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Libro II — Prólogo: El Doctor y el prisionero

Actualizado: 14 sept 2022


La llegada de El Doctor a Francia coincidió misteriosamente con la apertura de un centro de investigación en Suvigny. Secreto, enigmático. Estaba escondido, lejos, en una zona escarpada, sus lindes alambrados y plagados de carteles de "Zona militar. Manténgase alejado." Ocasionalmente llegaban transportes a vapor, cargados con prisioneros. Ingresaban en el centro y salían vacíos. Había hombres que cavaban fosas al costado del centro. Otros, entraban en una estructura cercana, de hormigón, con torres altas, supervisando carromatos autónomos a vapor, cargados con cuerpos tapados con lonas. Los carromatos alimentaban la estructura, refulgente en sus entrañas con luminosidades anaranjadas y cuyas torres escupían humo oscuro.

Dentro del centro, la cotidianeidad consistía en un grupo de prisioneros que esperaba en una oscura cámara verdigrisácea, cerrada con puerta de hierro, casi en penumbras excepto por la vibrante luz blanca de un extraño aparato metálico, con forma de tubo. La mayoría mantenía sus cabezas gachas, las manos entre las rodillas y murmuraban o rezaban. Algunos miraban, aterrados, un pequeño vidrio oval y enrejado que estaba cerca del techo, arriba de una puerta doble, como de hospital. El vidrio, de cuando en cuando, gritaba fulgores intermitentes y turquesas, visibles por un vapor poco espeso que flotaba en el aire de toda la cámara. Muy lejanos, esporádicos alaridos y estruendos graves inquietaban la atmósfera de espera y ansiedad. En algún momento, se oía un silbido despreocupado y de una tonada alegre, que aterraba a los prisioneros, y luego las puertas se abrían y aparecía El Doctor, escoltado por dos soldados de oscuro uniforme azulado y botas negras brillantes, que estaban a los costados, como si fueran alas que salían de él. La cara de El Doctor estaba oculta en una máscara de gas aparatosa, que escupía pequeñas nubes de gas y hacía un ruido chirriante. Luego El Doctor caminaba delante de los prisioneros, frotándose los dedos de una de sus manos enguantadas, como si tuviera grasa en el pulgar, el índice y el mayor. La mano eventualmente se levantaba, señalando con el índice algún prisionero. Si se daba la situación de haber uno con labio leporino o con el mentón hendido, entonces El Doctor se mostraba particularmente complacido; a veces incluso tocaba con uno de sus dedos la peculiaridad, como si apreciara la vid magnífica de algún viñedo. Los soldados tomaban al prisionero elegido y atravesaban la puerta doble. A veces tenían que llevarlo a la rastra; otras, el prisionero se desmayaba del terror o se meaba encima.

No siempre El Doctor realizaba estas selecciones. D'Ville y Gouson eran los otros dos médicos que también cumplían la tarea. Pero no con la satisfacción de El Doctor. Estos médicos no soportaban los procesos de elección. Tomaban calmantes o inventaban urgencias repentinas para evitar el trabajo. Gouson fumaba un cigarrillo tras otro. D'Ville, eventualmente, tenía que salir para sacarse la máscara y recuperar el aliento. El Doctor, por el contrario, nunca parecía perturbado; más bien todo lo contrario. Se aparecía bien dispuesto, silbando alguna melodía conocida, que a veces bastaba para aterrar o provocar el desmayo en algún prisionero.

Atravesada la puerta doble del centro de investigación, El Doctor y los soldados arrastraban al prisionero por un pasillo largo, con habitaciones a los costados, cerradas con puertas de hierro. Llegaban hasta otra puerta, custodiada por otros dos hombres, que sólo El Doctor podía atravesar. Uno de los custodios lo ayudaba con el prisionero y continuaban por otro pasillo corto que terminaba en una puerta azulada. El laboratorio detrás de esa puerta era el destino final del prisionero.

Dentro del laboratorio, nadie sabía lo que ocurría; pero los ruidos graves metálicos y los alaridos que salían de allí inquietaban a los custodios.

Una mañana hubo especial ajetreo en el Centro de Investigación. Llegó un transporte a vapor, del Hospital General Voltaire, custodiado por varios soldados. Los custodios que vigilaban la entrada del Centro cruzaron miradas. Solían llegar transportes del hospital, pero nunca había venido una ambulancia. Esto se trataba de otra cosa, los custodios podían olerlo. El transporte se detuvo un breve momento... y entró al centro, sin mayores dificultades.

