín hizo un gesto para que se acerque. Los gestos de San Martín eran iguales a los de cualquier hombre; pero hechos por él, un hombre reservado, hermético, enigmático, adquirían un tono más imperativo; exigían cumplir las cosas, aunque no estuvieran cargados de arrogancia o explícita orden. El soldado le entregó el sobre y se retiró.
El mensaje tenía pocas líneas, pero alcanzaron para imbuirlo de intriga y también de curiosidad. El Gobernador lo invitaba a una cena y le pedía que lleve su medalla de oro de Bailén. No pudo contener las ganas de asomarse a la ventana y tratar de ubicar al soldado que le había traído el mensaje, como para ver si se le había pasado algo; como si, por juzgarlo una cosa de rutina, la entrega de ese mensaje había tenido algo más que él no había observado.
Llegó la noche. El bamboleo del vehículo en el que viajaba San Martín le acercaba reflexiones, interrumpidas por imágenes de la ciudad. En los rincones que huían de la luz, lo sabía, se urdían complots y acusaciones falsas. Si alguien giraba la cabeza para mirar el carruaje, San Martín imaginaba miradas desaprobatorias; no contra él, uno de los tantos héroes de Andalucía, sino contra el Gobernador, su estimado Francisco María Solano Ortiz de Rozas. Pero, aun así, algunas de esas miradas cargadas de sospechas de traición podían estar dirigidas a él, San Martín, por ser limítrofe a la persona del gobernador. Pero él sabía que su bravura estaba probada; y su lealtad al Reino de España había sido puesta a prueba ya varias veces, desde los once años, luego a los quince y así. Nadie sabía ni tenía que saber sus verdaderas inquietudes, por supuesto; y llegado el momento tendría que poner a prueba sus otras lealtades; pero de ahí a insinuar una alianza o lealtad al asqueroso Imperio Francés, eso jamás. Incluso estaría dispuesto a pelear aliado a cualquier mariscal inglés que Jorge III le ponga enfrente si eso significaba cortar de raíz a Napoleón Bonaparte.
Algo fuerte impactó contra el carruaje. San Martín se sobresaltó. Escuchó a los efectivos bajar y echar a la carrera. Asomó la cabeza y vio unas siluetas perderse bajo las sombras de un árbol inmenso que estaba sobre la vereda de enfrente. Bajó del carruaje. En el suelo estaba la piedra que había impactado contra la puerta, una piedra pintada con los colores de Francia.
—Diles que vuelvan —le dijo con voz calma a un soldado que estaba a su lado.
Subió al carruaje, a esperar a que sus soldados regresaran.
La cena había sido en casa de María Tucker. San Martín contemplaba a la anfitriona; junto a un grupo de mujeres, María Tucker contemplaba a otra mujer, de bucles pelirrojos, que tocaba el piano. En otra sala, un grupo de hombres, mezclados en una atmósfera de luz amarilla y humo de cigarro, discutían sobre economía y política. No veía por ningún lado al Gobernador Solano. San Martín se encontraba en un balcón, donde Diego de Alvear y su hijo Carlos de Alvear lo habían apartado y lo tenían arrinconado de misterio en uno de los vértices. Diego de Alvear era un hombre de expresión melancólica, canoso, gestos serenos, que probablemente rondaba los sesenta. Su hijo, joven, quizás no llegaba a los veinte años; tenía incipiente calvicie y grandes ojos marrones, "Algo apáticos —pensó San Martín— pero calculadores".
Lo que querían decirle había sido demorado en anécdotas marítimas, en francos reproches contra la corona y en cuentos sobre las recorridas de la región misionera, en América. Diego de Alvear puso una mano sobre el hombro de su hijo.
—Dame unos minutos con el capitán —le pidió a Carlos de Alvear.
El joven salió. Diego de Alvear y San Martín cruzaron miradas. Diego de Alvear se demoró un momento mirando la cara de San Martín; su nariz, sus ojos. Luego, con toda naturalidad:
—Conocí a tu madre en Yapeyú... —dijo y bajó la vista.
Al final de esa frase, la voz de Diego de Alvear flaqueó, como arrollada por una emoción repentina. San Martín estaba sin palabras. Diego de Alvear volvió a levantar la vista, húmeda.
—Rosa Guarú era su nombre... —carraspeó—. Es su nombre —se corrigió—. Rosa Guarú...