Se abrieron las puertas. La agitación les dio una tregua a los prisioneros que sufrían esperando a El Doctor. Miraron al hombre que descendió del transporte, un cabo de bigote espeso y oscuro. Pero el que los sorprendió fue el otro, que bajó llevado en una camilla. Parecía muerto o desmayado. Todos los ojos cayeron sobre la camilla. Bajo las vendas que cubrían parte de la cara, identificaron cabellos ensortijados y rojizos, manchados de sangre seca. Los que no lo habían visto nunca, sumaron la cantidad de soldados presentes, más la agitación inusual, la urgencia, las reverencias, y lo poco que conocían... ese hombre era Michel Ney.

Apareció El Doctor, sin silbido, sin actitud placentera. Molesto tras la máscara de gas, interrumpido en sus experimentos. El Doctor era alemán y no comprendía la conmoción de los soldados franceses. Más vale que sea una emergencia, pensaba. Cuando lo abordaron a mitad del pasillo y le dijeron que era Michel Ney, aminoró la marcha. Significaba que los rumores eran ciertos: El Emperador estaba muerto. Puede imaginarse: de pronto, El Doctor temió que todo se fuera al diablo. Cerrarían el Centro de Investigación. Los Borbones pondrían fin a la guerra, debería volver a Alemania...

Pero también podía significar otra cosa, se dio cuenta muy pronto, cuando el soldado de bigote oscuro, le pidió privacidad. Se metieron en un taller donde había solo un hombre viejo, lejos, remendando una bandera con el escudo del Imperio Francés, ultimando detalles en el águila dorada sobre fondo azul. Palais —así se llamaba el cabo de bigote oscuro—, le entregó un sobre a El Doctor, lacrado con el anillo de Arnaud Callais, un colega. Se iluminó la cara de El Doctor, con un brillo oscuro que inquietó al cabo. El Doctor le dio la mano a Palais y lo invitó a retirarse. El cabo pareció resistirse momentáneamente, pero no podía desobedecer. ¿O sí? Tuvo una ocurrencia. Al cabo no le importaba tanto el Imperio Francés, o incluso su propio futuro, tanto como el destino de Ney. Apretando el bastón de Mariscal del Imperio que protegía en sus manos, le preguntó a El Doctor:

— ¿Vivirá Michel Ney, señor?

El Doctor se quedó un rato mirando al cabo. A la vez sorprendido e irritado. Palais resistió la muda reprimenda. Cuando el silencio fue demasiado, el cabo explicó:

—Si es así, señor, El Mariscal necesitará su bastón —dijo, ofreciéndolo.

El Doctor se acercó al cabo. Lo examinó. La mirada de Palais no podía atravesar la frialdad del doctor, no podía deducir nada. El Doctor observó el bastón. Lo tomó de las manos de Palais. Le preguntó sobre su futuro, sobre si había informado que Ney había sido fusilado. Palais contestó que sí, que Ney había sido fusilado en los jardines de Luxemburgo.

—Bueno... no realmente —dijo El Doctor, riendo.

Un ataúd, cargado sólo con tierra, partía hacia el cementerio de Père Lachaise, morada final de... Michel Ney.

Hablaron un poco. No había ningún futuro para Palais, ninguno que le gustase. El Doctor no tuvo que ensayar demasiadas persuasiones para convencer al cabo de quedarse en el Centro. Pero fue cruel. Le habló con una ironía que Palais solo comprendería más tarde. Le dijo que el experimento salvaría a Michel Ney, que le daría una nueva oportunidad. Que para Michel Ney no estaba reservado el oscuro destino de los sujetos de experimentación, que Ney sería el de siempre...

El Doctor le mostró al cabo el contenido de la carta de Arnaud Callais: "Fue difícil conseguirlo. ¡Te envío un ejemplar supremo!" A Palais no le gustaba la palabra "ejemplar", lo que connotaba. Pero esa carta, ese hombre que todavía no conocía, Arnaud Callais, había salvado a Ney del pelotón de fusilamiento.

—¿Cree que es un ejemplar supremo, cabo? —preguntó El Doctor.

— Es el hombre más bravo que conozco.

Ante la respuesta, El Doctor hizo un gesto irónico. Palais se quedó pensando: ¿por qué me muestra la carta?


Cuando Palais se fue, El Doctor se quedó pensando un poco, mirando al viejo que remendaba la bandera. ¿Qué pasaría ahora? Habían matado al Emperador con un disparo imposible; pero el ejército más grande del mundo seguía entero, la guerra podría continuar... sólo que nadie quería hacerlo. Los Borbones quieren restaurar la monarquía; Francia está al borde de la guerra civil y no podrá soportar las guerras en el extranjero, en múltiples frentes. A nadie le importa realmente quién mató a Napoleón. Para el caso, la bala bien podría estar hecha de plomo ruso o francés. O inglés... pensando en eso: si la guerra terminaba... ¿Quién detendría a Inglaterra y su dominio mercantil? Otra preocupación, más inmediata: ¿Qué pasaría con los hombres como él con toda esta euforia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos; hombres de ciencia que no pueden ser detenidos por los dilemas éticos que amenazan el futuro de los avances científicos? Todas esas ideas, abolicionismo, derechos naturales, igualdades raciales, igualdad para las mujeres, pensó, son ideas que pervierten el orden natural de las cosas y ponen en riesgo a la ciencia. El momento para hacer experimentos es ahora, pensó; no se sabe qué pueda pasar en el futuro.

Y Michel Ney... ¿Qué podía hacer realmente con El Mariscal, qué uso podía darle? Los soldados son cosas que se usan hasta que ya no sirven más, pensó. Tan finito es su destino, tan dúctiles pero tan poco versátiles. El mundo que se avecina es un mundo de guerras continuas. El soldado que necesita Francia es el soldado perfecto, el soldado aterrador, el verdadero soldado invencible que aún no marcha en las filas del Grand Armée; Francia necesita el ejército definitivo: el Grande Armée Suprême. Para El Doctor, los resultados de los experimentos realizados han sido un fracaso. No comparte el entusiasmo pueril de su colega, Arnaud Callais, adicto a la estúpida comodidad de "pequeños éxitos". Lo perfecto sí existe para El Doctor. Y así como Napoleón fue una combinación perfecta de fuerza, inteligencia y voluntad, el soldado francés debe ser una combinación perfecta de lealtad, letalidad y resistencia. Lealtad: para obedecer hasta las últimas consecuencias. Letalidad: para ser mortífero, tanto con el arcabuz como con la bayoneta. Resistente: para soportar el frío, el calor y el hambre. El hallazgo de las conductas caníbales en los sujetos de experimentación fue un descubrimiento feliz para El Doctor: ¿qué mejor, pensó, que un soldado que puede alimentarse de los cadáveres de sus enemigos? Sintió que el triunfo estaba cerca.

Michel Ney debía convertirse en el éxito que necesitaba. Si construía el soldado supremo con la materia prima del mariscal supremo de Francia, Michel Ney sería un símbolo imperecedero y brillante del triunfo rotundo de sus experimentaciones.

Y todavía quedaba reunirse con el doctor americano. Lo que ese hombre estaba haciendo también era muy importante. La guerra debía continuar. Él y Oppenheimer debían ser aliados.


Cuando Palais cerró la puerta del laboratorio y se apoyó sobre ella, cruzando miradas atónitas con los asistentes de El Doctor, sintió que llevar a Ney al Centro quizás había sido un error. Pero no había nada más que hacer. Lo único que Francia quería era cumplir con las obligaciones legales, pasar por las armas a Michel Ney y ocuparse de otras cosas, seguir adelante. Acusar a ese hombre de traición... al hombre que fue capaz de decirle en la cara a Napoleón "Acepto los honores, Su Majestad Real e Imperial. Pero si ahora sirvo a usted, es sólo porque es el Emperador de los Franceses. No sirvo a los hombres sino a la Nación"... ¿Cómo se atrevían? Cuando arregló el traslado con Arnaud, cuando repartió monedas entre sus camaradas para comprar silencios, se sintió bien. Pero ahora...

El Doctor miró a sus asistentes, Marise y Jean. Todos empezaron a moverse. Quitó la sábana que cubría el cuerpo de Ney. Dio un vistazo a Palais, que apretaba contra su pecho el bastón corto y grueso de metal, de Michel Ney. Ayudado por sus asistentes, colocó a Ney en una camilla especial, rodeada de objetos quirúrgicos y lentes de aumento suspendidos, que mantenía el torso elevado, casi a noventa grados, con un agujero que dejaba libre toda la parte posterior de la cabeza. Se sentó en una silla elevada y examinó la cabeza de Ney. Marise y Jean, sudorosos y excitados tras las máscaras de gas, trajeron bamboleando un tubo muy alto y rayado, casi dos metros de alto, y lo colocaron cerca de Ney. Una mascarilla de gas estaba conectada al tubo. Jean ajustó con correas los brazos y las piernas de Ney. También aseguró la cabeza y rasuró el pelo que cubría un sector. Se dispuso instrumental médico cerca de El Doctor. Marise controlaba el pulso y otros signos vitales. Jean preparó una jeringa aparatosa, llenándola con un líquido blanco y espeso. El Doctor palpó con sus dedos la cabeza de Ney, hasta que dio con un lugar que lo satisfizo. Tomó la jeringa que le pasó Jean. Marise colocó la máscarilla de gas sobre Ney y abrió el tubo de gas. La mascarilla se llenó de un vapor turquesa. El veneno empezó a dispersarse con velocidad en su humanidad. El Doctor pinchó la cabeza de Ney con la jeringa vació el líquido. De a poco, el mariscal empezó a recuperar la conciencia. El Doctor se puso frente a Ney, que empezó a temblar y a sacudirse furiosamente en la camilla. Palais se acercó observar.