Quizás otro se hubiera sublevado de inmediato ante tal revelación. Pero San Martín sintió una conflagración en el pecho y quiso tomarse un tiempo para prestarle atención. Al primer vértigo le siguió un eco en su cabeza, que susurraba el nombre "Rosa Guarú". Sentía más apego por ese nombre nuevo y misterioso que por Gregoria Matorras, de quien ni siquiera sabía si estaba viva aún ni le importaba. Luego contempló a Diego de Alvear, transfigurado en padre tan de repente, y se sintió avergonzado, pequeño, pero también cercano a ese rostro duro. Lo impactó la imagen de un difunto Juan de San Martín, refinado, incluso en su ataúd; pensó en el pelo rubio de Juan de San Martín, en sus ojos azulados; contrastó esos atributos con su propio pelo, negro y recio, con sus ojos oscuros.
Lo distrajo un movimiento: Carlos de Alvear estaba atrás de la ventana. Sin dudas tenía intenciones de entrar, pero se había arrepentido. Carlos de Alvear, su medio hermano, un poco deformado a través del ventanal lo estaba observando; a él y a Diego de Alvear... su padre. San Martín miró a Diego de Alvear con una mezcla imposible de reproche y serenidad. Diego de Alvear apoyó los codos sobre la baranda. Miró la calle.
—José... —dijo Diego de Alvear, con la voz ya casi repuesta—, España jamás abrazará una constitución.
—Don Diego... —quiso interrumpir San Martín, confundido, aturdido.
—Espérate, déjame terminar —dijo Diego de Alvear—. Aún con el poder de las juntas, no va a resistir. Supongamos el mejor de los casos, por un momento: que mañana ganamos la guerra. ¿Qué crees tú que hará Fernando VII cuando vuelva? ¿Crees que va a aceptar a todos esos caudillos y comandantes que tienen repartido su poder?
"¿Si eran mis padres, por qué me dejaron?", pensó San Martín.
—Eso no tiene importancia, Don Diego —contestó San Martín—. La Asamblea Constituyente es algo que va a suceder, ya no se puede parar. Fernando se dará cuenta de eso y tendrá que aceptarlo. Tiene que negociar con las juntas.
Diego de Alvear se incorporó y miró a San Martín. "¿A ti también te habrán dejado tirado por ahí?", pensó San Martín.
—Así que se van a acabar la monarquía y la puta Inquisición... —dijo irónicamente Diego de Alvear.
San Martín asintió con la cabeza.
—Las juntas tienen ya demasiado poder —dijo San Martín—. Y hay hombres que saben que no podemos ni debemos seguir viviendo bajo la sombra de las monarquías.
—Se me olvida que eres joven... —dijo Diego de Alvear—. Nadie quiere a José Bonaparte, ni siquiera los ingleses. Fernando tiene todo el apoyo, José, y por nada del mundo entregará el poder. Pero no importa... digamos que tienes razón, Fernando regresa y cede ante las juntas ¿Pero si es algo temporal, algo falso? ¿Quieres desperdiciar toda tu energía aquí, cuando en las américas está muy claro que no se aceptará ningún gobierno europeo? ¿Dónde prefieres entregar la vida, aquí o en las américas donde naciste?
San Martín pensó en Yapeyú. No tiene recuerdos de su ciudad natal. Siente la sangre que se le junta en las sienes. "¿Si soy tu hijo, por qué me has abandonado?", pensó.
Diego de Alvear se acercó a San Martín.
—Tu madre es Rosa Guarú, india guaraní —dijo Diego de Alvear—. Esta sangre que tienes, que te hace caminar y vivir es sangre mestiza, José. Tu lugar es en América.
San Martín oyó los latidos de su corazón. Un silencio resonó entre el padre y el hijo. Demasiadas preguntas. Demasiado impensado todo y al mismo tiempo tan inequívoco.
Carlos de Alvear abrió la puerta. Traía tres vasos pequeños con un líquido rojo. Diego de Alvear palmeó varias veces el hombro a San Martín. Carlos de Alvear repartió los vasos.
—¿Sabes qué es esto, José? —preguntó Carlos de Alvear.
San Martín observó su vaso. Adivinó algún licor, pero no sabía cuál.
—Licor de piñón —dijo Carlos de Alvear.
San Martín se llevó el vaso a la boca.
—Espera, hermano... brindemos antes —dijo Carlos de Alvear.
San Martín lo miró en los ojos. La palabra "hermano" resonó en su cabeza.
—Por la araucaria —dijo Carlos de Alvear, señalando con los ojos su vaso.
San Martín pensó en el mítico Lautaro, sosteniendo una lanza, con la cabeza en alto. Los tres hombres chocaron los vasos y tomaron el licor.
Alguien dio golpecitos al ventanal del balcón. "José Luquey", pensó San Martín: el ayudante del gobernador parecía impaciente.
—Es hora —dijo Diego de Alvear.