Michel Ney estaba despierto. Aterrado, se aferró a unos pocos recuerdos antes de ser conquistado por un martirio rabioso: siendo niño y feliz, dentro de una enorme barrica, ayudando a su padre a colocar aros metálicos en los toneles y las mantequeras; nadando desnudo en los arroyos de Sarrelouis, eufórico, junto a su hermano; trabajando con el pico en las minas, donde creyó que quedaría ciego de un ojo luego de herirlo una esquirla; cayendo del caballo en Neuwied, cuando fue capturado por los austríacos; apretando el bastón de Mariscal del Imperio en sus manos; sosteniendo la cabeza destrozada del Emperador; oyendo, lejos, el disparo que le dio en el pecho Vasili, a pocos centímetros del corazón...

Sintió los ojos hervir de dolor, igual que todo su rostro. Encontró los ojos de Palais. Vio el bastón de mariscal en sus manos. Palais estaba mudo.

Jean apretó más las correas que sujetaban la cabeza y Marise mantenía presionada la mascarilla contra la cara de Ney. El Doctor se sacó la máscara de gas y se quedó mirando a Ney, con una sonrisa cruel en el rostro. Los alaridos de Ney escaparon de la mascarilla de gas y se mezclaron con el silbido de El Doctor, que lo miraba fijo en los ojos. Las venas de Ney le hinchaban la piel; los miembros, temblorosos y contraídos por el dolor, sacudían la camilla. Los ojos se fueron plagando de derrames. Palais retrocedió unos pasos y miró aterrado a El Doctor.

Cuando las sacudidas menguaron, casi al mismo tiempo en que terminaba la alegre canción silbada por El Doctor, Marise cerró la válvula del tubo de gas y quitó la mascarilla del rostro de Michel Ney, que estaba inconsciente. Palais apretó los ojos.

Los custodios que estaban afuera, cruzaron miradas y suspiraron.


Otras actividades del centro de investigación tenían que ver con la supervisión de los prisioneros. Anotar avances de experimentos realizados en ellos, resultados, elaborar estadísticas, gráficos, recolectar muestras. El Doctor se paseaba con Marise, visitando las habitaciones detrás de las puertas de hierro. Desde afuera, no se podía ver el interior porque sus vidrios estaban pintados de blanco. Una de las alas del pasillo contenía los casos "exitosos" de experimentación. Los prisioneros exhibían mayor sumisión, disminución de la empatía, mayor resistencia física, mayor agilidad, mayor tolerancia al frío y al calor y tendencia al canibalismo. También sufrían —cuando eran privados de las inyecciones de El Doctor— de migrañas, fuertes dolores abdominales, insomnio, pérdida de la memoria, náuseas, cambios de humor e irritabilidad. La otra ala del pasillo contenía los casos infructuosos. Desde prisioneros que habían perdido la razón, hasta hombres que desarrollaban malformaciones en la columna vertebral, enfermedades óseas, deformación en las articulaciones, esquizofrenia, parálisis, depresión, ceguera, hemorragias espontáneas... El aspecto más cruel del centro tenía que ver conque los pacientes que más vivían eran los que más sufrían, los casos infructuosos. Muchos prisioneros de casos exitosos, pero de poco interés para El Doctor, terminaban en los hornos o enterrados en las fosas con cal. Los casos más exitosos —y también por el hecho de ser practicados en prisioneros de guerra—, debían ser borrados, para que no que caigan en manos del enemigo. Nadie escapaba de la estructura de hormigón y sus altas torres.


Pasaron unos días y Michel Ney finalmente despertó, abrasado por la sed, con un terrible dolor de cabeza que apenas le permitía abrir los ojos y soportar la luz, por más escasa que fuera; sin recordar muy bien lo que había pasado, con un dolor insoportable de estómago. Los alaridos y la ira no tardaron en aparecer. Una única visión le dio un breve momento de paz, algo que, apenas vio, lo ancló al mundo, le hizo recordar quien era: su bastón de mariscal. Estaba sobre una mesa. Podía levantarse y agarrarlo si quería... pero no lo hizo. Lo miró primero con emoción y luego con angustia. La migraña no lo dejaba pensar, el dolor en el estómago lo plegaba como una hoja trémula. Escuchó un ruido metálico: abrían la puerta. Con una máscara de gas en la mano, apareció un hombre, el rostro escondido en una sombra oblicua. Le hizo preguntas, sin preocuparse por el rango o por la amabilidad. Más bien le exigió respuestas. El mariscal se levantó y empujó la mesa que tenía a su lado, estrellándola contra la pared. Él no era así, reflexionó, no tenía estos arranques de ira. Parecía justificado en ese momento, pero igual... El Doctor se acercó, abandonando la sombra, mostrándole un rostro insondable, de cabellos oscuros, peinados hacia atrás, incisivos frontales separados, mirada mansa pero inquietante. Estiraba la mano ofreciéndole un vaso de agua. Michel Ney se atragantó bebiendo desesperado y pidió más. Pero El Doctor se alejó, se sentó en una silla y continuó exigiendo respuestas. Como podía, zumbándole la cabeza, con vértigo, en una habitación que se movía y esplendía con colores rojos y amarillos, trató de responderle. El Doctor le ordenó que se sentara dándole la espalda; le prometió que le daría algo que lo calmaría. Ney obedeció. Luego, sintió una punción en la cabeza y una sensación vigorizante que lo irradió hasta la punta del dedo más pequeño del pie. Se dio vuelta con mansedumbre. Sintió que habitaba la piel de otro; que le decían con sorna "Michel Ney"; ese hombre le pareció un mito, un rumor o alguien que estaba desapareciendo. El Doctor le dijo su nombre; le preguntó cosas insoportables, aburridas, de como se sentía, de si le dolía esto o aquello, de si sentía el gusto de las cosas...

De repente, sintió que podía levantarse de la silla, romper de un tirón la cadena que le sujetaba el pie, recuperar su bastón de mariscal y abrirle el cráneo a este doctor alemán; al tal Josef Mengele, antropólogo retorcido e insolente. Debió decir algo brusco en un momento, porque un custodio que no había visto, un hombre monumental, se hizo presente, en el eco de sus pesadas botas, primero, y, después cuando entró en la oblicua luz, en el brillo de sus ojos claros, empotrados como canicas pequeñas en una cabeza tosca, rapada y de barba rala. Pero no lo amedrentó. Siguió percibiendo una voz desde lejos, desde el pecho o las entrañas (¿o desde el fondo de su cabeza?), una que le era familiar, una voz grave y terrosa que le decía "Rompe tus cadenas. Empuja al gigante. Toma el bastón. Mátalo con él. Huye". Se cruzaron las miradas del custodio y de Ney. El Doctor percibió la tensión. Algo en lo ardoroso y trémulo de los ojos de Ney hizo tragar al gigante.

"Rompe tus cadenas" "Empuja al gigante" "Toma el bastón" "¡Mátalo!"

El Mariscal obedeció a la voz. Con sus manos tomó la cadena y tiró de ella con fuerza descomunal. El gigante asió una porra que tenía en la cintura, se abalanzó sobre el mariscal y le pegó en la clavícula. Se oyó un crac. El Mariscal apenas hizo una mueca de dolor y siguió tirando de la cadena hasta que uno de los eslabones cedió. Recibió otro porrazo en el cuello. Nada. El gigante intentó agarrarlo, pero el mariscal lo empujó y llegó hasta la mesa donde estaba el bastón. Lo asió con fuerza en sus manos. El Doctor oyó rechinar los dientes de El Mariscal. El custodio estaba sobre una de sus rodillas.

"¡Mátalo!"

El Mariscal descargó el bastón en la cabeza del custodio que cayó al suelo y empezó a convulsionar; vio refulgir el brillo de la sangre en el bastón. Buscó enloquecido al doctor... pero no estaba. Oyó cerrarse una puerta.

Detrás de la puerta de hierro, afuera, Marise y Jean contemplaban con horror el aporreo descontrolado del mariscal sobre la ventana pintada de blanco; el cabo Palais, con angustia. Vieron saltar la pintura, mezclarse el blanco con el rojo de la sangre del bastón, los vidrios romperse, aparecer la cara desencajada del mariscal en el hueco. Oyeron sus alaridos de furia, las pisadas de las botas de los custodios, acercándose; un silbido conocido...

El Doctor, la máscara de gas puesta, aplaudía con euforia al mariscal mientras silbaba "La Marsellesa".

 
 
 

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