Los pasillos por los que caminaban estaban poco iluminados. San Martín caminaba al son de los latidos de su corazón: apresurado, sonoro. Diego de Alvear tenía una mano apoyada sobre su hombro, y su hermano Carlos de Alvear lo miraba de a ratos. San Martín giró la cabeza para ver si había alguien al pie de la escalera, como en un instinto de ver si había una salida. Vio a María Tucker de espaldas, subiendo las escaleras. Había estado otras veces en casa de la irlandesa, pero nunca había descendido a las bodegas ni mucho menos andado por este pasillo oculto.
Llegaron al final del pasillo. Un hombretón estaba parado en la puerta. Parecía ineludible. San Martín vio que Carlos y Diego hicieron un gesto irrepetible con las manos que pareció complacer al centinela que estaba en la puerta. El hombre miró a San Martín. Diego acercó la cara a San Martín para susurrarle algo en el oído:
—Muéstrale tu medalla de Bailén.
San Martín se metió la mano en el saco y sacó la medalla. El hombretón la tomó con sus manos, la examinó un breve momento y abrió la puerta.
Entraron en una amplia galería de empapelado tinto y de mesas rectangulares puestas en forma de herradura. Parados, como esperándolo y recibiéndolo, San Martín identificó los rostros de algunos amigos, colegas, funcionarios, médicos, oficiales. Y había otros que no conocía. Todos eran hombres. Y en el centro, en clara indicación de presidir y liderar la reunión estaba el Gobernador Solano.
—José —dijo el Gobernador Solano—, el poder del Imperio Español en las américas acabó. Aquí en la península el tiempo nos dirá que sucede, pero la América oprimida por España tiene los días contados. El Virreinato del Perú caerá y con él toda esperanza de dominación española en América. Los hombres libres deben regir las naciones, guiados sólo por una constitución y un cuerpo representante elegido con el voto. Gracias a Dios no tengo que convencerte de eso... Esa es la realidad de lo que ocurrirá. Sabes que pocas veces en mi vida te he ordenado algo, fuera de los deberes que la guerra nos impone. Y tampoco voy a empezar ahora. Lo que ves aquí —dijo el Gobernador abarcando el recinto con un gesto— es la Logia Integridad de Cádiz, la puerta hacia el futuro de una España nueva y también, estoy seguro, de una América libre. Lo que ves detrás es la puerta hacia tu vida tal y como la conocías antes de esta noche. La elección es tuya, pero ansío que estreches mi mano de todo corazón.
San Martín sintió que el pecho le estallaba. Habría tiempo, pensó, para los detalles, pero lo que tenía que hacer ahora era caminar hacia Solano. La sangre mestiza impulsó su andar.
En unos pocos segundos y con un ímpetu como nunca antes había sentido, San Martín cubrió con zancadas los ochos metros que lo separaban del Gobernador Solano y se fundió con él en un sonoro abrazo.
FRANCIA
—¿Cuál es su nombre? —preguntó Napoleón Bonaparte.
Clarke estaba detrás de él. Napoleón lo imaginó estrujando un par de guantes blancos en la mano, parado cerca del busto de Luis XVIII, con expresión apática.
—Antonio Malet —contestó Clarke.
Napoleón se dio vuelta, visiblemente molesto: Henri-Jacques-Guillaume Clarke, su ministro de guerra, estaba parado cerca del busto de Luis XVIII.
—¡Conde... no estoy hablando de ese sucio traidor —dijo Napoleón, elevando la voz—! Van a pagar por esto... Dupont y Vedel. Veré que paguen por esto.
"Ahora no podré ir a España", pensó Napoleón. Se pasó una mano nerviosa por el cabello.
—Clarke... quiero saber cuanto antes cuál será el tribunal que juzgará a estos imbéciles y cuál es la pena que les darán. Porque esto es un crimen... Y ese joven, el capitán al mando de Malet...
—José de San Martín, su majestad —dijo Henri Clarke—.
—José de San Martín —dijo Napoleón, en una voz cargada de odio y demasiado baja para que Henri Clarke pudiera oírla—. Ese hombre —dijo, elevando la voz— es el responsable de que hayamos perdido veinte mil piqueros, sin que hicieran el más mínimo daño al ejército español ¡Veinte mil hombres, que desaparecieron sin más!
Y luego añadió, gritando fuera de sí:
—¡Quiero muerto a ese hombre!
La cara de Napoleón hervía, las venas de la cabeza infladas de sangre iracunda. Clarke se pasó una mano apesadumbrada por la frente. Un sirviente entró en el salón.
—Su majestad, el Director de Ciencias está aquí —dijo el sirviente.
Parte de la ira en Napoleón se disipó. Las puertas se abrieron. Un hombre delgado y muy apuesto entró en el salón.
—¡Oppenheimer! —exclamó Napoleón—. ¡Este es el hombre que quería ver!



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